by Samaria Márquez Jaramillo

Enrique Santos Molano terminará en los próximos días la segunda parte de su saga Los Hermanos Libertadores, que tiene por título El Santuario de la Libertad, continuación de Mancha dela Tierra, comentada en nuestra edición anterior por el escritor Mario Lamo Jiménez. El autor de El Corazón del Poeta ha cedido para este número de Letras Liberadas un fragmento de El Santuario de la Libertad.       
                                                                     ************

Primera parte
LA VICTORIA DE LOS VENCIDOS

Villa de Leyva, 13 de diciembre de 1823

Cinco hombres de ruana, con sus cabezas descubiertas, alzaron un ataúd y salieron de la habitación seguidos de Fray Diego Silva, Fray Francisco Quevedo, el doctor Marcos y una veintena de personas que oraban en coro por el alma del difunto y que lloraban su desaparición.
–¿Quién se habrá muerto, Matica? Parece que era una persona muy querida, porque los dolientes se veían muy, muy compungidos.
–Sí, estaban muy tristes, Antonio, y ninguno me respondió cuando les pregunté si
deseaban escuchar el relato de tus memorias.
–Tal vez no les interesa.
–Pero a mí sí, y si tú quieres, podemos continuar.
–No faltaba más, Matica, no hay nada más grato para mis oídos que el sonido de tu voz.
Magdalena sonrió desdeñosa y replicó
–Lo mismo le habrás dicho a la señorita Zuleta.
–Por Dios, Matica, es verdad que esa pobre niña tiene una voz dulcísima, pero ella la guardaba para deleitar los oídos del poeta Miralla, como tú sabes. Magdalena dio un triple suspiro mortal y continuó la lectura.

              El oidor Pedro Catani santificó sus ojos con la contemplación embelesada de su obra maestra. Las seis horcas, imponentes, terribles, vengadoras, que había mandado levantar en menos de veinticuatro horas para colgar en ellas, al día siguiente, a cuatro de los criollos criminales que osaron levantar sus puños desleales contra su única madre amorosa y verdadera, la Corona española. Catani sonrió con picardía. Obligó a construir las horcas a los mismos artesanos de Santafé que seis meses antes aguardaban a su libertador Galán. “Ja ja … ¿no dijo el señor Plata que Galán era el Túpac Amaru de este reino? … Ja JaJa … pues ahí lo vais a ver, miserables bandidos, a vuestro Túpac Amaru bailando en el aire como su vil modelo el Túpac Amaru del reino del Perú”.
               Mateo Galán dormía al lado de su hermana, despierta cuando al empezar la madrugada del 1 de enero de 1782 estallaron cientos de voladores lanzados por los vecinos de Charalá para dar la bienvenida al nuevo año. El ruido de los cohetes que sonaban a la distancia como el eco lejano de una batalla, quebró el sueño frágil de Mateo. Se enderezó asustado. María Gregoria Macarina lo abrazó, lo recostó contra su pecho y le acarició la cabeza. A los pocos minutos entraron a la habitación Ana María y Toribia, que tampoco habían podido dormir, angustiadas la una por su hijo y la otra por su marido, así como María Gregoria Macarina y Mateo no dejaban de pensar en su padre, Mateo todavía inconsciente del grave significado de la ausencia de José Antonio. Juan Nepomuceno, encargado él solo de la huerta y las cosechas, se acostó temprano aquel último día de 1781, cerró sus ojos y no volvería a abrirlos hasta la primera mañana de 1782. Eran, los cinco, lo que restaba de la familia Galán en la granja. El padre, don Antonio, había muerto abrumado por la visión hórrida que sus pesadillas le mostraban sobre el futuro de sus seres amados; Dolores, enloquecida al enterarse de la muerte de su hijo y de la prisión de su marido, avisó un día que se iba para Santafé a buscar a su marido y a su hijo (“él no está muerto, no, mi Andrés no está muerto”), y sorda a los ruegos coreados de su madre, de su cuñada y de su sobrina, que le impetraban no cometer una locura, se limitó a decirles

           –Ya hemos cometido enormes locuras en esta familia… una más no agrandará el daño causado. Montó la bestia y partió. No volvieron en la granja a tener noticias de ella, ni las captaron en el estrépito multicolor de los voladores charaleños que nada más testimoniaban el falso y efímero regocijo popular que celebra la desaparición de un año viejo y la aparición de uno nuevo.

