by Samaria Márquez Jaramillo

El miedo, arma para subyugar

Guillermo Fouces*

*Licenciado en Psicología Social, Universidad Complutense de Madrid, junio de 1996.
Doctor en psicología, Universidad complutense de Madrid mayo del 2002 . Trabaja con
menores y jóvenes en riesgo social, refugiados e inmigrantes, emergencias y catástrofes.
Actualmente es el presidente de la Fundación Psicologia sin Frontera.

Hoy en día, nadie sentiría pánico ante una truculenta narración de fantasmas, que se asemeja más a un cuento infantil de duendes que a una historia de terror. Por eso, los que han hecho del miedo su oficio, renovaron la forma de esta historia para asustar al público actual. Pero ahora los que buscan atemorizar, en vez de narrar las travesuras de un duende juguetón, cuentan las historias de difuminadas amenazas sin forma concreta que encarnan una inconcreta maldad sobrehumana. Los rasgos que nos infunden temor hoy en día son mucho más abstractos. Generar desasosiego y alarma ha sido siempre una buena táctica para controlar a las masas. El historiador Jean Delumeau, en su libro El miedo en Occidente, cita multitud de ejemplos del uso de la emoción del ser humano. El temor al demonio en la época de la caza de brujas, la permanente desconfianza milenarista ante la supuesta inminencia de una plaga mortal o de una catástrofe natural y la mentalidad de asedio y la desconfianza ante los desconocidos en la edad media son prototipos de esta estrategia, ahora en el siglo XXI.

Pero hay un cambio significativo en los instrumentos de esa técnica. Los horrores claros y concretos que turbaban al ser humano dejaron de funcionar a la hora de asustar a colectividades enteras. Ya no es fácil amedrentar y controlar a todo el mundo mediante espantos con forma, porque siempre habrá un grupo de personas dentro del colectivo que no tengan miedo a los vampiros, a las tormentas o a los extranjeros. Por eso, los traficantes de miedo empezaron a usar tácticas más sutiles, sobresaltos más difusos con señales de alarma más difíciles de detectar.

A lo largo del siglo XX, ha habido muchos ejemplos del uso de esa táctica de introducción del “temor-a-no-se-sabe-qué”. El movimiento nazi fue pionero: difundió unos falsos “protocolos de los sabios de Sión”, según los cuales los judíos se iban a hacer con el control del planeta. Y la conspiratoria hipótesis causó la suficiente alarma como para convencer a miles de personas de iniciar un exterminio sistemático de la supuestamente atemorizante etnia.

Miedos difusos A partir de estas primeras décadas del siglo XXI, los que intentan manipularnos a través de nuestros temores han preferido las amenazas difusas como estrategia de persuasión. Desde el miedo borroso a las ideas contrarrevolucionarias en las dictaduras comunistas hasta el temor a los arsenales de destrucción masiva que nunca están en ningún sitio, las alarmas que se difuminan y cambian de forma han permitido ir restringiendo libertades con la excusa de proteger al pueblo de problemas que se deshacen mientras intentamos afrontarlos.

La crisis económica es el último ejemplo de este tipo de táctica. Milton Friedman, uno de los economistas neoliberales más influyentes de ese siglo de consagración del miedo difuso, ya había advertido que “solamente una crisis real o percibida produce cambios verdaderos”. Los que manejan el poder parecen haber tomado nota y están utilizando nuestros recelos para tomar medidas que hubieran sido inaceptables sin ese temor generalizado.

En el fondo, la estrategia general es la misma que se ha utilizado a lo largo de la historia. Los agoreros de la crisis amplificaron temores viscerales que todos tenemos. Ahí ,en cualquier lugar está la turbadora idea de que no podamos sobrevivir económicamente ni sustentar a nuestras familias y hasta perder la vida.

Para hacernos creer que eso era lo que estaba en juego, citaban “fuentes de autoridad” difíciles de rebatir porque no usaban datos ni argumentos y nos hicieron olvidar el paradójico hecho de que esos expertos que no previeron la crisis ahora parecían comprenderla perfectamente. Introdujeron en el discurso una retórica intimidatoria, basada en términos que no llegamos a entender completamente pero que parecían dar peso al discurso de alarma. Una vez creado el metalenguaje de la crisis, enlazaron argumentos que parecían sólidos pero que pocos alcanzaban a seguir. ¿Alguien entiende por qué un problema creado por las hipotecas basura y el desinfle de la burbuja inmobiliaria tenga que resolverse inevitablemente reduciendo el déficit público?

