by Samaria Márquez Jaramillo

CRISIS MONÁRQUICA EN ESPAÑA. HISTORIA, APARIENCIAS Y TRASFONDOS

Julio Mateos Montero

Con ocasión de un artículo publicado en esta misma revista (Letras Liberadas, n.º 6) sobre Venezuela y algunas cosas más saqué a colación al que fuera rey de España, Juan Carlos I de Borbón con estas palabras:

Recordemos el encontronazo del rey Juan Carlos con Hugo Chávez, cuando en tierras americanas soltó aquello de «¿Por qué no te callas?». Por aquí, en España, muchos aplaudieron aquella espontánea borbonada, torpe y vergonzosa; repugnante por venir, precisamente, de un descendiente (más allá del genoma) del
llamado Rey Felón, Fernando VII, el cual representa para todos los sudamericanos la opresión colonial y el monarca responsable de mucha sangre no solo de venezolanos en su guerra de emancipación durante veinte años, también de miles de americanos que lucharon por el sueño de Simón Bolívar. Parece que nadie le decía a Juan Carlos de Borbón, en aquella Cumbre Iberoamericana de 2007, que el necesitado de prudencia para mantener la boca cerrada era él. Para muchos amigos latinoamericanos la explosión de Juan Carlos, más propia de una desinhibición etílica que de un saber estar (y con quién se está) con la claridad del raciocinio, aquél «por qué no te callas» fue una ofensa que no van a olvidar.

Es cosa sabida que en los últimos años un rosario de escándalos de corrupción y variadas actividades que, en los términos más complacientes, son calificadas como poco virtuosas y nada edificantes, han llevado al rey emérito al filo de la imputación en los tribunales de justicia (de Suiza y de España). No interesa detallar aquí un rastro biográfico que afortunadamente ya ha empezado a hacerse del dominio público. Remitiría, sencillamente, a lo que ha recogido Wikipedia, ya que guarda ese tono enciclopédico de dar una de cal y otra de arena. Y si se quiere, a un selecto elenco de informaciones en prensa internacional, de fácil acceso por Internet y que cada lector sabrá buscar.

Ello no nos obliga a ocultar la opinión propia y que es cada vez más compartida por los españoles: el viejo rey Juan Carlos ha sido y es un pillo en toda regla. Ha vivido con una ambición de enriquecimiento personal sin límites, es un mentiroso, no tiene escrúpulos en defraudar al tesoro público de España (¡menudo patriota!) y como consumado pillo en su pillaje ha sabido usar testaferros, paraísos fiscales, cómplices de toda laya e incluso, por lo que se sabe de su relación con su pareja extramatrimonial, Corinna Larsen, no tuvo contención en mezclar el placer con los negocios. No obstante, Juan Carlos llegó a tener en España y en otras partes del mundo amplia popularidad. Conviene revisar la cambiante percepción que la gente ha tenido respecto al monarca. Cuando fue entronizado directísimamente por el dictador Franco recibió todos los poderes para ejercer como monarca absoluto. Fue generalmente visto como continuador del franquismo sin Franco y aunque eso no llegó a ser exactamente así, hay un dato que no conviene perder de vista: nunca el campechano Borbón se refirió a Franco como un dictador. Siempre aludíaa él como “el anterior jefe de Estado”. Tal vez si no hubiera hecho eso las fuerzas de la derecha, que a su vez nunca han renegado de la dictadura ni de cualquier acción golpista, habrían demandado al monarca su “traición”. Sea como fuere, desde la mirada que sitúa al ex-rey en el escenario real de las fuerzas políticas y económicas podemos acercarnos a la verdad, una mirada totalmente distinta de la que quiere describirlo como un alto arbitro imparcial.

El tiempo fue pasando y, de una indiferencia inicial, la coronada figura pasó a ser popular tras el papel que le fue atribuido en la transición a la democracia y, especialmente, por su intervención en el golpe de Estado del 23 de Febrero de 1981. En palabras del profesor Álvarez Junco: la opinión pública se lo agradeció y se creó, no un monarquismo de fondo, sino una amplia corriente de benevolencia juancarlista.

