by Samaria Márquez Jaramillo

Edición número 9,  31 de Agosto de 2020

Este lapso pandémico vuelve más imprecisos y arbitrarios los rasgos faciales de los sometidos a cantaleta consuetudinaria para meterles entre pecho y espalda hormigueantes consignas: ”Es por tu bien, es por tu bien,…” poniendo en cuestión la identidad del yo y es cuando el rostro sufre especialmente esta conmoción en el umbral de una sociedad pos humanista. ¿Dónde quedaron las sonrisas? Estarán quizá agobiadas por la crispación.

Cuando pase el tiempo pasaran muchas circunstancias, hechos y deshechos y no habremos llegado a ser perfectos como el Hombre de Vitrubio que en su dibujo, más matemáticas que arte, proyectara Da Vinci hace un poco más de 5 siglos. Mientras que antes, en un tiempo remoto, “el humano era apenas un ser encorvado y rústico cuyas ásperas manos aún no acariciaban, cuyos labios secos no pronunciaban palabras, dentro de otro tiempo menos lejano nuestro cuerpo dispondrá de refinadas prótesis sensoriales y dispositivos microscópicos multifuncionales”, pero hoy el rostro, que fuera base de la identidad personal, bajo el régimen utilitario universal amparado, mejor dicho apalancado, en “lo hago para protegerte”, es una máscara esclava de patrones despóticos y variables.

Cuando los procesos sociales son manipulados por los políticos y ellos los configuran, desfiguran, omiten, agregan, acometen y cometen, con el propósito de plasmar un nuevo mito urbano-rural donde no señorea, siquiera, un alivio para el detrimento social que la corrupción estatal puso a andar como jinetes en corceles apocalípticos, anunciadores de sometimiento, destrucción, desesperación y cobardía, que condenan a personas a estar inmersas en la miseria abyecta, porque ni alientos tienen para protestar, en aquel momento la ciudadanía es como rostro en manos armadas con pincel-bisturí, dispuesta a cambiar los rasgos de identidad