by Samaria Márquez Jaramillo

Cien años después regresa la lección de los años veinte

Guillermo Altares*
Tomado de El País de España.

*Guillermo Altares (Madrid, 1968) ha sido redactor jefe de Elpais.com y de Babelia, el suplemento cultural de El País y en la actualidad dirige el suplemento Ideas, en este mismo diario. Antes de incorporarse a Babelia fue redactor y reportero de la sección de Internacional, para la que cubrió acontecimientos como la caída de los talibanes en Afganistán en 2001, la posguerra de Irak en 2003, la guerra de Israel contra Líbano en 2006 o los atentados yihadistas en París. Es autor del libro Una lección olvidada, que recuerda desde la violenta Roma del Renacimiento hasta el Londres de Sherlock Holmes y Jack el Destripador, en una reflexión sobre la fragilidad de las conquistas de la cultura humana y la tentación de olvidar las capas de dolor y sufrimiento sobre las que se asientan nuestro presente y nuestro porvenir.

La revista Letras Liberadas agradece la generosidad del periódico El País Internacional, España, y saluda a su nuevo director general, periodista Javier Moreno.

El mundo regresa a unos nuevos años veinte con la misma mezcla de esperanza, temor y desconcierto tecnológico que hace un siglo. ¿Qué queda del espíritu de aquella época? ¿Qué lecciones podemos extraer de aquella década, loca e intensa, durante la que parecía no existir límites?
Los años veinte del siglo pasado fueron un momento crucial en la lucha por la libertad en Europa y, a la vez, su mayor derrota. Se alzan como un tiempo de grandes esperanzas —y grandes juergas—, la época en que la humanidad creía haber aprendido la lección de la destrucción total de la I Guerra Mundial y avanzaba hacia el futuro de la mano de la tecnología, confiando en que la sociedad sería capaz de dejar atrás la violencia.

Nunca los sueños fueron tan grandes y las utopías fueron tan peligrosas como en aquella época en la que nacieron los grandes totalitarismos en medio de un optimismo irrefrenable. Y ahora, casi sin darnos cuenta, en medio de un nuevo acelerón tecnológico, nos encontramos otra vez en unos años veinte. Resulta inevitable preguntarse qué queda de todo aquel frenesí, si existen paralelismos con nuestra época y, sobre todo, si podemos extraer lecciones de aquella década, loca e intensa, durante la que parecía que todo era posible.

En los años veinte, Federico García Lorca visitó Nueva York, Charles Lindbergh cruzó el Atlántico por primera vez en avión con el Spirit of St. Louis, las películas comenzaron a hablar, y Francis Scott y Zelda Fitzgerald se bebían el planeta. “Nueva York tenía toda la iridiscencia del comienzo del mundo”, escribió Francis Scott Fitzgerald en El Crack- Up (Capitán Swing). Las mujeres habían logrado el derecho al voto en numerosos países —la Enmienda 19 de la Constitución de Estados Unidos se aprobó en 1920, aunque las sufragistas ya habían vencido en Nueva Zelanda, Canadá y Austria—. La República de Weimar proporcionó a los alemanes, entre 1919 y 1933, un grado de libertad que en algunos lugares de Europa no se alcanzaría hasta los noventa. Pero las calles de Berlín eran tremendamente peligrosas, sacudidas por la pobreza y la violencia política. Aunque cegados por el resplandor de las fiestas, en Nueva York y Chicago la mafia creció exponencialmente y se mezcló con la política impulsada por la prohibición.

“Un verano que cambió el mundo (RBA). “La I Guerra Mundial había dejado un mundo que la mayor parte de la gente consideraba vacío, corrupto y depravado”. La prohibición del alcohol solo sirvió para que los gánsteres se hiciesen más fuertes porque el whisky y la ginebra nunca faltaron. Como explica Bryson, “había tanto alcohol que durante una visita a Estados Unidos, el alcalde de Berlín preguntó al de Nueva York cuándo iba a empezar la prohibición”. El historiador Eric Burns ofrece en 1920. The Year That Make The Decade Roar (Pegasus Books) una visión similar sobre la percepción que los estadounidenses tenían de su futuro: “Por primera vez eran optimistas y creían que el siglo XX podía empezar de una vez sin interferencias y que los ochenta años que quedaban por delante iban a ser productivos y provechosos. Sin embargo, también tenían miedo y se preguntaban si el tratado alcanzado en París el año pasado aguantaría y les mantendría a salvo. Al terminar la Gran Guerra, el compositor francés Claude Debussy se lamentaba ante un amigo: ‘¿Cuándo se agotará todo este odio?’. Y no esperaba una respuesta”.

