by Samaria Márquez Jaramillo

Editorial

El arte, la política, los gobernantes y la corrupción

“La corrupción es una plaga insidiosa que tiene un amplio rango de efectos corrosivos en las sociedades. Socava la democracia y el mandato de la ley, lleva a violaciones de los derechos humanos, distorsiona los mercados, erosiona la calidad de vida y permite florecer el crimen organizado, el terrorismo y otras amenazas para la seguridad humana. La corrupción perjudica desproporcionadamente a los pobres al desviar fondos destinados al desarrollo» –   Kofi Anan, 2004.

Alexis de Tocqueville sostenía que “en los gobiernos aristocráticos, los hombres que acceden a los asuntos públicos son ricos y sólo anhelan el poder; mientras que en las democracias los hombres de Estado son pobres y tienen que hacer su fortuna”.

En la “Industria” corrupta del arte en el Quindío, por donde transitaban los millones de pesos con los que en años anteriores se pagaban favores políticos y personales en la Corporación Municipal de Cultura de Armenia, existían como “herramientas de trabajo”, presiones, persecuciones, gabelas, deliberados olvidos, manipulaciones, zancadillas, repudios y acomodada repartición de contratos, así como desmanes y abierto favoritismo en la calificación de algunos proyectos. También hubo maltratos. La comisión de estas acciones hace sospechar que el arte ya no es una manifestación arrobadora del alma, sino un hecho delictivo que conforma una realidad cada vez más enlodada y menos transparente. En este sentido, el arte dejó de ser una forma de visibilización de la sensibilidad y es un monstruo lleno de bolsillos, botín de la burocracia.

Si la ciudadanía de Armenia hiciese un juicio de responsabilidades no solo resultarían condenados los gobernantes y directores de entidades descentralizadas, que hicieron de la contratación oficial una empresa paragubernamental y panagubernativa con más de 10 años de “labores”. Hay muchas miradores para atisbar la manipulación corrupta y cada quien que observe tendrá sus propios veredictos.

Desde la óptica del arte, se aprecia un panorama avergonzador. Para más INRI, lo que se inició con la sigla CVY –cómo voy yo- terminó siendo una danza de millones, con gente  non sancta, mientras el arte por el arte como ingrediente de una renovación cultural muere por inanición, en los tiempos de la corrupción como pandemia: Hay corrupción en las decisiones políticas, en la forma como se justifican los excesos en la financiación de las campañas políticas, en la entrega de avales, en el clientelismo, en la burocracia y sobre todo en los sobrecostos exagerados que se evidencian en la compra de insumos para atender la emergencia sanitaria.

Descubierto por las IAS, Procuraduría, Contraloría y tal vez entregado a la Fiscalía, el nuevo modo de obrar para pagar los favores políticos recibidos, que consiste en crear una asociación para delinquir, “graduar” en diferentes profesiones y “reconocer” solventes idoneidades para que, tal vez, bajo el “miti-miti”, virtuosos de la música, eficientes secretarias, manipuladores teatreros y, en fin, representantes de profesiones que nada tienen que ver con el objeto de alguna contratación justificada con la emergencia sanitaria, resulten beneficiados con ella.

Nunca el arte fue tan políticamente incorrecto –en algunos casos más que en otros- y tan ruidosamente impune: ¿Se puede erradicar la corrupción política? Conocido el truco, las consecuencias deben aleccionar a quienes no resulten procesados y, si sirve para algo, ojalá los responsables del gasto administrativo de gobernaciones y alcaldías piensen en lo siguiente:

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EL GATO GUARDIÁN Rafael Pombo

Un campesino que en su alacena
guardaba un queso de Nochebuena
oyó un ruidito ratoncillesco
por los contornos de su refresco,
y pronto, como hombre listo
que nadie pesca desprovisto,
trájose al gato, para que en vela
le hiciese al pillo la centinela,
cumplida por el gato con tal suceso
que ambos marcharon: ratón y queso.
Gobiernos dignos y timoratos,
¡donde haya queso no mandéis gatos!