by Samaria Márquez Jaramillo

Historia personal de una mirada

Discurso de Alfredo Molano, al recibir el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Colombia, el 26 septiembre de 2014.
El escritor y sociólogo Alfredo Molano Bravo nació en Bogotá en 1944.Murió el  31 de octubre de 2019. Cursó estudios de sociología en la Universidad Nacional, donde obtuvo una licenciatura en 1971, y fue alumno de la École Pratique des Hautes Études de París entre 1975 y 1977. Ha sido profesor de varias universidades; colaborador de revistas como Eco, Cromos, Alternativa y Semana. Ha sido director de varias series para televisión y ha obtenido el
Premio de Periodismo Simón Bolívar, el Premio Nacional del Libro de Colcultura y el Premio a la Excelencia Nacional en Ciencias Humanas, de la Academia de Ciencias Geográficas, por una vida dedicada a la investigación y a la difusión de aspectos esenciales de la realidad colombiana. Entre 2001 y 2002 vivió exiliado en Barcelona y en Stanford.

Estoy agradecido con la universidad por lo que me dio y por lo que hoy me otorga. Volver a estar aquí es revivir aquellos días en los que el hoy estaba tan lejos. No es, claro está, de mi vida de lo que quiero hablar. Es de la historia personal de una mirada a lo que voy a referirme.

No puedo evitar –aunque lo intente– recordar mi primer día de universidad, quizás un 8 de febrero. Lo viví como entrando al panteón de los héroes porque había ganado una gran batalla: estudiar sociología en lugar de cursar derecho, la profesión de mis tíos y de mis abuelos, y porque había pasado los exámenes de admisión sobre bases académicas muy endebles habiendo hecho, como hice, mi bachillerato entre mesas de billar y salas de cine. Había, además, pasado la entrevista con Orlando Fals Borda, Camilo Torres Restrepo y Eduardo Umaña Luna, tres de las personas que más han influido en mi vida y en mi generación. Orlando abrió la puerta al país real; Camilo, al país posible, y Umaña Luna, al mundo de la ética. Materias todas que seguí cursando en la facultad con otros profesores y bajo distintas cátedras: Tomás Dukay, republicano exiliado; Chucho Arango, torrente de historia; Juan Friede, estricto, exacto, crítico; Virginia Gutiérrez, Ernesto Guhl, Enrique Valencia, solo para nombrar aquellos que recupera esta memoria que ya comienza a hacer aguas. Lo que en las aulas oíamos, en los prados digeríamos y en la 26 o en la 45, a piedra, defendimos. Teníamos que entregar intacto el legado de las luchas estudiantiles del 28 contra la hegemonía conservadora; las del 54 contra la dictadura de Rojas Pinilla, y afirmar la nuestra contra el Frente Nacional, contra la agresión norteamericana a Cuba, contra el asalto a Marquetalia.

Me desprendí de la Nacional a duras penas. Héctor Abad Gómez, el mártir, nos llevó a varios de los nuevos sociólogos a trabajar en la reforma agraria. Me mandó sin preámbulo al alto Sinú: “Vaya, mire y me cuenta”, me dijo. Córdoba andaba revuelta: los campesinos pedían las tierras que los terratenientes les quitaban desecando las ciénagas, corriendo cercas, quemando escrituras. El Incora se entretenía construyendo un distrito de riego que con el tiempo terminaría fertilizando las tierras de los grandes hacendados. En la cabecera del río Sinú, que es también la del San Jorge, había colonos arrinconados por el Ejército. Se trataba de poner en práctica el operativo norteamericano en Vietnam de las Aldeas estratégicas. O mejor dicho, de sacar a los colonos de sus tierras para concentrarlos en sitios determinados y poder bombardear las nacientes guerrillas. Yo regresé a Bogotá con el credo en la boca: el gerente habló con el presidente; el presidente, con el general, y la operación se suspendió. Fue en Juan José, un pueblo donde después entregaría armas el EPL, donde yo oí por boca de un campesino hablar por primera vez de los “años del tropel”, años de sangre.

No me era extraña la violencia, a pesar de haber nacido en un área rural donde no la hubo. Sin embargo, el 9 de abril Bogotá ardía y desde mi casa veíamos el resplandor de las llamas que consumían la ciudad. 

