by Samaria Márquez Jaramillo

Razones críticas del pesimismo

A los valientes que, sin vocación de profetas, se atreven a anunciar el futuro y… aciertan.

Julio Mateos Montero

Desde que vientos de la postmodernidad oxigenan las arterias de la “cultura culta”, los pronunciamientos sobre el futuro de las sociedades no están bien vistos.

Sin embargo, las previsiones de muy diferentes tipos, especialmente a medio y largo plazo, siempre han cumplido una importante función social, con independencia de los efectos y del grado de acierto que hayan tenido los descriptores del porvenir. Puede decirse, como ya hiciesen notables clásicos, que el hombre es el único animal que predice y necesita predecir el futuro para su peculiar existencia. Desde luego, no nos referimos a viejos oráculos ni a charlatanes futurólogos del presente, sino a aquellos
cultivadores o pensadores de las ciencias sociales que, practicando análisis racionales del mundo, quisieron adelantar descripciones o estampas del porvenir. Pero, como digo, la previsión del mañana, tanto en forma de utopía como de distopía (otros prefieren el neologismo cacotopía) no está de moda.

Aquí pretendo tratar de este asunto en tono de ensayo ligero, anotar impresiones de la experiencia, hacer muy pocas referencias bibliográficas y, en la medida de lo posible, llamar la atención sobre aspectos que estimo relevantes para el ejercicio de la crítica en esa relación con el tiempo que François Hartog entendía como la construcción del régimen de historicidad (pasado-presente-futuro). De ahí se infiere que es la percepción política y social del futuro lo que nos interesa, frente a la percepción y actitud psicológica del sujeto individual, que, como bien sabemos, es variable con la edad y otras circunstancias a la hora de encarar los sueños y/o pesadillas del “propio mañana”, pues eso es harina de otro costal.

Me interesan las personas que nos hablan del futuro. A través de ellas podemos aprender a distinguir intenciones implícitas y explícitas. Mirar hacia lo que está por venir tiene complicaciones parecidas, presenta semejantes dilemas de conocimiento y actitudes políticas, semejantes a cuando se mira hacia atrás. El futuro es, en efecto, una construcción de los sujetos que individual y colectivamente también hacen su interpretación del pasado, de la historia y de la memoria, aunque, ciertamente ésta última temática esté más explorada y más presente en debates de actualidad.

Al margen de teorizaciones historiográficas, no es frecuente en nuestros días aventurarse a soñar, atreverse a imaginar o predecir situaciones del porvenir a medio o largo plazo. Pocos quieren pillarse los dedos. Parece que solo en el oficio de científico y entre algunos divulgadores de la ciencia pervive el gusto por ocuparse del mundo futuro, o de aspectos parciales del mismo, y, ocasionalmente, consiguen notables aciertos. Pero en otros campos, si no es con la ortopedia de las encuestas o determinadas técnicas prospectivas, son relativamente escasos los profesionales de las ciencias sociales, los políticos, los periodistas, etc. que se salen del comentario apegado al fugaz acontecer del presente. Son comentarios generalmente vulgares y repetidos hasta el hartazgo; son retorcimiento retórico de los discursos dominantes o la consigna y orden del día coyunturales que marcan los medios de comunicación (y sus amos, ¡claro está!). Muy pocos se aventuran a sobrepasar el diagnóstico cortoplacista, a dibujar con cierta precisión escenarios de un futuro no inmediato, sin el recurso tramposo a la ambigüedad que usa el “echador de cartas”

Si, como se ha dicho, el pasado es un país extraño, más lo es el futuro y para ser viajero en él se necesita una buena dosis de valor, pues es cosa sabida que no hay ciencia positiva capaz de adivinar, con años de antelación, lo que los humanos habremos generado en este valle de lágrimas. A poco que demos la espalda a la moda de un relativismo que muchas veces no es más que refugio a la falta de ideas, no queda más que arriesgarse y “apostar”. Por supuesto, no es lo mismo acertar que equivocarse y ello no depende, ni mucho menos, del azar. En definitiva, el que acierta seguramente ha puesto en marcha algunos procesos de inferencia no necesariamente “científicos”; habrá desarrollado alguna habilidad olfativa sobre las fuerzas sociales y su proyección de poder; demostrará algunas intuiciones especialmente finas sobre las posibilidades de victorias y derrotas, sobre los ritmos y profundidad de los cambios. En fin, acertar sobre asuntos relevantes, de gran calado, no es muy frecuente: ¿Qué agencias internacionales “sabelotodo” predijeron el derrumbe de la URSS tan solo uno o dos años antes de la “caída del muro” de Berlín? ¿Qué agudos economistas anticiparon crisis como la gran recesión de hace una década? ¿Cuántos sociólogos vieron con claridad la situación de las mujeres, de la infancia o de los viejos en los distintos mundos de “nuestro” mundo?

