by Samaria Márquez Jaramillo
El amor maternal en la historia

EL AMOR MATERNAL EN LA HISTORIA

Nadie exige se le dé lo que ya tiene. El cuarto mandamiento, si bien no se refiere al amor maternal, si obliga a los hijos a honrar al padre y la madre. No dice a los padres, en plural, sino que incluye a la madre, específicamente. Esto habla de que, en tiempos del Éxodo, ni los hijos respetaban a la madre ni el padre la consideraba igual. Era un apéndice. 

¿Existe, de manera innata, un amor maternal emanado por la naturaleza femenina? No debe existir tal, llevaría a considerar como anormales a quienes no eligen la maternidad como cumplimiento de su destino femenino. Basta recordar lo aprendido de la Historia Sagrada: 520 años antes de que Jocabel colocara a su hijo Moisés en una canastilla en el río Nilo, para salvarlo, Abraham intentó matar a su hijo Isaac y Sara, la madre de Isaac, no se desgarró los vestidos. Aceptó que matar a su hijo era una muestra de obediencia a Dios y mil años después de que Abraham intentara acabar con la vida de su hijo Isaac, y 470 años, más o menos, después de lo de la canastilla en la que la madre salvó a Moisés , Salomón, el rey sabio, entregó a la verdadera madre el hijo que estaba en disputa, reconociendo que el amor de ella era sin egoísmo, sin interés y prefería verlo vivo y supuestamente hijo de otra, antes de que partieran a su bebe por la mitad. No obstante, 10 siglos antes, en las tablas de la ley, Dios tuvo que exigir severamente respeto hacia los padres. El Mandamiento del Decálogo o ley divina: «Honrarás a tu padre y a tu madre y vivirás largos años», es como tantas otras alianzas con Dios. Hay en el cuarto mandamiento un pacto, una amenaza y una gratificación: Debía ser muy difícil cumplirlo cuando se impone el respeto como ley, tan difícil que se promete recompensa, una larga vida, y también la muerte como castigo.

La humanidad tiene más historias contadas que días vividos. La madre es figura principal en la historia, desde antes de que existiera el lenguaje de la palabra. Circunscribiendo este recuento al día de la madre celebrado durante este mes de mayo y dejando ignominadas las madres urbanas de la Francia del siglo XVIII, que nada supieron de la “propensión»; maternal, del artículo de la revista vozpópuli, publicado en la página cultural, titulado Las madres de la literatura contemporánea: un bestiario afectivo se transcribe:

“El recorrido es largo: desde la Lucia Santa de Mario Puzzo en La mamma, hay madres libérrimas e inagotables, como la Anna Fierling de Bertolt Brecht en la obra Madre coraje y sus hijos. También las hiperbólicas y rotundas, como la Úrsula Iguarán de Cien años de soledad, esa matriarca que sostiene la memoria y la vida de Macondo. Un personaje que Gabriel García Márquez consiguió cincelar como uno de los mejores en la novela del siglo XX: la madre como figura total de una familia, un pueblo y una memoria colectiva. Las hay abnegadas y magnánimas, casi alegóricas, como la Pelalgia de Maksim Gorki, una campesina rusa que llega al activismo gracias a su hijo Pavel, líder socialista de la fábrica en la que trabaja. Hay otras, castradoras y autoritarias, como la Bernarda Alba de Federico García Lorca o la Amanda Wingfield, aquella dominante madre sureña abandonada por su marido que trata de imponer sus mandatos a sus hijos que Tenesse Williams ideó para su obra El Zoo de cristal.

Hay otras maternidades algo más enloquecidas, ácidas e hilarantes, y justo por eso obligatorias. Una de ellas es la que cuenta la escritora estadounidense Mary Karr en El club de los mentirosos, un libro de registro memorialístico en el que, a partir del relato de la vida en un pueblo petrolero de Texas en los EEUU de los años sesenta, Karr confecciona un fresco de la sociedad norteamericana. Uno de los mejores personajes del libro, por encima del resto, es la madre. Una mujer que, ante la pregunta de sus hijos sobre si el agujero en la pared de la cocina es el rastro de la bala que le descerrajó a su padre, ella, concentrada en su volumen de Marco Aurelio y comiendo chilis picantes, responde: “No, eso es de cuando Larry. —Se giró y señaló otra pared—. A tu padre le disparé allí». 

Una de las autoras que mejor consiguió retratar la complejidad de la madre contemporánea fue Doris Lessing, lo hizo en 1962 con su novela El cuaderno dorado, un alegato sobre el afecto y el sacrificio, pero también de los dobleces que la relación madre-hijo encarna. La relación de Lessing con la maternidad fue conflictiva y la abordó en varios libros, sin embargo, en esta novela es donde lo consigue con mayor excepcionalidad. Ambientada en década de los 50, la historia reclama una lectura mucho más amplia: su relación con Sudáfrica, con el comunismo y la propia idea de libertad. El tema de la madre es decisivo, casi político.

Mucho más cercana en el tiempo, pero no por ello despojada de la misma fuerza literaria y afectiva, se destaca Esther Tusquets , a quien su hija describe en También esto pasará (Anagrama). Una novela con la que Milena Busquets  conquistó a editores y lectores y que sobrepasa ya la doce de ediciones. En ella, la autora narra cómo Blanca, el trasunto que elige Milena Busquets, emprende un viaje a Cadaqués, en una peregrinación hacia la infancia, los recuerdos y la adolescencia, dando ocasión para una elegante, y no menos agria, declaración de amor de una hija hacia una madre de carácter dominante y complejo: “Me observaste enamorarme y desenamorarme, romperme la crisma y volver a ponerme de pie, desde una distancia prudencial, disfrutando mi felicidad y dejándome sufrir en paz, sin aspavientos ni demasiadas indicaciones. En parte consciente, supongo, de que el amor de mi vida eras tú y que ningún otro amor huracanado podría con el tuyo. Después de todo, amamos como nos han amado en la infancia, y los amores posteriores suelen ser sólo una réplica del primer amor. Te debo, pues, todos mis amores posteriores”…

Además de la oportunidad que les da la literatura , las madres viven en la vida de sus hijos y amadas o repudiadas, en sus entrañas se conserva la oportunidad de permanecer que tiene la humanidad y son origen de sesudas declaraciones filiales hasta la trajinada “madre: ¡Sólo hay una!”, o la patética canción que llora la muerte de una progenitora: “Hay clavelito blanco que llevo acá en mi pecho que va llorando amarguras por un amor perdido… las madres son pedazos de corazones buenos…”