by Samaria Márquez Jaramillo
Voces de unos fantasmas

VOCES DE UNOS FANTASMAS*

*Titulo de la novela sobre la política, la guerra, la bohemia y el amor en las décadas de transición entre el siglo XIX y el siglo XX (1900-1920) en Colombia, que el destacado periodista y escritor tiene en preparación, y de la cual ha cedido para esta edición de Letras Liberadas el texto siguiente:

– ¡Me mató este bandido!

Ninguna de las marchantas del mercado central de Las Nieves había puesto bolas al arrebato con que María Sánchez, de la mesa donde alistaba sus verduras, tomó un cuchillo de mango blanco y de hoja semiancha, semialargada y filosa, y empuñándolo se dirigió hacia la entrada donde acababa de aparecer su marido, Julio Muñoz. El marido vio venir a la mujer, de ojos airados, y apretados los labios, resuelta a ejecutar el propósito que tenía dispuesto si Julio iba a buscarla al mercado de Las Nieves. Julio la vio venir y miró con indiferencia el cuchillo que ella blandía en su mano izquierda. “Mejor”, pensó Julio, “mejor que sea así”. María se detuvo a un metro de donde Julio la aguardaba, volvió la punta del cuchillo hacia ella y se lo hundió en el estómago, hasta el mango, a la par que gritaba con un gesto más de sufrimiento moral y de furia que de dolor físico.

–¡Me mató este bandido!

El resto de marchantas de Las Nieves no había prestado atención ni a la llegada de Muñoz, ni a la acción de María. Se ocupaba cada una en lo suyo, en las discusiones cotidianas entre compradores y vendedoras, por un frijol excedente o una onza faltante. A esa hora de la mañana, recién abierto el mercado, sólo unas cuantas señoras, acompañadas de sus sirvientas que cargaban los canastos, revisaban y escogían con desconfianza calculada para regatear, las verduras, las frutas, los huevos y demás alimentos para la semana.  Cuando se escuchó el quejido acusador de María, todas, señoras, sirvientas y marchantas, volvieron a mirar sin entender por qué el cuerpo de la más joven y hermosa de las vendedoras de Las Nieves se doblaba y caía sobre un chorrito de sangre. Con el mismo gesto de sorpresa incrédula y horrorizada que el pintado en los rostros de las trabajadoras del mercado, y de sus clientas habituales, el esposo de María la observaba. Todas, y él, parecían figuras congeladas. 

Nadie se movía. En segundos la cara de Julio se fue desfigurando por una mueca de horror, de espanto, de desolación. Sin entender lo que había ocurrido, se arrodilló para auxiliarla, pero no se atrevía a moverla. María lo estaba atisbando. De sus ojos había desaparecido la ira, no quedaba el menor rastro de resquemor adolorido que un minuto antes le envenenaba la mirada. Una luz inefable de ternura apasionada brillaba ahora, como antaño, en su rostro purificado, y con voz dulce, que parecía estar alejándose, le dijo 

–Muero … pero mi amor no muere.

El primer chillido de indignación y pánico lo emitió Celmira Bustos. Otros veinte lo corearon solidarios. Varias mujeres, detrás de Celmira, se abalanzaron en auxilio de María. Algunas agarraron a Julio por las solapas, lo levantaron casi a pulso y lo apartaron de María, mientras que Celmira gritaba, “¡no dejen que escape el asesino, corra alguien por un policía!”, aunque “el asesino” no pensaba en nada y menos en escapar. Una de las señoras clientas de Las Nieves le comentó a otra, “estas cosas no se ven sino en la clase baja, Josefina, y tener una que venir a meterse con esta gentuza. Pobre mujer; pero eso les pasa por no escoger bien a sus maridos”. Celmira examinaba, sin tocarlo, el cuerpo inerte de María. Por sobre el hombro de Celmira sus colegas marchantas, compasivas por naturaleza, no se explicaban
por qué la difunta respiraba todavía, qué lástima, qué dolor, María no podría seguir incomodándolas con su belleza presuntuosa y sus aires de jovencita rica y aristocrática, como si ellas no supieran de los cuernos, “hummm ¡que cuernos!”, con los que le adornó la frente a su marido. Hasta razón tendría el pobre tipo en el reclamo punitivo que acababa de hacerle a su mujer agonizante.

