by Samaria Márquez Jaramillo
El dia que no me llevaron a futbol

EL DIA QUE NO ME LLEVARON A FÚTBOL

 Samaria Márquez Jaramillo

Horas en el reloj, días en el almanaque, soledad en mi memoria, me fuerzan a referirme al por qué, durante 19 años fui una figura de cartón, lela, con menos voluntad que un zombi y me reavivé hoy, cuando en mi teléfono celular eran las tres de la tarde de este domingo 30 de abril de 2006 y yo estaba dentro del Estadio Pascual Guerrero, en Cali, cerca al centro de la gramilla, de eso hace 8 horas.

Al desván de lo mental llegué sin pretexto. Pude regresar por desesperanza o reconquista. No ocurrió así ni tampoco sucedió por impacto o choque emocional. Simplemente fue, como suceden las cosas encadenadas a circunstancias desobedientes a cualquier lógica.

Estaba en medio de la barahúnda y escarbé en mis conocimientos del lenguaje, que compartía con los estudiantes de 4º elemental de la escuela Policarpa Salavarrieta, del barrio Arenales del Cauca:
¿Correctamente se llamará césped? ¿Qué importa? Totalmente desgraciada me siento. Del verbo sentir y de la acción de sentarme. Doble acepción de la palabra .La uso para indicar que ya no estoy de pie y que tengo la sensación de haberme encontrado, de tener conciencia de mí.

Salieron a la cancha los equipos Cali y Quindío. Sobre el mustio de la gramilla hicieron desplazar, correr, girar, juntarse y alejarse las camisetas verde y blanco. Verde que te quiero verde… gritan unas caleñas, flores que Jorge Arturo Ospina Piñeros vistió de mil colores, mientras las quindianas estamos satisfechas con el verde de todos los colores que nos entregó el poeta Aurelio Arturo.

En pos de un balón, ellos, los colores y los jugadores que los vestían, siguieron aconteciendo en mi mirada, mientras que en mi presencia se alborotaban las reminiscencias. Con la verdad driblando sobre mis hombros, acepté que hubo otro domingo, el 17 de mayo de 1987 para ser exacta.

El reloj del computador dice que son las diez de la noche y que el día es el mismo que sirvió para encontrarme, acción sobre la que, desbocadamente, se iniciaron las añoranzas, el patinar de los escozores, el prurito, la piquiña, que soporto desde el final de un período de hibridación de mi memoria, amordazada por poco menos que dos décadas.

En la tarde de este día, que ahora es noche, con zancadilla, entrada brutal y agresión personal me puse fuera de lugar, con tono de rapapolvo: No se puede vivir en función de madre y mártir. 

Gol. ¡GOOL! ¡GOOOLLL! Cerré los ojos. No más por favor, supliqué. Gritos, insultos, aplausos, fuegos artificiales, cohetes y un silbato, agudo y sostenido, me hicieron volver a mirar hacia el terreno de juego. El árbitro llevaba sus manos y sus brazos de derecha a izquierda, los cruzaba al medio y los volvía a sus costados. La confrontación futbolística había terminado. 

En el espejo, que saqué de mi bolso, se reflejó una anciana. Me consolé: La juventud y la riqueza son una propina recibida. Sin dirección inicié el regreso, empujada por y empujando a, la multitud. Imaginé los cerros, los techos, las calles. Acepté que es la trama humana la que se constituye en vida. Una teja necesita de otras, semejantes a ella, para ser tejado. Una vulva más otra hacen un burdel y una maestra jubilada, como yo, más otra hacen un coro de peticiones a San Antonio.

Traspasé la puerta rotulada con la palabra salida. Caminé unas cuadras. Abordé un bus urbano de la línea papagayo. ¡Este Cali con vocación de arco iris! , todo es una policromía, sobre todo en su transporte urbano: Naranja, Alameda; blanco y negro, Ermita; verde, Bretaña; gris, San Fernando.

Llegué a la casa, me alegré de haber luchado con la tecnología y aprendido a manejar el computador. Ahora me esfuerzo con los tiempos verbales para que no me queden confundidos el año que hace presencia en esta fecha, 2006, y los días que fueron presente y antecedieron a mi hoy, fecha en la que mi cuerpo recuperó su alma y es, también, la de mi cumpleaños número 70. ¡Qué manera, la mía, de conmemorarlo! ¡Ah!, el día que no me llevaron a futbol yo tenía 50 años y mi hijo 27.

Después, por mi vida transcurrieron una docena más siete solitarias navidades. En cada una visité el cementerio y releí en la tumba de mi hijo, la lápida que dice: Juan Antonio Hidalgo. 19 noviembre de 1960- 17 de mayo de 1987.

La decisión de evocar es insuficiente. No llena el vacío ni siembra palabras en el silencio. ¡Si hubiera sido distinto! ¡Qué tonta! Porque las cosas fueron tal y conforme sucedieron, es que existen esos determinados recuerdos. Asumiré mi duelo:

“Gordis, póngase linda. La llevaré a ver perder a su Quindío, que ‘juega como nunca y pierde como siempre’. Iré hasta el parqueadero por el carro. Ahorita la recojo. ¡No podrá decir que no le celebré, retrasado 3 días, eso sí, a su gusto, su cumpleaños!”.

Pasó el ahorita. Mi hijo no me recogió. Llegó un gentío… Qué si ya se, que si me contaron, que algunos lo vieron. Yo no sabía algo. Ni siquiera sospechaba. Yo estaba esperando que me hijo me recogiera para llevarme al estadio.

¿Fue un atraco? ¿Sería un secuestro frustrado? Las noticias hablaron de “exhaustivas investigaciones” y de que mi hijo, hijo también del que amé una sola noche y fue el único que en toda mi vida me amó, aunque fuese una sola noche, murió con tres balas dentro.

Iré en búsqueda de Juan Antonio. En el entretanto desafío a la esperada y le digo: Seremos un quién, yo, y un cuándo, usted. Yo, dueña de un cuerpo que la edad hizo estéril y usted, muerte, multiplicada en los presentimientos.

Mis manos ya no son puños; arrugadas aprietan mi cabeza y ya quieren descansar, soltarse, rendirse, renunciar a sostenerme. ¡Pobres manos!, quieren aplaudir la llegada de este día, de todas las definiciones. Después…

Tal vez llegue ese después donde encontraré a mi hijo. Él me dirá si le di buen uso a la pistola que dejó dentro de su chaqueta, por el afán de traer el automóvil, y que yo enseguida usaré como medio para acercarme a él. Mi pasado y mi futuro son tal cual: No tendrán un mañana. Ya me voy…