Uno de esos valientes que, sin ejercer de profeta, se atrevió a anunciar con bastante antelación el futuro y acertó de lleno, es un amigo y a él dedico estas páginas. Pero antes de entrar en el relato de ese recuerdo concreto quiero apuntar unas ideas más.

Profetas y combatientes

La acción de la profecía –ampliando su sentido bíblico a los pronunciamientos de autores modernos y laicos– se refiere siempre al anuncio de lo deseado, del futuro que queremos conseguir y que llamamos a conquistar colectivamente. «Andar en la huella / siguiendo una estrella / que aunque esté muy alta / yo sé que un día la he de alcanzar…», que decía la zamba “Guitarra de medianoche”. A poco que recapitulemos sobre los relatos que “han grabado a fuego” el pasado, caeremos en la cuenta de que tierras prometidas hay tantas como sonados episodios de la historia; tantas como profecías y líderes; tantas como sueños de salvación; tantas como patrias-banderas; tantas, en fin, como proyectos de poder. Al margen de los cumplimientos de los futuros profetizados, casi siempre impregnados de barbarie, a veces trufados con trazos de justicia y libertad, las profecías en el sentido que le he dado tienen que dejar un hueco a esa otra forma de anunciar el futuro que poco tiene que ver con lo que uno quiere y mucho con lo que uno teme. Ahí está el oscuro espacio que ocupa la razón del pesimismo crítico.

En cualquier caso, la función social de la profecía ha sido tan variopinta como extensa y potente. En este punto y en esta ocasión es pertinente aludir a la intención de Carlos Marx cuando en el Manifiesto Comunista y otros textos anunciaban el derrocamiento de la sociedad capitalista que acabaría siendo superada por el comunismo (modo profético del deseo). De esos supuestos en el pensamiento de Marx no pocos autores han inferido la existencia de una filosofía de la historia de carácter teleológico, como algo característico del “materialismo histórico”. El asunto está ya un tanto sobado, pero entiendo que esa acusación (o calificación) presenta bastantes agujeros y debilidades a la vista de declaraciones hechas por el mismo Marx en las que rechaza de forma contundente y explícita la idea de que la historia tiene unos fines o destinos preestablecidos. Al menos, debería moderarse, matizarse y explicarse dicha acusación de teleología, enfrentándose a lo dicho por él y que sustancialmente vendría a resumirse en que son hombres los que establecen fines que orientan su actividad individual y colectiva, que la historia no es más que el resultado de esas acciones y que no tiene un sentido o finalidad propia «como si fuera otra persona».

Para el caso de aquellos que como Marx se ocuparon con la razón y con pasión de los seres humanos no hay una única forma de enfrentarse al futuro. Que nadie se escandalice si ponemos patas arriba la mística coherencia entre el deseo y el análisis, entre la voluntad y la razón, entre el profeta y el científico, por usar algunos ejemplos de conceptos contrarios apropiados a nuestras disquisiciones.

Siguiendo el hilo nos topamos también con la necesidad de discriminar entre pensamiento y actos. Hay que enjuiciar la distinción entre “lo que digo y lo que hago” sin cataplasmas moralistas. Dicho de otra forma, la actividad militante, comprometida con la acción colectiva, requiere de un voluntarismo que está adherido al proyecto y al deseo de unos horizontes prometedores. A mi juicio, esta posición puede coexistir perfectamente en una misma persona con la más absoluta falta de creencia en la previsión futurible. Insisto: la militancia que acabamos de relacionar con un sentido profético de la historia puede habitar en la misma mente que racionalmente se atreve a prever un futuro en el que todo por lo que se lucha puede ser reiteradamente derrotado. Proclamar una victoria cuando se sabe que esa victoria es vana ilusión puede ser algo muy comprensible. Esa posición, en absoluto utilitaria, está llena de sentido, tanto en muchas leyendas (desde el rey Leónidas resistiendo en el paso de las Termopilas a la guerrilla guevarista) como en posiciones de resistencia consciente y práctica aquí y ahora. Tal disonancia puede tener bastante que ver con escisiones entre el dominio teórico y el dominio moral. A más de un filósofo le ha preocupado esa incómoda disyuntiva, que no siempre se resuelve de forma apacible.