Enrique Santos Molano

-¡Desgraciado! ¿Por qué la matastes, hijueputa? – le gritó Celmira a Muñoz. Él no la escuchaba.
–¡Qué horror!— le dijo en voz queda a su vecina la señora que había hecho el comentario anterior. 
–Vámonos de aquí, Josefina.
Estas mujeres son muy vulgares y malhabladas y no respetan que aquí habemos señoras decentes.
Julio Muñoz se declaró culpable de haber matado a su esposa María Sánchez, pero el reportero gráfico Mirós, Catalina Schlesinger de Borda, Luis del Corral y Benjamín Palacio Uribe no le creyeron, no porque les gustara ir siempre contra la corriente, y llevarle la contraria al resto de la ciudad que ya había juzgado a Julio “si él mismo lo confiesa”, como el asesino de su esposa, sino porque en el tiempo que llevaba trabajando con ellos como ingeniero mecánico de las prensas de Gil Blas lo habían conocido lo suficiente, y apreciado sus cualidades, para saber que Muñoz no habría cometido jamás un acto semejante como el que le imputaban las circunstancias y él se autoimputaba. 

El bobo Juan Borda Alcalá, marido de Catalina Schlesinger, se ofreció a actuar como abogado de oficio de Julio Muñoz.
–Bobo –le dijo su mujer –no tenía idea de que fueras abogado.
–Carachas, Catica, yo tampoco, pero si no recuerdo mal, alguna vez me dieron un diploma de doctor en Derecho y ciencias Políticas de la Universidad Nacional, y es la única vez que mi achacoso y marrullero padre me ha felicitado por algo y que no merecía felicitaciones; como quiera, Catica, es un reto fascinante para un abogado inoficioso asumir de oficio el compromiso de demostrar la inocencia de un individuo que se empeña en proclamar que es culpable.

En sus primeras declaraciones en la Comisaría, Julio relató la película que el vio o creyó haber visto desde el momento en que María tomó el cuchillo hasta el momento en que la descubrió tendida en el suelo. “Después no supe más de María, hasta que antier me sacaron de aquí sin decirme nada y me llevaron al hospital. Creí al principio que ella, arrepentida, me mandaba llamar para que nos amistáramos, mas cuando la vi hecha cadáver, me llené de espanto y un temblor nervioso me invadió todo el cuerpo”.

–¿Mató usted a su esposa, María Sánchez?
Julio no vaciló en responder
–Si, señor. Yo la maté.
–¿Con el cuchillo? ¿Le enterró usted el cuchillo?
Julio se desconcertó.
–¿El cuchillo? Es como si yo se lo hubiera enterrado.
El comisario se exasperó por la ambigüedad de las respuestas de Julio Muñoz.
–¿Le enterró o no le enterró el cuchillo a María Sánchez, su esposa, señor Muñoz?
–Es como si yo se lo hubiera enterrado– volvió a repetir Julio su autoincriminación monótona.
Convencido de que no le sacaría al indagado una respuesta clara, el comisario decidió suspender la diligencia. Ordenó conducir al señor Julio Muñoz al Panóptico y remitió al juzgado la declaración del detenido, para lo pertinente. En la entrada del Panóptico, el reportero gráfico Mirós le tomó al ingeniero mecánico la foto dramática que habría de publicarse al día siguiente en Gil Blas, “la foto que siempre sospeché que no me gustaría tomar”. Con su andar pausado y triste, Mirós, el fotógrafo de rostro misterioso, y misterioso todo él, se encaminó hacia el periódico…