             –¿Qué habrá sido de mi Dolores, mi pobrecita hija?— dijo Ana María, con respiración fatigosa, la voz intermitente, como haciéndose a sí misma una pregunta insoluble. “Pobre madre, pobre madre, pobre abuelita mía, ¿cómo puede un corazón soportar tanta pena?”, pensó María Gregoria Macarina, recargado su corazón por las penas de la abuelita, de la madre y la suya propia.
             José Antonio e Hilario yacían en una dura prisión en Santafé, en espera quizá de la peor de las condenas. Los otros cuatro hijos varones de Ana María –Eugenio, Rafael, Juan Ignacio y Agustín—andaban ocultos en previsión de órdenes de aprehensión que aún no se dictaban contra ellos, y atentos a saber de la suerte de sus hermanos y de su cuñado, José Joaquín Porras. La muerte de su sobrino Andrés Porras la habían confirmado por varios conductos. Con frecuencia uno de los cuatro, precauciones tomadas, se deslizaba hasta la granja para llevarles a su madre, a su hermano, a su cuñada y a su sobrina el triste consuelo de que nada se sabía y que las cosas seguían igual “una buena seña, madre, de que se está pensando, por influencia del señor Arzobispo, en echarles una sentencia benigna”.
            –¿Qué será de mi pobre Dolorcitas? — se volvió a preguntar en voz alta Ana María Arguello, arrodillada, a la media noche, sobre la tumba de su esposo, que tampoco le tenía una respuesta inmediata. Mateo se quedó dormido en los brazos de su hermana. Toribia, con dulce tacto, lo recogió en los suyos, lo acomodó en la cama y lo arropó. María Gregoria Macarina se levantó, salieron juntas, se arrodillaron al lado de la señora Ana María y rezaron las tres un largo padrenuestro, asordinado por el ruido decreciente de la cohetería.
            Dolores Galán llegó a Santafé a la misma hora del año nuevo de 1782 en que su madre, su cuñada y su sobrina le pedían a Dios y a don Antonio que la protegieran y que la ayudaran. El traqueteo de los voladores era cinco o seis veces más estruendoso que en Charalá. Quemaban pólvora en la Plaza Mayor, en la de San Francisco, en la de Las Nieves, en San Victorino y en San Agustín. Las calles estaban llenas de gente, unos, borrachos; otros, parejas que paseaban para mirar el espectáculo pirotécnico que hacía ocho años empleaba en su totalidad pólvora de la fábrica de Santafé, de mejor calidad que la europea. Otros caminaban solitarios, ajenos a la pólvora, ajenos al bullicio de la plebe, ensimismados en sus preocupaciones. Como uno que venía cruzando el parque de Las nieves, cubierta la cabeza por un sombrero triangular y oculta la cara en un pedazo de capa roja. De improviso vio a Dolores Galán que caminaba por medio de la calle, entre el gentío, como extraviada, en dirección a la Plaza de San Francisco, sin saber ella hacia donde se dirigía. El del sombrero se descubrió el rostro y escudriñó a Dolores, dudoso. ¿Sería ella? ¿Cómo podría ser? ¿Qué habría pasado en Charalá?
 

               –Señora Dolores…
                Dolores no reconoció la voz. Asustada, volteó a mirar a la persona que la llamaba.
                –¡Dios sea bendito! … ¡Ignacio!
              Habiendo el juez don Juan Antonio Fernández Recamán localizado la casa de los Galán Arguello, con los treinta hombres que llevaba rodeó la granja al amanecer del 3 de enero. Sin desmontar, mandó a uno de sus mercenarios a golpear escandalosamente. Juan Nepomuceno, que se levantaba sin falta a las cuatro de la mañana, advirtió en un segundo la presencia de gente armada, y observó la maniobra que un jinete ordenaba de rodear la casa. Sacudió a su menos madrugador hermano Rafael, que había venido la noche anterior para ver qué se les ofrecía. Rafael se restregó los ojos, entreabrió el postigo de la ventana y comprobó que Nepito no estaba alucinando. Despertaron a las tres mujeres.
               –Eso vienen es por usted, Rafael—dijo Ana María—Tiene que irse, mi hijo, ya
mismo, o en unos minutos esos me lo agarran.
              –Pero, madre — protestó Rafael —¿y si vienen es por ustedes esos jijuepuercas?
         –¿Por Nosotras?… No, mi hijo, ya habrían venido hace rato… ¿Pa’que nos van a querer a nosotras? No es una casualidad que usted llegara anoche y que ahora aparezcan esos… ¡Váyase ya, mi hijo!
         –La abuela tiene razón, tío Rafael –intervino María Gregoria Macarina –sumercé debe irse ya, pero llévese a Mateo…
              –¡Nooo! –brincó espantada Toribia –¿Por qué se me va a llevar a Mateo? 
           Juan Nepomuceno, golpeándose los labios con el dedo índice, le pidió a su cuñada que bajara el tono de la voz. María Gregoria Macarina tomó cariñosa de las manos a su madre y le argumentó que, al no encontrar a Rafael, los que venían por él bien podrían llevárselas a ellas y acusarlas de complicidad en la fuga.
              –¿Entonces qué sería de Mateo, madre?
              La abuela Ana María respaldó a su nieta, y Toribia accedió, entre sollozos incontenibles que trató de ahogar sobre el pecho de su suegra. Ana María la abrazó, con dulzura, con fuerza, mientras María Gregoria Macarina iba al cuarto en busca de Mateo. Separarse de su nieto no era para la abuela menos duro que para la madre separarse de su hijo; pero la abuela tenía el poder de consolar y lo ejerció con su nuera abatida. A Ana María no había nada ni nadie que pudiera consolarla, que pudiera borrarle de su corazón el presagio insistente de que peores desgracias la aguardaban.