Tres días después la Policía se llevó a unos forasteros que, se dijo, habían dejado salir de La Picota, y el general Amadeo Rodríguez, jefe civil y militar de La Calera, los fusiló, sin juicio, en el alto de las Tres cruces. Según él, “eran nueveabrileños”.

Al regresar de estudiar en París –donde aprendí poco y divagué mucho–, quise hacer mi tesis de grado sobre la renta de la tierra, un tema de moda entre los intelectuales. Opté por hacer el trabajo de campo en Granada, un pueblo lejano en el río Ariari, que yo había conocido de niño con el nombre de Boca de Monte. Busqué ansioso información para mi tesis. La gente me respondía con una mezcla de generosidad y desconfianza, hasta que, viendo mi torpeza, la primera le ganó la partida a la segunda y entonces me contaban su vida: Unos habían llegado remontando la Cordillera Oriental con sus hijos y sus corotos a cuestas, otros habían llegado en bus con el “solo encapellado”. Todos huyendo, todos buscando tierras nuevas. Sus historias apasionadas, enriquecidas con sueños, adoloridas por la persecución, me hicieron olvidar la tesis y las caras doctorales de mis calificadores franceses. Fue en Bogotá donde, a cambio de una historia, cedí a la tentación de tener un cartón. No me cupo duda, era demasiado lo que me habían contado los colonos, era muy grande mi compromiso. Opté a conciencia por contar lo que me habían contado, diría mejor, lo que me habían confiado.

Los colonos de El Pato, que se habían tomado Neiva después de un bombardeo infame, me enseñaron a oír sus reclamos históricos; en el Valle del Cauca, en Caldas, en Tolima, las víctimas de los pájaros en Ceylán y de los chulavitas en Sevilla, y los huérfanos de los crucificados en Rovira, me hicieron arte y parte de su tragedia. Seguí las huellas de los levantamientos de Guadalupe Salcedo y del Tuerto Giraldo en el Llano; de Isauro Yosa y de Charro Negro en Tolima. Pero, sobre todo, recogí el eco del dolor de hombres y mujeres que una mina de oro en el Naquén, en un manglar del Pacífico, en un río de Chocó rebuscaban lo que la selva les diera, lo que las aguas les llevaran, ante la indiferencia suprema del Estado. Así, de costa a costa, de río en río, de camino en camino, hice lo que un negro viejo en el Charco, Nariño, me dijo: “Para conocer, señor, hay que andar”. Un consejo que ha sido el itinerario de mi vida.

Oír las voces de la gente no fue suficiente. No fue fácil desembarazarme del idioma conceptual que me impedía ver y hablar. Pero un afortunado día, escribir se me volvió obligatorio, incluso apasionante. Los colonos, los aventureros, los guerrilleros, los despojados y hasta los desaparecidos adquirían así vida textual. Entendí que los relatos podían servirles de espejo para que se reconocieran y recabaran en la fuerza que, sin saberlo, cargaban.

¿Cómo seguir viviendo aislado cuando uno conoce al vecino y sabe, además, que vive tan solo como uno? Más aún: ¿Cómo no comunicarle que uno existe? ¿Cómo no mandarle un papelito diciéndole: «aquí estoy»? Eso es escribir. Se tiene miedo de escribir porque se tiene miedo de escuchar, porque se tiene miedo de vivir. Quizá por eso son más seguros los conceptos y los prejuicios.

Escuchar y escribir son actos gemelos que conducen a la creación. El conocimiento no es el resultado de la aplicación de unas reglas científicas sino un acto de inspiración cuyo origen me es vedado, pero cuya responsabilidad me es exigida. Uno no escoge los temas, dice Sábato, los temas lo escogen a uno. La creación esconde la utopía, la aspiración a un mundo nuevo y distinto que puede ser tanto más real cuanto más simple. Las cosas suelen no estar más allá sino más acá.

Por eso, entre otras cosas, me honra recibir este doctorado Honoris Causa en compañía de ustedes y sobre todo, del poeta Juan Manuel Roca, quien sin saber para quien escribe, sabe que lo hace en la madrugada: 

“Desde una nación donde alguien proscribe el sueño, donde gotea el tiempo como lluvia envilecida y la risa es condenada por traición a los espejos”.