Recuerdo de una conversación con Chiscu, un buen amigo

 

Como anuncié más arriba, voy a referirme a un sucedido muy concreto y que siempre he recordado con fidelidad extraordinaria. Tuvo lugar al principio de los años setenta del pasado siglo en una conversación entre amigos mientras tomábamos “un vino” cerca de la Plaza Mayor de Salamanca. Éramos cuatro o cinco jóvenes vinculados a posiciones progresistas del movimiento estudiantil en el tardo-franquismo. El que decía cosas interesantes y que ahora traigo a colación era Fernando Puente (Chiscu para los amigos). Casi cincuenta años más tarde nos encontramos un día y recordé una vez más aquella conversación.

Como era muy habitual, charlábamos de política y Chiscu vino a decir más o menos lo siguiente: «En el futuro llegaremos a ver grandes masas de gente que huyen del hambre y de la miseria y se agolparán a las puertas de Europa. Este primer mundo se cerrará para los pobres, construiremos muros y alambradas para que no entren. Europa se convertirá en una especie de fortaleza medieval para impedir el paso a emigrantes desesperados…».

Yo me quedé sorprendido. Creo que hace más de cuatro décadas, esa situación era algo impensable. Más que un futuro posible parecía un relato de terror del género fantástico. El acierto premonitorio de nuestro amigo, insólito por ser absolutamente ajeno a las ideas y escenarios que habitaban en las cabezas de la mayoría, tiene un interés que va más allá del simple juicio que pueda hacerse desde el presente: —«Mira como acertó Fernando cuando decía …»

Al comienzo de los años setenta prácticamente nadie se inclinaba a imaginar y/o admitir que se pudiera dar en el futuro algo parecido a lo que hoy se ha dado en llamar “crisis de los refugiados”, genocidios espantosos, hambrunas perfectamente evitables o cualquier otra barbaridad destructora de seres humanos y de los recursos naturales de la tierra.

En la izquierda española, a pesar de las circunstancias impuestas por la dictadura, reinaba una inquebrantable creencia (sueño) en un futuro mejor. El franquismo no podía ser eterno y la conquista de las libertades traería indefectiblemente un país político y socialmente mejor, más avanzado, que abriría la senda hacia el socialismo, etc. En otros países la izquierda militante participaba de similares posicionamientos que podríamos calificar de optimismo histórico, aunque paradójicamente, como veremos enseguida, la derecha acusará a la izquierda de pesimismo enfermizo.

Por otro lado, en aquellos años finales de los sesenta y principios de los setenta las cosas tampoco pintaban mal para las esperanzas de emancipación. La agitada “década prodigiosa” había dejado un buen margen para impulsos revolucionarios con la incorporación de muchos jóvenes y de sectores intelectuales. Ello fue así, incluso contando con algunos fracasos (el Mayo Francés, por ejemplo) que en el ánimo de las izquierdas no tardaron en justificarse de una u otra forma, aunque fuera a costa de incrementar el fraccionamiento (“crisis pasajeras de crecimiento” se llegó a decir).

Entre los defensores del modelo capitalista o, simplemente, bien acomodados ciudadanos al feliz curso de la historia por los mismos años, aún se mantenía la confianza en el New Deal. 

Unos, en fin, por convicciones revolucionarias y otros por apego a un mundo que parecía haber dejado atrás las grandes luchas y contradicciones, el hecho es que, para todos, bajo el equívoco y ambiguo manto del progreso, el futuro solo podía ser mejor, una superación del pasado en todos los órdenes . Hasta la crisis económica de 1973 y, sobre todo, hasta el comienzo de la era Reagan en los ochenta nadie pensaba en un retorno a desastres de proporciones universales y –en gran medida– irreversibles. Incluso hasta después del hundimiento del socialismo, hasta después de la caída del muro de Berlín, no había una percepción clara y general de que, –para usar categorías de Eric Hobsbawm– la edad de oro se había empezado a destruir y estábamos abocados a la era del derrumbamiento.

