by Samaria Márquez Jaramillo

CUENTOS DE HADAS EN EL SIGLO XXI

Carlos Rubio Torres*

* Realizó estudios de maestría en literatura latinoamericana en la Universidad de Costa Rica y es doctor en ciencias de la educación por la Universidad Católica de Costa Rica. Se desempeña como profesor de literatura infantil y narración oral en la Universidad Nacional y en la Universidad de Costa Rica. Ha escrito varios libros de cuentos y novelas y es miembro de número de la Academia Costarricense de la Lengua.

En el siglo XXI, los cuentos de hadas expresan sentimientos e interpretan situaciones sociales, así como una iniciación hacia la vida adulta. Durante siglos se transmitieron por medio de la oralidad y fue hasta, aproximadamente, tres siglos que empezaron a difundirse, convertidos en escritura e impresos en libros. No solo son obras destinadas a la niñez pues representan características de todos los seres humanos.

Como si fuera un eco venido de un tiempo ignoto y recóndito, escuchamos los cuentos de hadas, narrados en las noches, antes de dormir; engarzados en ediciones de estudio o reediciones baratas y simplificadas; vueltos a narrar por las grandes empresas del espectáculo de la cinematografía o la televisión; criticados en la academias y universidades por sus presuntos mensajes racistas, clasistas o sexistas; a pesar de la antigüedad, continúan convirtiéndose en un emblema de la llamada “literatura infantil” y se narran, con nuevas palabras, en el siglo XXI.

Puede pensarse que, en tiempos en que ya los medios de comunicación y las nuevas tecnologías nos hablan del desencanto cotidiano en el que se impone la realidad de la noticia: guerras que se sobrevienen en diferentes sitios del planeta, gobiernos de
izquierda o derecha que insisten en mantener el poderío de la verdad, gritos y protestas en las calles, la niñez asesinada por luchas entre bandas de narcotráfico, la incertidumbre del estallido de una nueva bomba atómica, esos relatos no tienen sentido en una sociedad en la que parece imperar lo práctico y en la que la necesidad prioritaria es la de autogenerarse dinero y 

vivir con mayor ostentación. Así las cosas, ¿qué sentido tienen estos cuentos en nuestro tiempo? Siglos atrás eran contados para enseñar o asustar. .. Estos cuentos, expresa Bettelheim, son una expresión de herencia cultural, en la que es posible leer los mitos griegos y latinos, las cosmogonías de Oriente, así como las tradiciones judaicas y cristianas, pues tal como lo sintetiza: “la mayor parte de los cuentos de hadas se crearon en un período en que la religión constituía la parte fundamental de la vida; por esta razón, todos ellos tratan, directa o indirectamente, de temas religiosos”. Nunca fueron escritos para niños. Podemos así señalar, como ocurrió en siglos pasados, que existen brujas y monstruos en el mundo contemporáneo. Está el esperpento de la guerra, de las brutales dictaduras o las incomprensiones religiosas que hacen que tantos menores, como Hänsel y Gretel, se vean obligados a internarse en el bosque más oscuro: el de la incertidumbre y su tiniebla.

Eso mismo pasa cuando leemos un cuento de hadas, nos miramos a nosotros mismos suspendidos en esa atemporalidad y eso nos permite soportar y atender, de mejor manera, nuestros problemas. También, aunque parezca un lugar común, expresaremos junto a Propp (1987) que nos conducen a reparar esa carencia inicial. Y allende a todo eso, los cuentos de hadas, con sus sortilegios que aparentemente no sorprenden ni deslumbran; con sus caballos voladores, sus donantes mágicas, sus árboles con frutos de oro o sus ogros capaces de perseguir niños, enfundados en las botas de las siete leguas, representan textos que nos acercan al mundo de la experiencia estética. Y en medio de un mundo en el que impera el sentido práctico de la vida, los conocimientos útiles y el afán por tener objetos materiales, es necesario pensar en el placer de los sentidos como un valor fundamental para los seres humanos. “Aprendí que todos llevamos un hada protectora a nuestro lado; que, si la oímos siempre, podemos hacer felices a cuantos nos rodean y serlo también nosotros”, sostiene el príncipe que todo lo aprendió en los libros de la obra de Jacinto Benavente. Así, si conociéramos mejores versiones de estos cuentos, podríamos acercarnos a los entresijos de nuestros pensamientos y acciones y recorreríamos mejor la visión de nuestra cultura.

Para el psicólogo Sheldon Cashdan (2000), los cuentos son psicodramas de la infancia. Bajo el velo de la fantasía se hallan los dramas de la vida real y los verdaderos combates de la existencia. En el viaje al centro del yo, se establecen cuatro partes fundamentales: la travesía (comprendida como el paso por la frontera invisible a un territorio inexplorado, que puede ser el bosque habitado por uno mismo); el encuentro (el desafío del enfrentamiento con la bruja); la conquista (la destrucción de la bruja, la limpieza de sentimientos pecaminosos y pensamientos vergonzosos) y la celebración o el tramo final del viaje o el final feliz, una armoniosa reconciliación con los miembros que rodean al lector; es el símbolo de la noche de bodas. La lectura de estos relatos facilita la expresión de sentimientos poderosos, que no pueden mantenerse escondidos pues causarían daño. Así, puede decirse que textos muy divulgados como “Hänsel y Gretel”, o la versión costarricense “La casita de las torrejas”, no solo forman parte de la vida de los niños, sino que también dialogan con los adultos, pues se entremezclan, con regularidad, en sus pensamientos y conversaciones, y funcionan como metáforas de sus más fervientes deseos y esperanzas, renovados perpetuamente –aún hoy a la manera actual- con el encantamiento del “había una vez”… Mejor dicho: Hay, esta vez…