by Samaria Márquez Jaramillo

La familia de Esteban

Cuento. Autor Baudilio Montoya *

En Callelarga, como en todas las confluencias de caminos había una fonda con una variopinta clientela, que pocos víveres compraba pero pasaba el estío del transcurrir de las polvorientas horas, jugando parqués, dominó o discutiendo la cúbica definición de los dados que rodaban sobre las ruanas. 

A ese parador misceláneo, que expende licor, arroz y sardinas enlatadas, llega el rural cultivador, se apea de su caballo “chisparozo” pide un aguardiente doble, que apura como bebiendo agua de panela y paga, permitiendo escuchar el tintineo de la moneda, tirada contra la madera del mostrador, y escapa porque unos se la tienen jurada…

Asimismo, prófugo sin pecado alguno, otro errante de los que ahora van por las erizadas rutas de la patria, hoyadas por el miedo, Esteban Ramírez me contó, con palabras quebradas, con voz donde la emoción cercena el olvido que no se aposentaría en su humillación y dolor:

En esta fonda, donde por entonces nos encontrábamos, paró con su mujer y los 7 hijos. Él es un buen hombre del Señor, que tuvo que marcharse de su minifundio de Ceilán, huyendo de la muerte, y había decidido preservar el recuerdo de toda la tragedia: La suya, la de su mujer -que apenas tenía la culpa de alabar al Señor, amarlo a él, alimentar a sus hijos con la sangre de sus senos y abrillantar con la barredora de ramas, la modesta belleza de la casita- y ahora sus hijos ya conocían el abismo de la existencia y sabían de la fatiga, el hambre, el frío de las noches pasadas bajo la exigua misericordia de los aleros de casas cuyos dueños no abrieron la puerta.

Yo supe, por ese amargo recuento, que tuvieron que huir protegidos por los túneles de la noche, tomados a tientas por los eslabones de sus manos, dejándolo todo, menos el recuerdo del pedazo de tierra en donde como fruto del empeño del brazo y el azadón, vieron crecer los tallos del maíz, las cañas robustas, las frisoleras multiplicadas en una verdecida abundancia. Y corrieron, acordándose de la mujer de Lot no miraron hacia atrás, pero cuando subieron al alto del Boquerón, un espinazo en esa geografía apacible del Valle, instintivamente dirigieron sus ojos hacia donde sabían estaba la casa que ya era una inmensa fogata con glotonas lenguas de llamas que pretendían lamer la membrana del firmamento. No les faltó gratitud: Agradecieron al cielo haber traído, encadenado, a su amadísimo perro Clarión, un can que tiene también los ojos como tatuados de rencor y que a esas alturas de la narración me miraba, como miran los perros mansos a los extraños: Con una relativa confianza porque, acaso, pensaba que todos los hombres suelen ser malos, inmensamente malos.

 

Esteban Ramírez no sabe para dónde va. Le da lo mismo. Cualquier camino le sirve. Puede seguir hacia cualquier parte. En su corazón hay un universo destrozado, que nadie le reconstruye, unas ruinas humeantes, un dolor que no acaba. Pero él sabe, por desgracia, que esa pena no es de él solamente. La llevan otros, muchos, muchos que pasan por los caminos de la tierra y se detienen en las fondas de los caminos e interrogan a Dios: ¿Cuándo será el día de su justicia?

* Baudilio Montoya, poeta y narrador, quindiano por reciproca decisión:

Él poeta aceptó y amó como suya la tierra que reconoció en él a su hijo, estandarte de su orgullo y portavoz de su cultura. La autora de esta nota declara haber conocido a Baudilio, cuando en Calarcá había un sitio popular llamado El Lago y que allí, de él oyó una estrofa de un poema que jamás pudo encontrar para fijarlo en su memoria : “Cuando calle tu loca pandereta, te arrullará mi corazón poeta…”

Y que, luego, a manera de autopresentación Baudilio dijo:

Yo fui Argonauta;
fui un marinero de noble pauta
que el horizonte miró pasar.

Mi barco supo tumbos violentos,
entre los vientos
que despeinaban, locos, el mar.

Yo fui un pirata,
tuve una fina daga de plata
que alguna tarde quise romper.

Y en la tragedia de un abordaje
di mis tesoros y mi coraje
por las caricias de una mujer.

Yo fui un poeta,
canté a las rosas
y a las gozosas
flores de un balcón.

Fui sencillo, como Francisco
canté a los montes, al aprisco
y oí el trino del ruiseñor.

Yo fui un gitano, por duros sinos
corrí la angustia de los caminos
con la gitana que amaba yo.
La quise siempre porque era buena,
pero una noche de luna llena
se me murió.
¡Ah!… Cuántas veces, en graves albures
logré jugarme con los tahúres
en un tapete de maldición.

Y cuántas veces, con gesto fuerte,
llamé a la muerte
para jugarle mi corazón.

Todo en mi empeño ya está cumplido,
si ansié la gloria, hoy quiero olvido
y llegar al fin de mi afán.

Ya está vencida la vida mía,
y en la agonía recuerdo los cien puertos
donde se ancló mi amor.

Y en el fervor de mi despedida
consigno el alivio de mi ida
y mis propósitos de quimeras.

Baudilio Montoya murió en Calarcá el 27 de septiembre de 1965 y dedicó 45 años
de su vida a la docencia. Su vida fue multiplicadora: Nació el 26 de mayo de
1903 en Rionegro (Antioquia), cuando moría la Guerra de los mil días y
guerreó 23 mil días.