by Samaria Márquez Jaramillo
La madre de Eva

LA MADRE DE EVA

Por Sara Bertrand*

* Sara Bertrand nació en Chile en 1970. Estudió Historia y Periodismo en la Universidad Católica de Chile. Colabora en la página de Cultura, Artes y Letras en el diario El Mercurio y es integrante de su Consejo de Lectura.  

En 2007 ganó una beca de creación literaria del Fondo del Libro. Ganó el Premio New Horizons Bologna Ragazzi Award 2017 con su libro La mujer de la guarda (2016); el premio Banco del libro de Venezuela 2016 con Cuando los peces se fueron volando (2015); el concurso Alimón de Tragaluz editores con Nuestro gordo (2015); la beca de creación literaria del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes con Cuentos Inoxidables, y la beca de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, de Colombia, con Los acordes del mandinga.

 

La reciente novela publicada por Edicola Ediciones, , finalista del premio Strega en Italia, es una bomba de racimo. Así se dejan sentir las preguntas implícitas en la conversación que nos propone su autora, Silvia Ferreri.

Sara Bertrand

¿La madre de Eva es una novela de género?, sí. Se trata del relato de una madre cuya hija cambia de sexo pero, al mismo tiempo, es un relato universal por su entrañable humanidad.

La madre recuerda: Eva, poco antes de entrar a la sala de cirugía, le dijo: “Si despierto, necesito que estés aquí”. La intervención quirúrgica está resultando larga. Tiempo que toma la madre para reflexionar: No es fácil nacer, requiere tiempo, lo mismo que morir. Somos esa máquina que se enciende y se apaga, energía poderosa de la que sabemos poco.

 

Algo nos dice la ciencia (funciones, fluidos, sistemas que colapsan), pero no explica qué es morir, menos lo que es nacer en el cuerpo de otro. De eso conocemos casi nada y la hija, apenas está poniéndole remedio a su antes reclamo. Mientras tanto la madre se queja: ¡Falló! , siente que falló, busca la grieta, atrás y adelante, recuerda, algo se le escapa, a cada instante se cuela la rabia, está segura de que, si se esfuerza un poco, encontrará el motivo. Porque ella ama a Eva. Dice que la ama como aman las madres a sus hijos. Difícil estar a la altura de esa medida. Tantas palabras, promesas, un guion escrito antes de antes. ¿Hasta dónde remontar para saber qué papel interpretas en esa cadena de tropiezos y abrazos? No hablas, no dices nada, o sí, pero poco. Tus silencios son portazos, audífonos en las orejas y la música a todo volumen. Ausente del mundo, Eva hombre, Eva mujer. En el origen serpiente y fruta. Ser o no ser, como Hamlet y su monólogo.

Sabemos que preferías jugar con barro antes que muñecas. Que no te identificabas con tus compañeras, que gritaban demasiado, que te aburrías mucho. Que te gustaba revolcarte en la tierra. Que pretendiste. Que te vestiste de pantalones y camisetas. Se lo dijiste a tu profesora: Ni princesa ni hada ni reina ¡ hombre!

Tenías cinco años y un montón de muñecas sin ropa, sin sexo. “Quiero ser hombre, no un freak”, pediste, Eva. ¿Qué es ser hombre freak? ¿Qué mujer?, ¿qué?

Y rompiste las fotografías de infancia: en la tina, Navidad, en la playa, en brazos de tu padre. Borrar el pasado para narrarlo otra vez, que el adentro suene más fuerte que el afuera, tus palabras. Escuchamos esos silencios de tu madre, Eva, esas promesas. Ella quería ser tan distinta y terminó tan igual, hurgueteando tu mochila, mirándote de reojo, sospechando. Y su miedo más grande que toda tu humanidad. Dice que te imaginó pequeña, grande, fea, bella, alegre, triste, pero siempre mujer. Tu padre soñó que eras hombre, Eva, principio y final, muerte y nacimiento. Tu madre pensó que mejorarías, aunque se arrepienta de pensar de ese modo, pensó que se te pasaría, que, con la edad, te acostumbrarías a ser Eva única, hombre y mujer. Pediste un sexo nuevo, cuerpo de hombre. Dijiste: “Lo haré. Contigo sentada en una silla esperándome o no, lo haré de todas formas”.

Tu madre dice que antes de que nacieras miraba niños en la plaza, escuchaba las conversaciones de sus alumnos, escuchaba. Que nada la preparó para lo que vendría, Eva primera y última. Ese huracán que transforma cada rincón de la casa. Eso dice tu madre. Todo lo revolviste y no resolviste nada. Eras la profecía de esa vida que corría por otro costado: otra infancia, otro padre, otros amigos, primer amor, otro sexo. Tanto peso encima y ni siquiera habías nacido, Eva. Naciste Eva- Santiago. No es posible vivir la vida de otro, menos aceptar vivirla en otro sexo.