Mientras tanto, en el suelo donde se produce el debate ideológico en sus términos más comunes, más primarios, y que configuran los tópicos del pesimismo y optimismo, seguían cociéndose y generándose imágenes renovadas. Por lo pronto cabe recordar cómo se produjo la asignación del optimismo (la “alegría de vivir”, la “despreocupación por el futuro”, el “disfrutar del presente es lo que importa”, etc.) a una naciente identidad de la juventud, sin precedentes en la historia, que tiene lugar también en los años sesenta del siglo XX.

El endiablado juego del optimismo y pesimismo

Sin duda pueden identificarse ingredientes ideológicos en la izquierda y otros muy diferentes en las derechas, lo cual puede extenderse a no pocos aspectos de los más ocultos resortes mentales en esas categorías, por mal que les pese a los que proclaman que ya no tiene sentido el viejo combate ideológico. Maneras de pensar muy distintas que entraban en el juego de posiciones enfrentadas respecto a una de tantas dicotomías que engrasan la circulación de acusaciones en los dominios de la simplicidad. Para ese ejercicio lo mejor siempre es recurrir a disyuntivas dicotómicas (bueno/malo, negro/blanco, represión/liberación,…). O la que ahora va a ser objeto de nuestra atención: pesimismo/optimismo. Desde luego, como decía Bertrand Russell, «Optimismo y pesimismo son cuestiones de temperamento y no de razón». Sin embargo, para las sentencias acusatorias, esas que funcionaban antaño en tertulias de casino y hogaño en medios de comunicación de masas, las simplificaciones son eficaces, operativas. Sin miedo a equivocarme, pienso que la dualidad pesimismo/optimismo ha sido mayormente usada en referencia a los que tienen ideas avanzadas o declaradamente revolucionarias, a las gentes de izquierda; en todo caso, desde el pensamiento dominante, la dualidad se ha referido, principalmente, a los que hacen una crítica radical a lo dado para proponer cambios profundos de todo tipo.

Digamos que desde que los ideólogos decimonónicos de una esencial tradición católico-patriótica comparecen en España, los herejes, los disconformes y “propagandistas de leyendas negras”; aquellos que no eran complacientes con el presente y el futuro, se convirtieron en aguafiestas; individuos “de la cáscara amarga”, inaceptables pesimistas. Creo que esas sentencias cambiantes en las formas, pero bastante hiladas en el fondo, han sobrevivido en las entretelas del conservadurismo. Por ejemplo, un hilo dominante y superviviente es aquél que atribuye a esos “pájaros de mal agüero” la aviesa intención de querer destruir España, de ser causa de incertidumbre, del caos, de violencia y, una serie de acusaciones de la misma estirpe que, para no aburrir, dejaremos que el lector las reconozca incluso en la misma propaganda del presente.

Tanto para el arcaico conservadurismo como para los emergentes tecnócratas de los años setenta, todos los que, como Chiscu, cultivaban un pensamiento a contrapelo del “natural orden de las cosas”, eran irresponsables agoreros; eran tildados de patológicos pesimistas que sacaban todos los trapos sucios de este mundo para justificar sus delirios revolucionarios. Cuando a principios de los setenta éramos jóvenes, varios centros de poder económico y político de nuestro país se ocupaban de restañar, empalmar, o como se quiera decir, dos estructuras ideológicas: aquel rancio conservadurismo neocatólico y el paradigma tecnocrático desarrollista. Para ninguna de las dos estructuras mentales, ni para el mismo maridaje que por entonces amañaban, convenía lo más mínimo la pintura del pesimismo crítico.

Carlos Lerena Alesón tenía veintitrés años en 1963 y ya entonces levantaba su voz contra la brocha gorda que embadurnaba a toda una generación [la generación de los “jóvenes rebeldes” de los sesenta]; fama presidida por el sambenito del pesimismo. Las gentes de orden, efectivamente, querían hacer pasar dicha acusación de pesimismo por un diagnóstico. El pesimista protestón padecía algo así como una enfermedad incurable; era una especie de daltónico que solo puede ver el negro y así no se puede andar por la vida ni entender la realidad.

