by Samaria Márquez Jaramillo

En la muerte de un gran escritor

N de R de Letras Liberadas

No una vez sino en el transcurso de su vida, Sergio Sant’Anna, escritor brasilero, proclamó que “escribir es mucho mejor que vivir”. Ahora ni lo uno ni lo otro le es posible. El practicante de la ironía como estrategia para narrar los cambios que ocurren en un imaginario sin nacionalidad ni encajado en un determinado momento dentro del tiempo, murió el 10 de mayo víctima del Covid19. Las posibilidades de error que a todo emprendimiento humano amenazan, tuvieron en cuenta que más allá de los sueños existe, de manera infinita, el final llamado muerte. Esa la más llamada en momentos ingratos que traicionan a lo esperado pero que cuando responde, obedece y se presenta, se le niega haber solicitado su presencia. Presencia que abunda en lo patético del Eclesiastés o en los Salmos de Isaías y de Jeremías. 

Un imaginario popular intemporal y común a todas los gentilicios, esa la fuente que permitió la cosecha literaria de Sergio Sant’Anna, en obediencia a la ley biológica que determina:”Al mismo tiempo que el rudimento seminal se transforma en la semilla, los frutos comienzan a formarse».

No es de finales ni de principios que se quiere hablar. Se hace necesario referirse a una vida dedicada a narrar. A compartir lo que veía, lo que imaginaba, lo que entraba por sus oídos y que provenía de otros ojos. La mezcla de todo ello integra las palabras afines o desentonadoras, yuxtapuestas. Palabras de hiel y almíbar, de dolor propio como experiencia y de daño ajeno, como consecuencia. Y así fueron apareciendo los cuentos de Sergio Sant’Anna. Cuentos de amor y repulsión, humildad y humillación. Esa, en un resumen casi irrespetuoso por lo breve, es la obra literaria de Sant’Anna.

“Y de su vida qué”, podrían preguntar los lectores. El último período vivencial del escritor estuvo dedicado a pelearse con Bolsonaro por la “irresponsabilidad inicial ante lo endémico del problema de salubridad del Brasil, que encontró al presidente patiatado -con los calzones abajo.- sujeto a la idea de sostener el crecimiento económico así se le disparara el número de muertes en el país, con la mente puesta en la reelección”.

Pero antes…en el comienzo de su vida literaria hubo una escritora, mayor 21 años que él y con quien convivió: Clarice Lispector. 

Y hubo, también el afecto de dos amigos argentinos: Su traductor ad honoren, pues nunca tuvo con qué pagarle, César Aira y su critico, historiador y propulsor: Ricardo Piglia.

Sergio Sant’Anna, dijo de Clarice: “Es una escritora contagiosa, leer un libro de Clarice Lispector es como ver el mundo por primera vez. El impacto de Lispector en los jóvenes escritores de los 60/70, me incluyo en el grupo, se convirtió en fascinación, por el alto nivel de abstracción de su obra. Pronto nos dimos cuenta de que intentar seguirla era un suicidio literario, pues su mundo se bastaba y acababa en sí mismo. En septiembre de 1966, las dos adiciones de Clarice se enfrentaron: El cigarrillo y las pastillas contra el insomnio. Ella se durmió antes de apagarse el cigarrillo. El incendio destruyó su habitación y su mano derecha. Por sus suplicas no se la amputaron pero cargó hasta su muerte, en 1977, en vez de mano diestras una masa ennegrecida donde no estaban definidos los dedos y parecía una garra. En diciembre salió del hospital. ¿Qué pensaba de la existencia Clarice? ‘La vida es una abstracción y yo la narro con palabras figurativas’. Qué pienso yo, Sergio Sant’Anna de la realidad: Lo que ahora es polvo, al caer el agua será lodo…”