by Samaria Márquez Jaramillo

Apuntes para un nuevo tiempo

Autor: Marc Saxer*

Traducción: Carlos Díaz Rocca

*Marc Saxer es un analista político, estratega y escritor. Actualmente es Jefe del departamento de Asia Pacífico de Friedrich-Ebert-Stiftung, en Berlín y coordina Asia- Europa-Diálogo, sobre la economía del mañana. El trabajo de Marc se centra en la transformación y procesos de democratización. Tiene una Maestría en Derecho de la Universidad de Hamburgo y una Maestría en Ciencias Políticas de Free Universidad de Berlín

Cortesía de la revista Nueva Sociedad

https://nuso.org/articulo/saxer-futuro-socialismo-capitalismo-estado-neoliberalismo-socialdemocracia/

Nadie sabe cuánto durará la pandemia, cuántas personas se enfermarán ni cuántas vidas se cobrará el coronavirus. Pero lo que ya hoy se está viendo son las consecuencias económicas y políticas de la coronacrisis. No se necesita mucha imaginación para ver una ola de bancarrotas en muchas industrias que ya funcionan en situación crítica.

Después de que la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) no llegara a un acuerdo con Rusia para reducir la producción y estabilizar los precios, Arabia Saudita cambió su estrategia e inunda los mercados con petróleo barato. Como resultado, el precio del petróleo se desplomó a mínimos históricos. En el corto plazo, esto puede traer alivio a la industria y a los consumidores. Sin embargo, las guerras de precios del petróleo, la preocupación por la recesión y las calamidades en los mercados financieros están causando la caída de las bolsas. Solo la decidida intervención de los principales bancos centrales ha sido capaz de impedir hasta ahora un infarto financiero. El presidente chino, Xi Jinping, lo ha entendido y está tomando medidas drásticas contra la propagación del virus cualquiera sea el costo. Sin embargo, sus colegas de Tailandia y las Filipinas han tomado a la ligera el control de la peste y ahora están siendo atacados por sus propios partidarios.

La cuestión de si, a los ojos de sus votantes, Donald Trump cumple su promesa central de proteger a Estados Unidos de las amenazas externas es probable que tenga un impacto decisivo en el resultado de las elecciones. A pesar de la pésima gestión de la pandemia, al presidente un aumento de su índice de aprobación que solo está mermando lentamente el índice de aprobación. En tiempos de crisis, la gente tiende a reunirse en torno del líder.

Pero ¿hasta qué punto pueden restringirse las libertades individuales? ¿Cuánto debería durar el estado de excepción? ¿Tolerarían las sociedades occidentales medidas drásticas como las que se han tomado en China? ¿Deberían estas, como en el Este asiático, dar prioridad al conjunto social sobre el individuo? ¿Cómo puede reducirse la tasa de propagación de la pandemia si los ciudadanos no adhieren a las recomendaciones sobre «distanciamiento social»? ¿Y qué significa realmente solidaridad con los demás cuando lo único que podemos hacer es aislarnos?

Una pandemia, que no reconoce fronteras nacionales, exige una respuesta global coordinada. Hasta ahora, sin embargo, las naciones han buscado su propia salvación. Incluso dentro de Europa falta solidaridad entre ellas. Italia siente particularmente, tal como sucedió en la crisis del euro y la de los refugiados, que sus socios la han dejado sola.

 

China aprovechó hábilmente la falta de solidaridad europea y envió un avión repleto de suministros médicos a Italia, país socio en la Iniciativa de la Franja y la Ruta de la Seda. Berlín ahora ha reconocido la dimensión geopolítica de la doble crisis del coronavirus y los refugiados y está preocupado por los intentos de algunas potencias externas de dividir Europa. Como demuestra el emotivo debate sobre los eurobonos, rebautizados como «coronabonos», la crisis de solidaridad está sacudiendo los cimientos mismos de Europa.

Cualquiera sea el resultado de la guerra de precios del petróleo, el equilibrio de poder en los mercados petroleros se reacomodará. El debate sobre el «pico petrolero», candente durante décadas, también debería experimentar un giro interesante. Con precios bajos permanentes, la explotación de estas reservas simplemente deja de tener viabilidad económica. ¿Podría entonces un conflicto geoeconómico anunciar involuntariamente el fin de la era de los combustibles fósiles?