No es que las huestes herederas y deudoras ideológicas de las viejas clases superiores, intentaran generar un discurso optimista de futuro, un relato de transformación para un mundo mejor. No. El ciudadano de derechas, joven o maduro, se conformaba con lo que hay, con dejar las cosas como están; esgrimían el “regenerarse antes cada cual”, el “siempre habrá…”, etc. No tenían ni ganas ni necesidad de prever y/o desear perturbaciones o cualquier cambio del orden existente. No se ocupaban especialmente de imaginar otro mundo –transcendencia divina aparte–, pero no soportaban la osadía, la herética soberbia de los que se atrevían a ejercer un pesimismo analítico: ¿qué se creían pronunciando esas extremistas críticas sociales? Y aún más, peores eran cuando se manifestaban optimistas: ¡atreverse a prometer un paraíso en la tierra sin necesidad de dioses, reyes, ni tribunos! Ese era el engañoso optimismo de los pesimistas protestones. Los cogieras por donde los cogieras, esos inadaptados extremistas eran reos de imperdonable sectarismo con cualquier cosa que dijeran sobre el futuro. Y ¡no digamos cuando osan hablar del pasado!, (de la memoria, de la historia, etc.).

En realidad, lo que secularmente nos vienen diciendo las elites de la galaxia conservadora es que son los dueños del tiempo y sus estandartes. Que son los amos de lo decentemente pensable.

Para terminar

En los años setenta del pasado siglo asistimos a una reconceptualización de problemas que, aunque procedían de viejas tradiciones de la era capitalista (los abismos de desigualdad, ecologismo, feminismo) se llegaron a unir a fenómenos más nuevos (cambio climático, globalización de la economía) y han ido caracterizando nuevas razones críticas del pesimismo, con incursiones en la predicción.

A la hora de concluir este escrito, estamos frente a la magna crisis de una pandemia vírica. Los lectores podrán estudiar en tiempo real las pugnas ideológicas que rodean esta convulsión mundial. Sigan atentos a lo que cada cual dice hoy. Se están gestando expectativas, visiones, actitudes y sentencias sobre un incierto futuro. Es un curioso espectáculo.

1 Algunos auto-satisfechos voceros de la supuesta adscripción de Carlos Marx a esa determinista visión del acontecer histórico deberían leer atentamente y dar respuesta a las citas y comentarios que aporta, por ejemplo, Rolando Astarita:<https://rolandoastarita.blog/2012/11/14/3526/>

2 Posiblemente la crítica al progreso más reconocida fue la de Walter Benjamin y solo llegó a ser publicada muy tarde. Como es sabido el pensador alemán rechazó el mito y proponía un materialismo histórico que aniquilara el progreso porque este no era más que actualización y porque «los antagonismos sociales se disuelven en el cuento de hadas de que el progreso es el futuro cercano» (Libro de los pasajes).

3 Valga este simplísimo apunte sobre las “crisis” del pasado que nos trajeron hasta aquí para remitir a la Historia del siglo XX del gran historiador británico. Una obra excepcional e indispensable para pensar de forma compleja los problemas del presente y su génesis histórica.

4 Mi impresión al respecto no atiende, al menos de forma principal, a lo del “fin de las ideologías” y debates colindantes. Parece evidente que las categorías de izquierda y derecha se han distanciado absolutamente de otras categorías sociológicas como la de las clases sociales. Sin embargo, la pérdida de las viejas referencias sociológicas, no evapora la pervivencia del universo de la izquierda y de la derecha, tan antagónicos como siempre, aunque ahora contengan otros rasgos y nuevas características que también exigen nuevas lentes para observar y distintos métodos de análisis.

5 Ahí tienen ustedes diáfanos ejemplos como la erudita obra de Menéndez Pelayo: Historia de los heterodoxos españoles.

6 Fue un sociólogo español, muerto joven en accidente de tráfico en 1988. Una de las mentes más brillantes en las ciencias sociales de nuestro país. Es posible que su fuerte pensamiento crítico haya sido un obstáculo para ser recordado y reconocido en la justa medida.