El temor estaba más que justificado. Fue la época en que un personaje de aspecto tan ridículo como amenazante llamado Benito Mussolini dirigió la marcha hacia Roma, la primera gran demostración de fuerza del fascismo, con la que llegó al poder. Mientras tanto, en Alemania, un pintor frustrado y charlatán de cervecería, un austriaco llamado Adolf Hitler, entró en la escena política con un golpe de Estado fracasado, el Putsch de Múnich, que difícilmente permitía entrever que, una década más tarde, llegaría al poder, desataría la II Guerra Mundial y ordenaría el mayor crimen de la historia, el Holocausto.

En aquellos mismos años, un georgiano brutal que se había subido al carro de la revolución soviética llamado Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, conocido como Iósif Stalin, logró el control total sobre el Partido Comunista de la URSS y convertiría la vida de millones de personas en un infierno. Todo esto ocurrió entre 1922 y 1924, tres años en los que se sentaron las bases del mayor mal que se iba a abatir sobre la humanidad. Pero se producía mientras se bailaban foxtrot y charlestón y París era una fiesta.

Nunca los sueños fueron tan grandes y las utopías fueron tan peligrosas como en aquella época. Curiosamente, lo que los estadounidenses no tenían claro era el presente”, escribe Bill Bryson en 1927.

Los años veinte acabaron con una brutal crisis económica, el crash de 1929, mientras que el siglo XXI arrancó con otra, en 2008, y llega a sus propios años veinte recuperándose todavía y preguntándose, con creciente inquietud, cuándo llegará la siguiente. Los sistemas de seguridad social puestos en marcha en Europa Occidental a partir de 1945 lograron mitigar levemente la pobreza provocada por la abrupta caída de los mercados, que arrastró el nivel de vida, pero no fueron suficientes para evitar el sufrimiento de los sectores más débiles de la población.

Las clases medias de países como Portugal, Grecia, Italia o España sufrieron un durísimo castigo. Puede resultar exagerada una comparación con lo que ocurrió en la República de Weimar entre 1921 y 1923, cuando una población hambrienta, lisiada en las trincheras, traumatizada por la guerra, todavía sacudida por la epidemia de la gripe española, se enfrentó a la hiperinflación y a una pobreza devastadora. Sin embargo, las imágenes de los desahucios o de las familias esperando a que se llenen las basuras de los supermercados con alimentos caducados se convirtieron en moneda común. 

Para porcentajes demasiado elevados de la población resultaba imposible llegar a fin de mes, y el hambre y la calle eran amenazas reales.

Tal vez no tengamos ejércitos de pobres como los que poblaban Berlín en los primeros años veinte, pero sí tenemos nubes de riders, jóvenes que recorren en bicicleta las grandes ciudades haciendo recados mal pagados, con una nula esperanza de lograr a corto plazo una seguridad laboral y, por lo tanto, vital.

Cien años después de haber sido escrito, El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, sigue hablando del presente. Así acaba la novela que mejor define aquella época: “Gatsby creía en la luz verde, en el orgiástico futuro que año tras año retrocede delante de nosotros. Se nos escapa en el momento presente, pero ¡qué importa!; mañana correremos más deprisa, nuestros brazos extendidos llegarán más lejos… Y una hermosa mañana… Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado”. Los que vivieron aquello no podían saber que se encaminaban hacia el desastre, hacia el Holocausto, la guerra civil española, las Grandes Purgas soviéticas y la II Guerra Mundial. Los más lúcidos pudieron intuirlo, sin duda, pero no existía ninguna certeza.

Los habitantes de los años veinte del siglo XXI sabemos, con todos los datos que la ciencia es capaz de proporcionarnos, que nos encaminamos hacia el desastre climático y somos precisamente los que vivimos en este periodo la última generación que puede evitarlo. Ojalá no se cumpla la profecía de Gatsby y, un siglo después, la corriente no nos arrastre hacia el pasado y los años veinte sean, efectivamente, la era en que todo sea posible, en que el futuro pertenezca a los que ven las cosas como son.

Los años veinte del siglo XX representan sobre todo un recordatorio de la fragilidad de la democracia y de cómo la libertad puede retroceder cuando las fuerzas políticas se olvidan de defenderla día a día Afortunadamente, en el siglo XXI, Europa no tiene que reconstruirse desde las ruinas, físicas y morales, aunque nunca, desde el final de la II Guerra Mundial, los partidos de ultraderecha han tenido tanta fuerza ni sus discursos racistas tanta aceptación. No se debe olvidar, como explican los guías en la visita al campo de exterminio nazi de Auschwitz, que los genocidios empiezan siempre con palabras, mientras miramos hacia otro lado o, mejor dicho, permanecemos con los ojos clavados en la pantalla del móvil.