by Samaria Márquez Jaramillo

Andar

Este es un decálogo tan personal como incompleto. Un decálogo que no llega a diez, porque quiero andar, no llegar.

I

Nunca olvides las palabras del brujo de Otraparte: «El camino es casi toda la vida de un hombre; cuando no está en él sabe de dónde viene y para dónde va. Caminos son los códigos, las costumbres y las modas». Eso lo escribió Fernando González cuando todavía no era tan viejo, aunque lo parecía. Iba por las lomas cafeteras en una travesía a pie entre Envigado y Buenaventura. El brujo tenía razón, no obstante, su idea era poco original. Ya en la Odisea de Homero quedó claro que viajar es también recorrerse uno por dentro, transformarse en la ruta. Por eso, como apunta Fernando, «hay en el corazón humano el deseo extraño de librarse del límite», de agarrar el camino para « realizar el corazón por el mundo».

II

Desde Ulises se parte con el deseo empeñado en lo que aguarda al final del trayecto, y desde Ulises se sabe que ese final es un espejismo. Lo explica Orhan Pamuk mejor que yo: «en algún lugar lejano se encuentra la verdad, nos lo ha contado alguien, lo hemos oído en algún sitio, y nos ponemos en marcha para encontrarla. Lo que llamamos literatura es el relato de este viaje. Yo creo en el viaje, pero no creo que exista un centro allá lejos». Pues eso, creerle al viaje.

III

Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es el de Horacio Quiroga afrontando con su canoa las turbulencias del Alto Paraná (o el de Cervantes a caballo por los peladeros manchegos, o el de Flora Tristán mientras soporta la puna en un altiplano de los Andes, o el de Handke conduciendo a través de algún valle helado de Serbia). Mejor dicho, imita siempre. Viajar y escribir se parecen en que uno llega al punto irremediable donde hay que seguir los pasos de otras, de otros.

IV

¿Hay en esta época una muestra más grosera de pedantería que la vana pretensión de descubrir tierras nuevas e inexploradas? El cronista no es un conquistador ni un colono… Recuerda que por esta misma trocha anduvo Eliseo Réclus trepando la Sierra Nevada, recuerda que ahora atraviesas el cruce donde padeció Humboldt la cordillera hace dos siglos, recuerda que aquellas campiñas desoladas también las vio Martha Gelhorn cubiertas de cadáveres, recuerda que este río ya lo había navegado Conrad, así el río fuera otro y el mismo, como insinuó Borges plagiando a Heráclito. ¿Hay en esta época una muestra más grosera de pedantería que la vana pretensión de descubrir tierras nuevas e inexploradas? El cronista no es un conquistador ni un colono, sigue caminos transitados mil veces, está obligado a trasegar cada sendero abriendo su vista con la mirada de los que pasaron antes. Y entonces, de pronto, nota que camina por la misma Sierra de Réclus pero ya es otra, que se ahorra las ampollas pues toma carreteras que Humboldt no conoció, y que remonta el río de Conrad sin hallar ni el horror, ni las tinieblas. Aunque no quiera, el viajero está igualmente condenado a mirar el mundo con sus propios ojos. Pero le conviene abrirlos primero.

V

Recorrer es conocer, creen los indios Misak. El territorio tiene piel y hay que tocarla, acariciar sus arrugas, descubrir las cicatrices que quedaron en los peñascos y los bosques y las gentes. Hay que lamer los caminos que a veces son lenguas de barro colorado y otros labios polvorientos, tarjados de lo pedregosos. Será inútil imaginar relatos para ambientarlos en un lugar. El lugar es el relato. Entonces hay que conocerlo, es decir, recorrerlo.

VI

Todo cronista es un extranjero en el sentido que Albert Camus le dio al término: un ser que experimenta cierto extrañamiento. Quizá por aquello deba convertirse, como pregona Martín Caparrós, en un humanista, alguien que viaja para entender qué hacen, cómo se comportan y viven los demás en otros sitios. Tan distintos los demás, y al fin de cuentas también sus semejantes.

VII

Supongamos que esto es una especie de decálogo, pasa que me gustan los que sobrepasan el número diez, y esos que, igual al mío, ni siquiera van a alcanzarlo. Prefiero los viajes imprecisos, las travesías ambiguas en las que resulta imposible determinar cuál fue el recorrido completo, dónde empezaba, cómo acababa. Me fascina creer (aunque no fue así) que Selma Lagerlof, con ojos de niño, atravesó volando toda Suecia gracias al pequeño Nils cabalgando su ganso salvaje que, con ojos de niño, miraba el mundo desde arriba. No vale pues la pena desesperarse con el final ni con el principio. La ruta –ambigua, imprecisa– conduce la narración y viceversa.

VIII

Se viaja en buseta por carreteras que son despeñaderos o en la bici Pinarello con ese maldito plato de 42 dientes reventando las piernas cuesta arriba. Se viaja en «marranitas» por carrileras de trenes que ya no existen, también en camiones españoles marca Pegaso, fósiles con motor, vejestorios empantanados por toda la eternidad. Se viaja en la cola del Willys sobre racimos de plátano, o a lomo de yeguas que resoplan a causa del rigor de la trocha empedrada que sube al páramo, o a bordo de pangas que se varan en los ríos del Pacífico si aparece la sequía. Se viaja en avión y a pie. Se viaja –lo dijo Leila Guerriero– para despedirse: la cronista, el cronista, andan siempre a solas, no importa que vayan con multitudes.

IX

Sigue la hoja en blanco. Nada ni nadie nos ayudará a cruzarla.