by Samaria Márquez Jaramillo

Kadish

Fanny Díaz *

* Comenzando el período de cuarentena, las escritoras y editoras Silda Cordoliani y Blanca Strepponi , venezolanas, propusieron dar escape a la gran angustia e imaginación desatada que este inédito acontecimiento estaba provocando a lo largo y ancho del planeta, a través de la convocatoria a un concurso que llamaron «2020-S0S»: Desconcertados, abrumados, confundidos, aterrados, quienes convivimos con la literatura percibimos más que nunca un alud de referencias y señales. ¡Cómo vibran nuestras cabezas alocadas, cuántas emociones nos embargan! Llegó la hora de liberarnos, demos rienda suelta a lo que no nos atrevemos a decir en público, escribamos el relato del momento: duro, tierno, humorístico, sarcástico, de ciencia ficción, de anticipación, de amor o desesperación… Te esperamos en 2020-SOS”. Luego se les unió el escritor Juan Carlos Chirinos para formar parte del jurado. De los 144 relatos escritos en español que llegaron de todas partes del mundo, 24 de ellos fueron seleccionados para reunirlos en una publicación digital que pueden encontrar en https://issuu.com/blancastrepponi/docs/2020_sos_libro De allí se tomó el cuento que se presenta a continuación:

Pronto vendrán a buscarme. Me he estado preparando semanas para este momento. Hace tanto que sueño con alejarme de mi casa, por un rato sentir el aire libre, estirarme hasta que el cuerpo se rebele. Quizás me lo permitan, solo por esta vez. Quizás me toque un agente compasivo. Quizás… Ponerse la ropa de protección puede tomar horas cuando tienes que hacerlo sola y al regreso hay que desinfectar cada pieza del atuendo, bañarse, recordar dónde has tocado, estar atenta a cualquier síntoma. Salir de casa es una aventura que hace mucho ya casi nadie intenta. Solo los muchachos circulan sin miedo, dueños del mundo.

Cuentan que los más viejos y los enfermos de antes –“preexistentes”, los llaman vivos en perspectiva. Las ciudades están en manos de los más jóvenes, inmunes a la enfermedad, por ahora; sin futuro. La gente entre 30 y 45 es en su mayoría resistente al virus, aunque no inmune; es solo cosa de tiempo que los toque. Los demás hemos sobrevivido; los fuertes, en todo caso. El Estado nos ha protegido hasta ahora, pero ha llegado el momento de tomar decisiones. Los mayores de 50 hemos sido elegidos para probar la vacuna. Aquellos que no puedan crear anticuerpos morirán en el intento. Nos llaman “voluntarios”. Técnicamente lo somos, no tenía sentido negarnos. Apenas la liga anti vacunas ha empezado a luchar en pro de la sustitución por conejillos, no sé con qué esperanza.

El ministro dice que es nuestra responsabilidad con los que vendrán, con nuestros nietos. No tengo hijos, ni mucho menos nietos, pienso, pero el ministro conoce la respuesta. No es un asunto biológico; abuelo es un concepto. Después de esto quedará un mundo de fuertes. Un mundo perfecto en el que
Darwin y Malthus habrían dado cualquier cosa por vivir. Un agente me acompañará a la sesión y luego me devolverá a casa. El muchacho que viene a buscarme, al que he llamado agente por pura costumbre, me aclara que ellos no son agentes sino acompañantes. Cada joven recibió un número de personas a las que custodiar. Les dieron cierta libertad para escoger. Cada acompañante deberá ser responsable de su grupo de voluntarios como lo sería de su familia. Todos somos familia, somos uno, dice el ministro.

La ciudad luce lúgubre. La luz me pega en los ojos y entiendo que mis sueños de estar afuera son inútiles. Solo se ven los grupos anti vacunas. Las manifestaciones nunca han sido suspendidas. Somos un país democrático. Uno podría creer que un mundo en el que los menores de 30 estén a cargo de todo sería un mundo feliz. La idea me hace recordar un episodio de Star Trek en el que el capitán Kirk llega a un planeta habitado por niños. Los adultos habían muerto a causa de un virus.

Mientras vamos hacia el laboratorio necesito hacer preguntas, despejar dudas. Después de todo, quizás esta sea la última vez que hable con un ser humano. He escuchado de cadáveres dejados en la calle en países remotos. No en el nuestro, claro. Por alguna razón siempre parece que las cosas terribles suceden en otros lugares. Ese pensamiento reconforta. 

Los voluntarios somos la última esperanza. Eso dicen las noticias. Eso dicen los muchachos. Por eso cada uno de ellos debe ser responsable. Abuelo es un concepto, dicen, una y otra vez. Morirán muchos, pero esta vez estamos preparados.

–¿Nos tirarán en fosas comunes? –pregunto.
–¿Qué clase de monstruos crees que somos? Todos recibirán una sepultura decente. En esta tierra hay espacio para todos. ¿Qué te da miedo? Quiero saberlo para hacer bien mi trabajo.

–Nunca nadie ha podido experimentar su propia muerte, leí por ahí. Una sola cosa me molesta de la muerte: que no haya nadie que diga kadish por mí. ¿Dirán kadish por nosotros?
–No entiendo, ¿qué importa si ya estuvieses muerta?
–Me preguntaste por un miedo y te respondo. No sé por qué, lo único que siempre me ha molestado de no haber tenido hijos es que no haya nadie que diga kadish por mí.
–Te escogí porque naciste el mismo día que mi madre. Estaba muy pequeño cuando murió, en un atentado terrorista. Nunca pude decir kadish por ella. Te prometo que lo diré por ti. Pero no te preocupes, sé que sobrevivirás. Quiero creer que ella hubiera sobrevivido.
–No me importa mucho la vida, a decir verdad. Siempre pensé que moriría joven. Por eso nunca quise tener hijos. Todos estos años han sido lo que podríamos llamar un bonus track.

Reímos con la imagen.
–¿Tienes hijos?
–No, no tengo. Mi novia y yo hemos planeado tener uno cuando todo esto pase.
–¿Pasará?
–Sí, claro… esto también pasará.
Entonces, efectivamente, todavía no sería abuela. La sensación de oportunidad me anima.

Al llegar al laboratorio todo está dispuesto para que cada voluntario vaya a su lugar lo más rápidamente posible y regrese a su casa sin tener contacto con nadie más, excepto con el acompañante. Todo es silencio. Todo está dicho. O casi todo.
Me pregunto en qué pensaría Sócrates momentos antes de tomar la cicuta, si pensó en algo. Siento las gotas correr por el cuerpo o lo imagino. Lo mismo da. No duele, claro. El Estado también se ha ocupado de eso. Creo que tengo que decir nuestra última oración para sentir que todavía soy yo. “No hay que rezar nada –dice la enfermera cuando me ve moviendo los labios–. Por lo menos no ahora. Sabremos el resultado en dos semanas”.
He escuchado que la muerte es rápida y casi indolora. Falta el aire y en pocas
horas todo acaba. Muchos morirán, pero ahora no nos tomará desprevenidos, han dicho. El acompañante y un equipo vendrán a casa y nos llevarán al lugar dispuesto para ello. No hay nada que temer. Después de todo, ya estaremos muertos. ¿Qué más da? El Estado se ocupará de cada detalle. Cierro los ojos. Ahora solo queda esperar. Que venga si quiere venir. Ya no importa nada. El hijo que nunca tuve dirá kadish por mí.