Autor: Samaria Márquez Jaramillo

Todo tiene un principio  y todo lo que se inicia llega a su fin. No lograba precisar cómo empezó lo mío, pero después del mágico resplandor de la verdad, no supe la respuesta a una pregunta, la ultima que me hice.  Me faltó vida para alcanzar a oírla.


Antes me sentía enclaustrado, circundado por un panorama abstracto y todo lo que percibía me era ininteligible, exceptuando una inquietud, un hecho y un corto diálogo final.


Por lo demás, mi abrigo era  entibiado por un conjunto de esperas hilvanadas, mejor dicho aferradas, a la esperanza: Presentía que cuando se cumpliera mi génesis acumularía minutos en horas, horas en días, días en años, años en recuerdos, recuerdos en una alcancía llamada Ésta-es-la-única-oportunidad-que tienes,  donde se guarda el conjunto de esperas que conforman la vida.


Mi vida, entre otros muchos usos serviría, por ejemplo, para ejercerla.  Construir sería mi vocación. Fundaría situaciones cotidianas, simples, elementales, no me convertiría en representante de la  excelencia pero, ¡al fin! lograría desahuciar en un ser, en mí, esas mentidas importancias que hacen sentir a los humanos perfectamente desgraciados! Inútiles todos los anhelos. Empezó a pesarme el hálito, como si lo que llegaba a mí fuera plomo, entonces se abrió el envoltorio donde yo era eternidad, una ráfaga de claridad me encegueció y para mí la vida se convirtió en una palabra sin estrenar.

Doctor, palpita.

 

Imposible. No estamos atendiendo un nacimiento, es un aborto.

 

Primero fue el abrumador destello, luego las afirmaciones y, después, un después definitivo, el intercambio entre voces desconocidas y la pregunta sin respuesta. Trascendí el límite de mi piel sin dilucidar por qué decías, a diario: «Y si regresa y no encuentra nada, nada, ni siquiera mi olvido» y tampoco pude saber ¿por qué llorabas tanto, mamá?

 

 

Narrar  es redescubrir espacios, aposentar el auto encuentro, vernos a nosotros mismos y, a veces, llegar  a conocer algo de ese otro mundo de todos los días, que abandonamos  a diario sin conocer su totalidad.


En Literatura  ninguna ficción logra afectar a todas las personas en todas las circunstancias; así es la palabra, de ella Guy de Maupassant dijo: “Para cualquier idea que se quiera comunicar, existe una palabra para expresarla, un sustantivo para identificarla, un verbo para hacerle actuar, un adjetivo para definirla”.


Las palabras comprometidas con las contingencias  de la realidad, más que letras con sentido, son lamentos.