by Samaria Márquez Jaramillo

Cantos de cigarra

Peter Stamm *

* Nació en 1963 en Suiza. Según sus propias palabras, escribe sobre personas y sobre relaciones entre personas. Su forma de narrar está desprovista de metáforas y de adjetivos embellecedores; las oraciones principales breves son características de su estilo. Por su obra ha merecido, entre otros, el Premio de Literatura de Rauris, el Premio de Literatura de Rheingau  y el Premio Hölderlin.

Por supuesto que yo también hago otras cosas. No soy, a fin de cuentas, solo escritor. Sin embargo, para qué negarlo, mi profesión principal consiste en no hacer nada. O en reflexionar, podría decirse de un modo algo edulcorado, si bien el estado durante la escritura se acerca mucho más a soñar despierto.

Otros construyen maquinarias, diseñan edificios, curan enfermedades, hacen pan y plantan árboles. Esas personas amplían el mundo, lo convierten en un lugar más bello o más cómodo. Los escritores, por el contrario, crean mundos nuevos. No es poco, pero apenas existe un autor o una autora que no se haya avergonzado alguna vez del exiguo aporte que hace al mundo real. Casi todos los padres desean que sus hijos lean, pero ¿qué padre o madre le aconsejaría en serio a su hijo que se hiciera escritor?

Por mucho que a los lectores les gusten nuestros textos, la literatura sigue sin tener un propósito claro o una función en el mecanismo del universo. Somos las cigarras de la fábula de Esopo:En el verano nos dedicamos a hacer música, pero cuando

llega el invierno, las hormigas, tan laboriosas, se ríen de nosotros: “Si en verano bien pudiste dedicarte a cantar y a silbar, ahora en invierno también podrás bailar y soportar el hambre, porque holgazanear no trae el pan a casa.” El hecho de que muchos escritores sean hormigas en sus segundos empleos, esos que les permiten superar con éxito el eterno invierno de sus existencias como escritores.

Una tercera táctica es alardear de méritos no literarios. Como si no bastaran sus textos para sentirse orgulloso, Ernest Hemingway se caracterizaba como gran cazador, pescador de altura o héroe de guerra. Georges Simenon, otro autor excelente –uno, además, de los más disciplinados, a juzgar por sus casi cuatrocientas novelas–, en lugar de jactarse del número de sus libros prefería hacer gala de las mujeres con las que se había acostado. Oscar Wilde hacía virtud de la miseria cuando afirmaba que había empleado todo su genio en diseñar su vida y que para su obra solo había dejado su talento. Un premio Nobel, Hermann Hesse, se hacía fotografiar mientras hacía ejercicio desnudo.

La literatura está muy bien, pero solo es socialmente relevante el texto en el que también se transmite una opinión. Y dado que las opiniones se consiguen a un precio más bajo que los hechos, a los periódicos les encanta subirse a ese tren y dar espacio a los escritores en su sección de columnas.

¿Por qué habrían de ser precisamente los escritores, que se mueven una buena parte de su tiempo a través de mundos ficticios, los llamados a analizar el mundo real? Hay en la literatura una verdad que cala más hondo que cualquier ensayo. Y
ello surge cuando el texto –como dijo alguna vez Lichtenberg de manera muy sensata– es más inteligente que el autor mismo.

Los escritores no son intelectuales per se, son artistas, truhanes, magos, como llamaban a Thomas Mann sus propios hijos. En lo político –cuando no se dejan llevar por la corriente en turno– son solamente, y con suma frecuencia, ingenuos. ¿Quién se acuerda todavía de las declaraciones políticas de Ezra Pound, Knut Hamsun, el viejo Günter Grass, Gottfried Benn y tantos otros? Autores de tanto mérito como Gerhart Hauptmann, Robert Musil, Thomas Mann o el propio Stefan Zweig saludaron gustosamente el inicio de la Primera Guerra Mundial, aunque algunos de ellos no quisieron acordarse del asunto más tarde.

Pero si hay algo de lo que podamos aprender de esos viejos maestros es de su humor que jamás llegaron a perder, ni siquiera en sus textos políticos. No está bien que intentemos acallar el griterío de las consignas de un partido reaccionario empleando

para ello más griterío. La literatura es lo contrario de la polémica. La literatura libera el lenguaje, y la polémica abusa de él, lo daña y arranca a los creadores gestos solitarios de furia.

Claro que los escritores deberíamos activarnos políticamente, inmiscuirnos, ir a votar, como hace cualquier ciudadano común y corriente. Y claro que a veces sucede que algún autor escribe un inteligente ensayo político o se convierte incluso en un buen político. Sin embargo, no hay razones para suponer que sus opiniones tengan mayor fundamento que las de cualquier otra persona. Como expertos del lenguaje, estarían llamados, en todo caso, a ocuparse del lenguaje de la política en lugar de imitarlo.

Sin embargo, con tales tácticas lo que hacemos es precisamente lo que les reprochamos a otros: no tomar en serio la literatura. Desgastamos nuestras fuerzas, en lugar de hacer acopio de ellas. Porque aunque la escritura no sea un trabajo arduo, es lo suficientemente difícil y exige toda nuestra concentración.

Cuanto más tiempo pasa, más admiro a los autores –casi todos viejos– que evitan los mercadillos literarios. Son gente que hace su trabajo sin pensar en la crítica, el público o el mercado. No sacan sus motivaciones del aplauso o del escándalo, sino del placer de escribir. No se las dan de importantes, no visten disfraces ni se hacen más interesantes de lo que son. Sencillamente se dedican a escribir sus libros. Y a menudo esos libros son los más maravillosos y profundos, los más verdaderos. Y por lo tanto, los más políticos. Esos libros no han sido escritos para las listas de los más vendidos, para los premios y los concursos, sino para los lectores. Escribir no tiene ningún propósito. Conformémonos con eso. Y hagámoslo, a pesar de todo. O precisamente gracias a ello. ~ 

Idioma orígina: Alemán.

Traducción: José Aníbal Campos.