by Samaria Márquez Jaramillo

Incertidumbre hacia una nueva era

Mientras el coronavirus tiene en jaque al mundo, el tiempo corre y pone a prueba a la humanidad. Un análisis para intentar comprender el momento histórico del que todos somos testigo.

Por Gustavo Gorriz *

*Es director de la revista DEF y vicepresidente de la Fundación TAEDA. Ha editado una veintena de libros y dirigido varios medios periodísticos institucionales. Se ha desempeñado como productor general del programa DEF Tv y ha organizado seminarios y congresos en Argentina y en el extranjero.

De repente, el mundo se detuvo. Por culpa de un hecho absolutamente excepcional y diferente de todo lo conocido hasta ahora: el siglo XXI trajo, para toda la humanidad, un acontecimiento bisagra en la historia, que tendrá consecuencias múltiples que apenas pueden esbozarse en medio del vendaval en el que vivimos. Sin embargo, de lo que no cabe duda alguna es de que habrá un antes y un después en la vida de todos. Poco importa el nombre que le pongamos a este período, ya de eso se encargará la historia, pero lo cierto es que, por primera vez, tenemos el miedo en nuestra propia casa, y todos miramos a las personas con las que nos cruzamos en el supermercado como un potencial enemigo.

Si revisamos hechos históricos entre quienes transitamos hoy por la vida, no hay ninguno que nos comprometa tanto como el coronavirus, por la posibilidad de contagio y de muerte en soledad, por la imposibilidad de estar con nuestros afectos y por el hecho de que todos los temas importantes de nuestra vida desaparecieron de golpe. El virus nos ha puesto de cara a la fragilidad máxima y a la situación, aún por delante, de lidiar con sus imprevisibles consecuencias.

No vivimos el terror de la gripe española de 1918; entonces, los que llegamos hasta aquí, en pleno siglo XXI, vemos que la situación actual nada tiene en común con todos los acontecimientos previos que nos asombraron, ya por su carácter deslumbrante o trágico. Todas esas situaciones fueron ajenas al involucramiento personal de cada uno de nosotros: fueran las guerras mundiales vividas en el siglo XX, la llegada del hombre a la Luna, las iniquidades realizadas por el terrorismo, el desastre de las Torres Gemelas o los tsunamis y tifones que arrasaron con poblaciones enteras. Siempre el problema era de otro, o de otros; siempre –por decirlo de alguna manera– “lo miramos por TV”.

Hoy, justamente, no hay otro tema: todo lo que el 2020 tenía en sus planes se ha detenido en el mundo y en la vida de cada uno de nosotros. Guerras y conflictos internos, viajes o acontecimientos culturales y deportivos, casamientos y entierros, negocios y transacciones. La vida pública y privada se ha detenido o, cuando menos, ralentizado para todos. Aprendimos, de un día para el otro, que aquello que nos interesaba había pasado a un cuarto o quinto plano y que el idioma que usaríamos a diario y deberíamos aprender estaba vinculado al brote pandémico, a la mitigación comunitaria, a la tasa de contagio, al distanciamiento social, a las capacidades de los sistemas sanitarios, a encontrar la forma de viralizar la prevención, a conocer la dinámica del brote y, fundamentalmente, a aplanar la curva, con el único fin de disponer de un respirador y de no tener que elegir qué paciente debe salvarse y cuál no.

También, creo que comprendimos, en pocos instantes, que la soberbia humana de tecnócratas, políticos, divulgadores y científicos, que auguraban el “hombre de mil años” y el control de macrodatos sobre la naturaleza o la respuesta de internet para todas las cosas, era fácilmente derrotada por un virus desconocido de manera no muy distinta de las pestes que vivieron nuestros antepasados desde hace miles de años.

Tal como alerta la historiadora Ema Cibotti, en toda epidemia o pandemia “se han buscado chivos expiatorios, de quién era la culpa, y luego de ello, llegaba la guerra; ojalá, esta vez, no. La salida de las pandemias no es pacífica, nunca lo fue. Saldremos de ella, pero no de la globalización, porque no volveremos a la prehistoria. La pregunta es si iremos a una globalización alambrada con xenofobia, aislacionista y bélica, o será una globalización colaborativa y solidaria”. En concreto, de un día para otro, nos quedamos sin ningún tipo de certidumbre. El cataclismo modificó costumbres y prioridades, nuestros planes y nuestras fortalezas. Nos llenó de dudas, de miedo y de vulnerabilidades. La pregunta es cómo saldremos de esta encrucijada: ¿aprovecharemos como sociedad para realizar un gran cambio ético y moral? ¿O serán el miedo y la supuesta seguridad los que nos harán cerrarnos y considerar al otro, al diferente o al foráneo como un enemigo letal? ¿Nos hará más egoístas y aceptaremos perder nuestra libertad en nombre de la supervivencia?

Así estamos, en un momento trágico donde no parece verse la luz al final del túnel. Todas son especulaciones, muchas de ellas, incluso, contradictorias entre políticos, científicos y divulgadores. Algunos definen la situación como una “guerra contra un enemigo invisible” y, aunque la cita no pareciera
adecuada, sí podemos aceptar que este momento tiene mucho en común con un conflicto armado. En él, como suele decirse, la primera baja es la verdad, verdad que difícilmente sabremos, mientras los líderes mundiales buscan a quién culpar eludiendo sus propias responsabilidades y mientras aparecen conspiraciones y verdades a medias que se acomodan al interés del actor que las proclama.

La humanidad debe empezar a comprender que se enfrenta a un cambio de era y que el mundo que alumbre será diferente por completo. A medida que recorremos este triste camino, independientemente del tiempo que demoremos en resolver la situación, de la cantidad de vidas que se pierdan y de los desastres económicos que ocurran, el mundo que alumbre será diferente por completo. Y para hacer frente a este desafío, se requerirá de un liderazgo y de una energía vital sin parangón. Este deberá ser rápido y ejecutivo para superar las gravísimas consecuencias económicas, humanas y geopolíticas que dejará a su paso la pandemia.

Como en todo tiempo de emergencia grave, se adoptan medidas y leyes que, en tiempo de paz, requerirían discusiones de años. La historia demuestra que esa aceleración en la toma de decisiones muchas veces queda en nuestras vidas de manera permanente cuando se vuelve a la normalidad.¿Quedará el poder omnímodo del Estado vigilador? ¿Perderemos libertades esenciales en aras de un supuesto bien colectivo? ¿Vamos a un mundo de vigilancia digital y de biocontrol individual? ¿Entramos en una era de disciplinamiento al estilo de la China actual? Y quizás la más difícil de las preguntas: ¿el mundo de libertad en el que vivimos entró en una fase de enfermedad terminal? De ser así, tendremos millones de cámaras de
vigilancia observándonos en todo momento y hasta cumpliremos con la fantasía que tan bien planteó la ficción del mundo distópico en la icónica serie Black Mirror, donde se implantaban chips en el cuerpo de cada ciudadano y se controlaban conductas, movimientos y relaciones en una sociedad oscura y desesperanzada.