edicion15

by Samaria Márquez Jaramillo

Una esperanza

Amado Nervo *

*Nació en México en 1870. Falleció en Montevideo, Uruguay en 1919.
En su juventud quiso ser clérigo, pero su amor a la poesía más la influencia de Gutiérrez Nájera, «La revista azul» y «Revista moderna», lo llevaron a integrar el ímpetu del modernismo americano.
Sus libros más destacados son: «Serenidad» «Elevación», «Plenitud» y «La amada inmóvil».

Iba, pues, a morir. No podía creerlo, y, sin embargo, la verdad tremenda se imponía: bastaba mirar alrededor: aquel altar improvisado, aquel Cristo , la siniestra luz amarillenta de las velas. Iba a morir… ¿Y todo por qué? ¡Por una abstracta noción de patria y de partido? ¿Y qué cosa era la patria? Algo muy impreciso, muy vago para él en aquellos momentos de turbación, en tanto que la vida, la vida que iba a perder, era algo real, realismo, definido… ¡era su vida!
¡La Patria! ¡Morir por la Patria! —pensaba—. Pero es que ésta, en su augusta y divina inconsciencia, no sabrá siquiera que he muerto por ella…“¡Y que importa, si tú lo sabes!” —le replicaba allá dentro un subconsciente misterioso—. “La Patria lo sabrá por tu propio conocimiento, por tu pensamiento propio, que es un pedazo de su pensamiento y de su conciencia colectiva… Eso basta…”.

No, no bastaba eso… y sobre todo, no quería morir: su vida era “muy suya” y no quería que se la quitaran. Un formidable instinto de conservación se sublevaba en todo su ser y ascendía incontenible, torturador y lleno de protestas.

A veces, la fatiga de las prolongadas vigilias, la intensidad de aquella sorda fermentación de su pensamiento, el exceso mismo de la pena, le adormitaban; pero luego, su despertar brusco y la inmediata, clarísima y repentina noción de su fin lo desesperaban.

 

En un ángulo de la pieza habilitada como capilla, Luis, el joven militar, pensaba en los viejos días de su niñez. Recordaba su adolescencia, sus primeros ensueños, vagos como luz de estrellas, sus amores, asustadizos y más pensados que dichos…
Luego ante sus ojos circularon el claro paisaje de su juventud fogosa; sus camaradas alegres y sus relaciones ya serias con la que ahora reza sin duda porque vuelva. Y, por último, llegaba a la época más reciente de su vida, el período de entusiasmo patriótico, que le hizo afiliarse al Partido Liberal, amenazado de muerte por la Reacción, ayudada por un poder extranjero y que, después de varias escaramuzas y batallas, le había llevado a aquel espantoso trance: Cogido con las armas en la mano, ofrecida su vida a cambio de las vidas de algunos oficiales reaccionarios.

—Hijo mío —dijo el sacerdote cuando comprendió que podía ser oído—: yo no vengo a traerle a usted los consuelos de la religión; en esta vez soy emisario de los hombres y no de Dios, y si usted me hubiese oído con calma desde un principio, hubiera usted evitado esa exacerbación de pena que le hace sollozar de tal manera. Yo vengo a traerle justamente la vida, ¿entiende usted?, esa vida que usted pedía hace un instante con tales extremos de angustia… ¡la vida que es para usted tan preciosa! Óigame con atención: he entrado con el pretexto de confesar a usted y es preciso que todos crean que usted se confiesa: arrodíllese, pues, y escúcheme. Tiene usted amigos poderosos que se interesan por su suerte; su familia ha hecho hasta lo imposible por salvarlo, y no pudiendo obtenerse del jefe de las armas la gracia de usted, se ha logrado con graves dificultades e incontables riesgos sobornar al jefe del pelotón encargado de fusilarle.

II
Se oyó en la puerta un breve cuchicheo y en seguida ésta se abrió para dar entrada a un sombrío personaje, cuyas ropas se diluyeron casi en el negro de la noche, que vencía las últimas claridades crepusculares. Era un sacerdote. El joven militar, apenas lo vio, se puso en pie y extendió hacia él los brazos como para detenerle, exclamando:
—¡Es inútil, padre, no quiero confesarme! No, no me confieso, es inútil que venga usted a molestarme. ¿Sabe usted lo que quiero? Quiero la vida, que no me quíten la vida: es mía, muy mía y no tienen derecho de arrebatármela… Si son cristianos, ¿por qué me matan? En vez de enviarle a usted a que me abra las puertas de la vida eterna, que empiecen por no cerrarme las de ésta… No quiero morir, ¿entiende usted?, me rebelo a morir: soy joven, muy sano. En medio del estruendo del combate, al lado de los compañeros que luchan, enardecida la sangre por el sonido del clarín… ¡bueno, bueno así es diferente! Pero morir oscura y tristemente, pegado a la barda mohosa de una puerta, en el rincón de una sucia plazuela, a las primeras luces del alba… ¡padre, padre, eso es horrible!
Y el infeliz se echó en el suelo, sollozando.

Los fusiles estarán cargados sólo con pólvora y taco; al oír el disparo, usted caerá como los otros, los que con usted serán llevados al patíbulo, y permanecerá inmóvil. La oscuridad de la hora le ayudará a representar esta comedia. Manos piadosas —las de los Hermanos de la Misericordia, ya de acuerdo—le recogerán a usted del sitio en cuanto el pelotón se aleje, y le ocultarán hasta llegada la  noche, durante la cual sus amigos facilitarán su huida. Las tropas liberales avanzan sobre la ciudad, a la que pondrán sin duda cerco dentro de breves días. Se unirá usted a ellas sí gusta. Conque… ya lo sabe usted todo: ahora rece en voz alta el “Yo pecador”, mientras pronuncio la formula de la absolución, y procure dominar su júbilo durante las horas que faltan para la ejecución, a fin de que nadie sospeche la verdad.

—Padre ¡que Dios lo bendiga! –y luego, presa súbitamente de una duda terrible—: Pero… ¿todo esto es verdad?… —añadió temblando—. ¿No se trata de un engaño piadoso, destinado a endulzar mis últimas horas? ¡Oh, eso sería inicuo, padre!

—Hijo mío, un engaño de tal naturaleza constituiría la mayor de las infamias, y yo soy incapaz de cometerla…Calma, hijo, mucha calma y hasta mañana; yo estaré con usted en el momento solemne.