by Samaria Márquez Jaramillo

C o n t e n i d o

Editorial

Hoy se habla mucho de la complejidad de nuestro orbe. Conscientes de lo inútil y frustrante que resultaron los esfuerzos en pro de un cambio para bien  de la  humanidad congénere y contemporánea,  dimos un giro a las pretensiones y los esfuerzos los dedicamos, con mejor buena voluntad que convenientes resultados, a entender  los escollos del siglo XXI y a  fomentar, a través del debate y el intercambio de ideas, la aceptación de diferentes puntos de vista y  vinieron en nuestra ayuda las ciencias de la complejidad , que aparecieron  en el siglo XX como una forma de entender muchos fenómenos que se perciben caóticos, predecibles y complejos desde nuestra forma severamente ortodoxa o excesivamente permisiva y manguiancha, para decirlo en el mismo léxico con el que aprendimos  a escribir agridulce, entrecejo y boquisucio y que envuelven el pensamiento inaugural que tímidamente se asoma  en nuestra forma de explicar el mundo: La interconectividad, la impredecibilidad de los sistemas, el pensamiento analógico, la complementariedad, la inteligencia artificial y los códigos que la explican y la contienen, para que no ocurra lo que vaticinó un discípulo de Martín Heidegger: “Ocurrirá que nunca podamos estar seguros de lo que estamos haciendo cuando hacemos lo que hacemos—“  

Nunca podremos estar seguros de la asertividad del propio actuar – la asertividad es una habilidad social que consiste en conocer los propios derechos y defenderlos, respetando a los demás; tiene como premisa fundamental que toda persona posee derechos básicos o derechos asertivos, los mismos que ahora son víctimas de degollamiento . Ellos deben ser protegidos por cada uno de nosotros aunque haya  grados de responsabilidad, puesto que el desarrollo humano exige de muchas organizaciones solidarias, y, claro, del trabajo conjunto de instituciones políticas y económicas, pero también de una ciudadanía activa, sensible al vil problema de la politiquería y  la prelación del éxito económico personal sobre  las conveniencias del pueblo,  olvidadas en el mal arte de   gobernar. 

De todos modos, predomina la idea de que mientras no cambie la acción política y los centros de poder, la ética, la moral y el bien común son estrangulados y vueltos lamentos frente a ese  muro de las voces de la vergüenza donde a manera de consuelo recordamos al premio Nobel Amartya Sen: « El retroceso no es sólo falta de medios, sino, ante todo, falta de libertad para llevar adelante los planes de vida». El Producto Interno Bruto no mide el desarrollo, sino la libertad».

EL PIB ignora el valor de elementos que contribuyen a mantener el nivel de bienestar de la población, como el ocio o la libertad. En los países más libres o en los que sus habitantes tienen más tiempo de ocio y mejores opciones para ejercerlo, el bienestar es mucho mayor.

Bután, el país que mide su felicidad bruta, como en cuento de hadas :  Había una vez un reino en Asia cuyas mediciones tradicionales indican un crecimiento lento de su economía. Pero en 1970, el rey apostó por una nueva política económica que de cuento pasó a realidad: la Felicidad Nacional Bruta. ¿Resultó o quedó en mera ocurrencia? Para 2007 fue la segunda economía con el más rápido crecimiento en el planeta, mientras que una encuesta arroja que sólo un 3% de la población admitía no sentirse contenta. En contraste, fueron expulsados cientos de migrantes, una mancha en materia de derechos humanos.

 El mejor intento ha sido el Índice del Planeta Feliz, de la New Economics Foundation, que trabaja con factores poco considerados como satisfacción subjetiva o esperanza vida. Robert F. Kennedy afirmó, hace más de medio siglo: “El Producto Interno Bruto (PIB) mide todo, excepto lo que hace que la vida valga la pena”.