by Samaria Márquez Jaramillo

Un Camino en la noche,
Juan Lara
visto por
Alejandro Veramar *

*Director Revista Literaria Escarabeo

Juan Lara, el autor de Un camino en la noche, afirma que hay un tiempo y un lugar para nacer y otros para morir y que acerca del escritor poco interés tienen las fechas y los territorios correspondientes, que son datos que provienen de la cronología y la geografía, no de la literatura. El escritor solo debe ocuparse en escribir y en vivir su existencia singular y casi siempre solitaria en la cual lo que en verdad cuenta son el camino y sus estaciones. Lo demás es exhibición innecesaria. La vida hace posible la obra y muchas veces la obra misma. El tema no siempre lo escoge él, pues muchas veces es el tema el que lo elige como redactor. En ese sentido, este libro es elocuente. Su escritura ha acompañado la vida del autor y ha crecido en la intimidad de sus quehaceres, se formó adoptando su contorno y al amparo de su sombra. Sin ser una autobiografía, se nutre de la vida de quien escribe; sin ser unas memorias, evoca y retiene el pasado; sin tratarse de unas confesiones, sus páginas expresan una existencia empeñada en la introspección. Es un libro que avanza bordeando fronteras y retrata al hombre y al escritor en sus inicios. Hace parte de esa especie de libros que nunca se terminan de escribirse. Muy joven, publicó Sopor del tiempo (1978), aunque le había antecedido Libro de Solange (escrito entre 1976 y 1977) que permanece inédito. Luego vinieron Crónica errante (1985), Los días que son la vida (1996), Libro de ella (2012) y El río interminable (2013), título que reúne parte de su labor poética. Con Alfredo Arango, amigo desde los días de la universidad, escribió la extensa y documentada obra de ficción La perniciosa incertidumbre, Memorias de Fermín Donaire (2010), cuya tramase desenvuelve con el trasfondo de la época de la independencia recrea el surgimiento de las repúblicas de la América del Sur. Actualmente (2020) trabaja en Los rara avis (crítica literaria), Historias ejemplares (relatos que recrean momentos de vidas y testimonian destinos), así como en la compilación de su obra poética completa.

Fragmento de
Un camino en la noche.-
Autor Juan Lara

(…) Pero la crónica de mis días comienza también por una confesión infantil acerca de mi nombre. Durante muchos años, fue sólo el eco del nombre de mi padre, también conocido en secreto en la casa como el viejo, quien no sólo se llamaba igual, sino que también lo repitió de mi abuelo. A lo largo de mi infancia, dicho nombre para mí fue objeto de desazón, de molestia, pues no entendía cómo, existiendo tantos nombres posibles se me hubiera hecho el pesado obsequio de repetir el de mis ascendientes, como una réplica en escala menor de los ecos de su mundo arcaico. Supe después que estuve a punto de recibir otro nombre corriente en mi bautismo a instancias de mi madre, pero como siempre sucedió en relación con mi crianza, no fue escuchada. Con los años, me fui acostumbrando a la sonoridad de sus sílabas sentenciosas, porque tenía algo casi como de un título o un blasón hereditario. En los años de mi juventud, cuando inicié a escribir y a publicar, y sobre todo cuando me aficioné a frecuentar las tertulias literarias y a la compañía de mis perturbadores amigos en el submundo de las tabernas, los oscuros y riesgosos oficios y los misteriosos placeres que descubríamos mientras rondábamos la noche, mi nombre se hizo, solo para mí, sinónimo de aventura. Me complacencia sospechar que en mí ese nombre recibiría por fin otro tipo de afirmación y una fama diferentes a las de mis antecesores. Esto debía suceder años después de terminar el bachillerato, cumplidos los dieciséis años.

Nada de lo vivido en mi niñez y en mi adolescencia hacía suponer

que ingresaría a la Escuela Militar de Cadetes, y menos que nada el talante libre pensador de mi papá a quien en sus propios recuerdos y en los de sus amigos se recordaba por ser radical en sus ideas ácratas, de las que me enteré cuando más tarde me hizo confidente de sus sueños truncos, como quiera que solía exponerlas vivamente mientras divagábamos paseando en las mañanas de los sábados por las inmediaciones de La Candelaria, arriba de la Plaza de Bolívar.

Sin embargo, en los días de mi adolescencia las jornadas eran largas y solitarias y tenía tantas horas para disponer de ellas a mi antojo, que mi curiosidad natural debía satisfacerse con lo que tenía disponible en una casa sombría y silenciosa, en la que casi nada resultaba atrayente, salvo las conversaciones inocentes y memoriosas de mi madre con mis tías, que siempre estaban hablando de los tiempos de su niñez en Pereira. También estaban, por otra parte, más discretamente, los libros que quedaron de la biblioteca de mi padre.

Alternaba estos sencillos pasatiempos hasta que, poco a poco, el segundo ganó mi voluntad, encendió mi imaginación y provocó en mí ideas extravagantes y poderosas, entre las cuales comenzaron a tomar forma clara la de querer escribir todo lo que cruzaba por mi mente y la más codiciosa aún de trasponer los estrechos márgenes de aquella vida monótona que discurría indiferente a los acontecimientos que agitaban la realidad de puertas para afuera.