La crisis también está alimentando el conflicto por la hegemonía entre Estados Unidos y China. Desde hace algún tiempo hay un consenso general en Washington para desacoplar la economía estadounidense de la economía china y no contribuir así, con su propio dinero y tecnología, al fortalecimiento de su competidor por la supremacía global. Ahora, las empresas con actividad en todo el mundo tienen que hacer, de la noche a la mañana, un nuevo tendido de sus cadenas de suministro. ¿Volverán todas estas corporaciones a China cuando termine la presente crisis? Esto puede ofrecer una gran oportunidad a las economías emergentes como Vietnam o la India.

La era del neoliberalismo, es decir, la primacía de los intereses del mercado sobre todos los demás intereses sociales, está llegando a su fin. Claro, todas estas medidas se deben al estado de excepción. Sin embargo, serán recordadas por los ciudadanos cuando pronto vuelva a decirse: «No hay alternativa». Con la crisis, comenzó a moverse la política, congelada durante largo tiempo. Tras cuatro décadas de escepticismo neoliberal frente al Estado, está surgiendo algo que se había olvidado durante años: los Estados, con solo desearlo, todavía tienen una enorme capacidad de acción.

Así, la coronoacrisis echa luz sobre las fragilidades geopolíticas, económicas, ideológicas y culturales de nuestro tiempo. ¿Acaso este momento crucial indica un cambio de época? ¿La era de la globalización veloz llega a su fin con el desacoplamiento de los principales bloques económicos? ¿Las guerras de precios del petróleo están anunciando el fin de las economías industriales basadas en combustibles fósiles? ¿El sistema financiero global está virando hacia un nuevo régimen? ¿Estados Unidos cede el mando como garante del sistema a China, o estamos experimentando el avance del mundo multipolar?

La coronacrisis es un gigantesco ensayo de campo. Millones de personas están experimentando nuevas formas de organizar su vida cotidiana. Los viajeros de negocios dejan atrás los vuelos y pasan a las videoconferencias. Los profesores universitarios ofrecen seminarios web. Los empleados trabajan desde su hogar. Algunos volverán a sus viejos patrones después de la crisis. Pero muchos ahora saben, por experiencia personal, que la nueva forma de trabajar no solo funciona, sino que también es más respetuosa del medio ambiente y la familia. Tenemos que aprovechar este momento disruptivo, la desaceleración que estamos experimentando de forma directa, para generar cambios de comportamiento a largo plazo en la lucha contra el cambio climático.

El periodista británico Jeremy Warner resume cínicamente la visión neoliberal de la crisis: «Desde un punto de vista económico, la crisis podría incluso ser beneficiosa a largo plazo porque sacrifica de manera más que proporcional a los miembros mayores de las familias [¡sic!]».

Sin embargo, la respuesta a la crisis también conlleva riesgos. Las fronteras se cierran en todo el mundo, se cancelan visas y se imponen prohibiciones de entrada a los extranjeros. Los pedidos récord de robots industriales indican que las cadenas de producción serán más resistentes a las interrupciones gracias a una apuesta decidida a la automatización.

El economista liberal Philipp Legrain advierte con razón: «La coronacrisis es un regalo político para los nacionalistas y proteccionistas nativistas. Ha promovido la percepción de que los extranjeros son una amenaza y que no siempre se puede confiar en los vecinos y aliados cercanos en una crisis». No podemos ceder la interpretación de la crisis a los populistas de derecha. La respuesta a los desafíos mundiales no debe ser el aislamiento y los egoísmos nacionales, sino la solidaridad y la cooperación internacional.

Muchos, especialmente los jóvenes, experimentan una emergencia nacional por primera vez. En cuestión de días, sus libertades se están restringiendo en una medida inimaginable. No solo en China, sino también en el centro de Europa, se están utilizando tecnologías a gran escala para vigilar y regular el comportamiento de los ciudadanos. Como en la «lucha contra el terrorismo», muchas de las regulaciones de emergencia ahora dictadas seguirán vigentes después de que la crisis haya terminado.

La crisis ha dejado claro a la ciudadanía que las cosas no pueden continuar como antes. Nunca ha sido mayor el deseo de una reorganización fundamental de nuestra economía y nuestra vida en común. Al mismo tiempo, se deben evitar los peligros existenciales sin restringir desproporcionadamente la democracia y la libertad. Pongamos manos a la obra. La ventana al futuro está abierta de par en par