Para ello, utilizaron sabiamente el papel de los medios de comunicación. El asesor presidencial Gavin de Becker, autor del libro The gift of fear, nos recuerda en esa obra que las televisiones y los periódicos –especialmente los canales locales, más faltos de noticias– tienen tendencia a dar una visión alarmista del mundo poblada de problemas insalvables. El libro está escrito antes de la crisis económica. Pero seguro que el autor hubiera encontrado ejemplos de esta amplificación del temor en el tono continuamente catastrofista (el mundo está al borde de la debacle económica desde hace cuatro años) de los medios de comunicación, en la forma de resaltar las malas noticias (cuando la prima de riesgo cae apenas se habla de ello) y en la sensación de que el mejor experto en el tema es siempre el más pesimista.

El resultado final de todas estas estrategias de manipulación ha sido devastador: el miedo y sus efectos se han colocado en el centro del sistema de valores sociales. La aprensión desdibujada, sin objeto, ha introducido en nuestras mentes la certeza de que no podemos hacer nada contra lo que se nos viene encima. Se ha generado desconfianza en los otros, individualismo, personas aisladas que compiten por recursos que creen escasos.

Y eso nos ha hecho buscar salvadores entre los de arriba: gracias a la sensación de indefensión que han creado, los poderosos se han permitido introducir reformas estructurales que nos van llevando a renunciar a espacios de libertad. Las tendencias sociales, las opiniones y las comunidades se han dividido: nos fijamos más en lo que nos diferencia y dejamos de apoyarnos entre nosotros. El clima de amenaza constante ha resultado ser, otra vez, un instrumento eficaz para aquellos que pretenden construir sociedades basadas en el egoísmo, en las que se potencia un concepto de libertad que no parte de la igualdad.

Un arma al servicio del poder. Una serie de documentales de la BBC, El poder de las pesadillas, señalaba hace pocos años la importancia del miedo como arma de manipulación: “En el pasado los políticos prometían un mundo mejor.

Tenían distintas formas de lograrlo. Pero su poder y autoridad surgía de la visión optimista que ofrecían a su pueblo. Esos sueños fracasaron y, hoy, la gente ha perdido la fe en las ideologías. Cada vez con más frecuencia, los políticos son vistos simplemente como administradores de la vida pública… Pero ahora han descubierto un nuevo papel que restaura su poder y autoridad. En vez de repartir sueños, ahora los políticos prometen protegernos de las pesadillas. Dicen que nos rescatarán de peligros terribles que no podemos ver y que no comprendemos”. Unos años después de estas palabras, los poderosos parecen haber encontrado el perfecto ejemplo de terror etéreo en la incierta situación económica y pandémica. A partir de ella, pueden desarrollar reformas económicas y sociales profundas que no serán discutidas porque los ciudadanos se encuentran en estado de shock. Haciendo circular y fomentando el miedo, pueden proponerse como salvadores de los peligros que ellos han creado y adoptar las medidas que, de todas formas, querían introducir.

Ocurrió tras el 11-S: los ciudadanos estadounidenses asumieron un recorte de sus libertades y derechos civiles en pro de la seguridad nacional (un ejemplo son las medidas inútiles que nos complican la vida, como los controles en los aeropuertos, que no han servido para detener terroristas pero han alimentado la percepción de inseguridad). Sucedió tras las inundaciones de Nueva Orleans, que fueron una oportunidad para privatizar el ya de por si reducido sistema público de educación o sanidad. Volvió a darse tras el tsunami de Indonesia, que las autoridades locales aprovecharon para permitir la edificación masiva de la costa con hoteles de lujo. Y ha vuelto a suceder a finales de la primera década del siglo XXI. Analizar esta estrategia y entender sus armas es el primer caso para recuperar una forma de pensar y actuar basada en el sosiego. El primer paso es descubrir por qué pretenden manipularnos, que beneficios consiguen los traficantes de miedo, desacreditar las fuentes con argumentos, mirar a los ojos al miedo, descubrir su juego malévolo… y, cuando sea posible, reírnos de él. 

A partir de ahí, será más fácil cambiar el clima de “sálvese quien pueda”. El ser humano asustado tiende a la división: buscamos lo que nos diferencia e ignoramos lo que nos une. Pero una vez que recuperamos la calma, volvemos a la empatía y a la solidaridad. Sin temor, es más fácil buscar respuestas colectivas en los momentos de dificultad. Si, como quería Galeano, “condenamos a muerte el miedo”, podremos construir una salida alternativa y dejar de esperar a que nos salven. “La única cosa de la que debemos tener miedo es del miedo”, dijo Franklin D. Roosevelt. El terror saca lo peor del ser humano. Va llegando la hora de salir de él.