Recuerdo cómo se mencionaban episodios relativamente recientes de unos rebeldes que combatían en las montañas y las selvas contra el gobierno y que se les conocía como guerrilleros, quienes querían acabar con la tranquilidad del país, trocándolo por otro orden que sería el gobierno del pueblo. Estas imágenes y esas historias tenían el atractivo de la insurrección contra el orden establecido y, sobre todo, la frescura y la belleza de la libertad.

Cuando le comenté a mi papá acerca de mis nuevas ideas y de mi intención de seguir esos caminos sediciosos, haciendo despliegue de mis abundantes lecturas en las que él reconoció rápidamente mis incursiones por su biblioteca y otras adquisiciones mías de libros que muchas veces él mismo me recomendaba, vi en sus ojos un destello de complacencia, de entusiasmo, casi de esperanza, sentí que por primera vez reparaba realmente en mí como si resurgiera ante sus ojos la imagen perdida y remota de él mismo que se le volvía a presentar como lo que él fuera en sus inicios, o como si de pronto yo pudiera ser otro de sus amigos, uno de aquellos cuya conversación inagotable y cuyas actividades clandestinas lo acompañaron en su juventud.

Se sentó en un sillón retirado en un rincón de la pequeña sala de su apartamento del centro de Bogotá, contigua a una exigua biblioteca, y me hizo sentar en otro enfrente de él, y recuerdo, 

como si apenas me lo hubiera dicho esta mañana, que me dijo: “Después de tantos años he llegado a la conclusión de que es más efectivo pensar que la revolución debe ser un proyecto de una generación que se prepare para tomarse las posiciones principales del gobierno y que es muy azaroso atenerse a la sola insurgencia frontal contra el tirano, la que, por otra parte, no se debe abandonar jamás. Pero una generación debe prepararse con muy buenos cimientos para ocuparse de los negocios del Estado cuando sea derrotado el enemigo y llegue la hora de asumir sus asuntos; si no, lo contrario sería impredecible, sería el caos, una nueva dictadura carente de educación, de cultura, y con intereses inmediatos y muy primarios por saciar, luego de tantas privaciones y padecimientos. Me alegra, joven, que tenga esos intereses, pero si quiere mi consejo empecemos a prepararnos desde ya, es necesario entrar a las entrañas del monstruo que queremos abolir. Desde adentro, desde el propio corazón, asomándose por sus mismos ojos, veremos sus debilidades y sabremos adónde habrá de apuntar nuestra tarea. Pero ojo: el peligro más grande es olvidar los sueños de la juventud, porque el camino tiene demasiados halagos y distracciones”.

Éstas fueron más o menos sus palabras y pronto, en los días siguientes, desplegó su capacidad para establecer los contactos necesarios, notificándome a las pocas semanas que ingresaría a la Escuela Militar de Cadetes. Quedé estupefacto, no atinaba a decir palabra. Él se dio cuenta y fácilmente me persuadió de abandonar este pánico inicial y de cambiar mi actitud mirando más allá del presente inmediato y sobreponiéndome a mis recelos.

Los años siguientes corrieron así, desbocados por mera y caprichosa determinación de mi paradójica voluntad imprudente, tal como un pescador que sabe que el tiempo de su pesca pasó pero que se resiste todavía mientras la corriente bambolea su barca solitaria, firmemente sostuve la caña. Me gusta lo que sugiere esta imagen que me sitúa delante de mi viejo amigo que la usaba con frecuencia. Cuando pienso en esa expresión y en los amigos, no puedo evitar preguntarme ¿qué será hoy de aquellos con quienes hablaba de esa manera?, ¿qué fue de esos amigos queridos, como se preguntaba en su queja Rutebeuf? Mientras resistí durante todos esos años, el tiempo que evoco me arrebataba y me transportaba, encerraba como en un cofre invisible lo que recelaba que era mi leyenda personal, así no fuera más que mi simple anecdotario.

Unos años atrás, apenas muy pocos, y si lo pienso y lo expreso con más exactitud, lo que dura una sucesión de días encadenados, empecé a sentir físicamente, con creciente frecuencia, el pensamiento de que vivía. No sé cómo más decirlo. Me pareció extraña la imagen que me planteaba el hecho de sentir físicamente ese pensamiento de estar vivo, como si el concepto que le otorgaba forma entendible fuera un artilugio retórico, meramente verbal y sin contenido. Pero, así fue. Sentí que vivía. Como si no hubiera vivido hasta ese momento, o no hubiera sido consciente de ello. Como si llegara a un mundo nuevo, proveniente de otro que se le asemejara como si a una realidad perdida se le pudiera parecer una caricatura suya distorsionada en una pesadilla accidentalmente encontrada.

¿Cómo, entonces, escribir hoy acerca de todo esto que adquiere un sentido nuevo? ¿En especial ahora, cuando comienzo a percibir que la sensación inusitada va desapareciendo y todo cuanto me aconteció se reúne en un presente eterno? (…)