by Samaria Márquez Jaramillo

Editorial

En los horizontes posibles de ese tiempo, la vida post 2020 será una serendipia

La CEPAL, con relación a lo que será el presente de los habitantes del futuro, asegura que para construir un porvenir satisfactorio, los países deben lograr que la gente tenga un ingreso básico, medianamente suficiente. Para medir el bienestar de la población o su desarrollo, hay que añadir otros indicadores. Tampoco consiste en solo crecer. Las circunstancias pandémicas incorporan aspectos subjetivos, como las percepciones de los individuos sobre sus condiciones de vida y la evaluación del bienestar.

La nueva normalidad exigirá otros insumos en la gestión de conocimiento. Existe una transformación en la manera de convivir y socializar, de cuidar la salud, de trabajar, de consumir, de pretender y de obtener. Esto tiene grandes implicaciones, puesto que ya nada volverá a ser igual. El proceso dinámico de la humanidad realizará un cambio en los sistemas vivenciales, incluyendo la forma de difusión de los conocimientos, el comportamiento social, las prácticas económicas, el compromiso político, los medios de comunicación, la educación, la salud, el ocio y el entretenimiento. Se aproxima una modificadora revolución casi total.

El año 2021 se encontrará con los retos y expectativas de una generación que está creciendo y educándose en medio de transformaciones producidas por la revolución tecnológica de carácter digital, que aportará otras formas de relación y de participación: ¡La humanidad, toda, no se llama Vicente y no va para donde va la gente!

Para la filosofía el destino tiene que ver con la teoría de la causalidad, todo lo que ocurre tiene una causa que lo genera. Para la mitología griega y romana, era la personificación de una diosa que tenía el poder de determinarlo todo, incluso lo que debía ocurrirle a otros dioses.

Remitida a lo estrictamente literal, la palabra destino simplemente significa un punto de llegada. El lugar hacia donde alguien se dirige o el término de un trayecto. Sin embargo, al destino se le ha definido de muchas formas. La filosofía, la mitología, la religión y las creencias esotéricas le han adjudicado diversos valores.

La serendipia -que es la facultad de realizar un descubrimiento mediante una combinación de accidente y sagacidad para hallar algo no esperado o no buscado intencionalmente- es más que un término de moda: Por el peso de las circunstancias la humanidad encontrará el cauce por el que se irrigará la nueva época que, inevitablemente, desplazará el ayer con sus mañas, fracasos y sueños frustrados. ¿Se podrá entender? ¿Lo tendrá que explicar un pajarito?

El tiempo, como el mundo y los humanos, tiene dos hemisferios: uno superior y visible, que es el pasado, otro inferior e invisible, que es el futuro. En medio de uno y otro hemisferio están los horizontes posibles, que son esos instantes del presente en el que se vive, donde el pasado termina y empieza el futuro. Allí se encontrará lo que no se ha buscado y es redundante y obvio predecirlo. Como dijera Abraham Lincoln: “La mejor manera de augurar el futuro es creándolo”. 

En el principio de todos los inicios, cuenta el Génesis, Dios solicitó a Adán ponerle nombre a todo lo creado. Ad portas hay una nueva época. Para que las cosas existan tienen que ser nombradas. ¿Qué nombre se le pondrá al tiempo totalmente diferente que se avecina? ¿Volverá la paloma de Noé con una rama de olivo en el pico?