by Samaria Márquez Jaramillo

La filosofía y la vida

Xavier Antich i Valero*

* (1962) Colaborador del diario La Vanguardia desde el año 2000 hasta el 2016. Es filósofo, profesor de Ideas Estéticas en la Universidad de Gerona, donde dirige también el Máster en Comunicación y Crítica. Ha sido director del Programa de Estudios Independientes del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA) y actualmente es presidente del patronato de la Fundación Tàpies. Ha sido profesor de doctorado en el Iberian and Latin American Cultures Department de la Universidad de Stanford; en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona y en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Ramon Llull. Sus investigaciones recientes están centradas en los ámbitos de la estética y el arte contemporáneos, con especial atención a las teorías surgidas en el marco posterior a 1967 y a las prácticas artísticas de los últimos cuarenta años. Algunos de sus trabajos se han orientado a diversas cuestiones de estética musical. Es miembro del consejo asesor del suplemento Cultura/s de La Vanguardia y consejero electo del Parlamento de Catalunya del Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes. Es autor, entre otros, de los libros El rostre de l’altre. Passeig filosòfic per l’obra d’Emmanuel Lévinas (Eliseu Climent Editor, 1993) y Antoni Tàpies. Certezas sentidas (Museo Nacional de Cracovia e Instituto Cervantes, 2000),  y editor del volumen Antoni Tàpies. En blanc i negre. Assaigs 1955-2003 (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2008).

Seguro que recuerdan ese diálogo que prologa El Quijote, en el que Cervantes imagina una conversación entre Babieca y Rocinante. El primero dice “Metafísico estáis” y el otro contesta “Es que no como”. La conversación sugiere un tópico muy habitual: la sospecha de que la metafísica, y la filosofía con ella, son un tipo de reflexión extraña, apartada de la vida y de sus necesidades, que sólo se produce cuando las cosas no van bien. Algo así como lo que apunta otro tópico, fundamentado este en voces autorizadas, según el cual primero vivir, luego filosofar. Filosofar porque “es que no como” sugiere que no hay nada más que hacer, ni siquiera lo básico, y que, por no comer, seguro que lo que se piense o diga tiene algo de delirio o desbarrada.

La verdad es que uno de los sentidos que el diccionario de la RAE aporta para metafísico es “obscuro y difícil de comprender”. Y, en la misma línea, se pronuncia Le Petit Robert: “Goût excessif ou abus de la réflexion abstraite qui rend obscure la pensée”. Las palabras de Rocinante, así, expresan algo muy extendido: que la metafísica, y con ella la filosofía, son algo incomprensible por definición, opaco e impenetrable, alejado de la realidad inmediata en la que vivimos y de la que participamos. Es cierto que, a menudo, los propios filósofos han contribuido a esta imagen. Baste recordar el relato apócrifo, muy popular entre filósofos desde hace siglos, según el cual Tales de Mileto, uno de los primeros pensadores presocráticos, abstraído en sus cavilaciones sobre las estrellas, habría tropezado con un socavón 

y caído al suelo de bruces, provocando, con ello, las carcajadas de una joven tracia, que le habría recriminado cómo podía conocer algo de los cielos si no era capaz siquiera de ver lo que tiene en la tierra, bajo sus pies.

El prejuicio antifilosófico de Rocinante es el que alimenta la decisión de la ley Wert del Gobierno del PP que marginaliza la filosofía, y de forma muy especial la historia de la filosofía, en la enseñanza secundaria y el bachillerato. Un propósito, sobre el que ya hablamos aquí, de consecuencias difíciles de calibrar, pero que sin duda producirá una analfabetización filosófica entre miles de futuros ciudadanos en el caso, como parece probable por la mayoría absoluta del PP, de acabar aplicándose.

Por el contrario, la filosofía, desde sus orígenes, no ha dejado de preguntarse siempre por lo real, por el mundo en el que vivimos, por las cosas que afectan a los humanos, por nuestro conocimiento y nuestra acción, por nuestras producciones y por lo que hacemos, por el sentido de las cosas que llenan nuestra existencia. La filosofía no es un saber o una reflexión al margen 

de la vida, sino que se nutre de ella y con ella dialoga siempre. A pesar de que la ciencia ha ido sustrayendo, con el tiempo, algunos de los temas y objetos de los cuales la filosofía, en otras épocas, se ocupó, queda siempre ese espacio reflexivo, interrogativo, meditativo, que se distingue del saber positivo, pragmático y de consecuencias operativas. De ahí que extirpar, como pretende la Lomce, la presencia de la filosofía y marginar la historia de la filosofía, hasta convertirla en una opción en el bachillerato, equivale a renunciar a introducirse en los rudimentos, considerados hasta ahora como fundamentales en la formación de cualquier ciudadano, de la conciencia reflexiva y crítica. ¿Puede haber otra motivación que no sea fomentar la ignorancia para llevar adelante esta barbaridad legislativa?

En este contexto, en el cual la historia de la filosofía va a dejar de ser un patrimonio común en este Estado que quiere seguir a la cola de la educación entre los países de nuestro entorno, resulta todavía más admirable la publicación de un libro prodigioso que Atalanta acaba de llevar a las librerías: Manual de filosofía portátil de Juan Arnau. Un ensayo fabuloso, magníficamente bien escrito, inteligente, lúcido, inagotable y, más a menudo de lo que cabría esperar, reiteradamente brillante. Es un libro dirigido por igual a iniciados y profanos, habituados a la historia de la filosofía
y desconocedores de sus recovecos. A partir de una selección de la obra y vida de veinte filósofos, algunos no considerados corrientemente así, como Novalis o Lévi-Strauss, el libro propone un viaje a la inversa de lo que suele hacerse habitualmente: empezando a partir de la actualidad, el libro de Arnau se va remontando hacia atrás en el tiempo hasta llegar, al final, hasta las costas del mar Egeo, a caballo de Europa y Asia, en el siglo VI antes de nuestra era. Y así, vamos descubriendo, paso a paso, cómo la reflexión de los filósofos está profundamente imbricada en su vida y sus preocupaciones vitales.

No es un capricho. Se trata, como escribe Arnau, de “recuperar la dignidad perdida, mirar al pasado como se mira al futuro, desde la perspectiva del ahora. Por eso se lee la historia de la filosofía en sentido contrario, negando que lo viejo sea lo primero y lo joven lo último. La única forma razonable de comenzar es comenzar por el ahora”. Y es que lo interesante es “participar, vivir la filosofía, y sólo se puede emprender la marcha desde el momento en el que vive”. “Desde esta perspectiva ayer es mañana; y anteayer, pasado mañana. La filosofía no puede ser algo que se nos viene encima, sino un lugar a donde ir”. Si quieren adentrarse en este viaje fascinante, no lo duden