Este es momento para hacer unas anotaciones. En primer lugar Juan Carlos de Borbón ha gozado durante los 40 años de su reinado de una impunidad impropia de un país democrático. Con base en un artículo de la Constitución gozó de plena inviolabilidad, no estaba sujeto a responsabilidad penal mientras ostentara el cargo de Jefe del Estado. Tal privilegio estaba unido a

la ausencia total de crítica, a un culto desmedido a la realeza y así se explica que, mientras el conjunto de los políticos españoles eran injustamente englobados en un “todos son iguales” y usados como diana para el tiro libre y el despellejamiendo público desde las críticas, fundamentadas a más o el vulgar y simplón escarnio. Un escenario muy poco higiénico para el desarrollo democrático. En esas condiciones, ¿qué mérito tuvo este rey emérito cuando gozaba del aplauso y reverencia de una buena cantidad de súbditos?

Una segunda anotación es la siguiente. Desde hace tiempo se ha sospechado de la dudosa actitud del monarca en la crítica situación del intento de golpe de Estado de 1981. Ahora, que la buena fama de la corona ha caído a plomo, tal vez sea posible una investigación en profundidad, recuperar pruebas y testimonios perdidos. En principio uno
no tiene por qué no creer a personajes como el parlamentario vasco Iñaqui Anasagasti, quien ha contado los hechos señalando la implicación del rey en la trama golpista, basándose en la memoria de Sabino Fernández Campos 1 . Este militar fue el jefe de la casa real española y “sombra de Juan Carlos”, durante muchos años y testigo principal, en la Zarzuela, de la jornada y noche en que el Parlamento y algunas calles españolas estuvieron bajo la las armas de los militares golpistas.

Lo dicho: la versión no oficial que implica al mismo Juan Carlos en la trama militar que a principio de los años ochenta conspiró para torcer el curso de una débil y naciente democracia merece al menos igual crédito que la palabra del rey Juan Carlos u otros miembros de su familia, a los cuales hemos visto mentir en directo y sin margen para la duda.

Finalmente Juan Carlos se ha ido del país por la puerta de atrás, con nocturnidad y sin decir a donde se iba. Los españoles que lo han tenido en el trono durante cuarenta años se han preguntado ¿dónde ha ido? Posiblemente esa oscuridad sobre el destino de la escapada es lo de menos. Pero ya no es de menor importancia la fuerte campaña emprendida para salvaguardar de futuros riesgos a la monarquía, para distinguir, como dicen, lo que hizo el padre de lo que hace el hijo (Felipe VI), para separar “la persona de la institución”. Campaña de alta intensidad que vienen desarrollando los poderes económicos, junto a un amplio abanico político que va desde la ultraderecha hasta los sectores del socialismo afines a Felipe González, la Iglesia católica y una parte dominante de los medios de comunicación. Las tesis básicas de esa campaña son: a) Juan Carlos aún no ha sido juzgado y por tanto le asiste la presunción de inocencia y por ello en su vida privada puede ir donde quiera y cuando quiera sin dar explicaciones; b) los hijos no tienen la culpa de lo que hagan los padres; c) hay que salvar la institución monárquica a costa de dar algunas regañinas a Juan Carlos.

En fin, para salvar la institución monárquica se pueden llegar a decir las mayores sandeces como la de dar por sentado que el que ahora emprende la huida es un ciudadano más, un ciudadano cualquiera.

El discurso conservador de última hora es clarificador. Nos dice también que la izquierda va a intentar de forma oportunista, artera, como la de los peores malos de melodrama, aprovechar las horas bajas del Borbón para procurar el cambio a una III República española. Las voces en este sentido tienen una alta agresividad presidida por la lógica del absurdo. Parece como si aspirar a un futuro republicano en España, desear una distinta forma del Estado, fuese en sí algo fuera de lo pensable. Decía más arriba que este discurso es clarificador porque no sitúa el dilema

entre monarquía o república.El debate, en abstracto, pertenecería más o menos al ámbito de académica teorización política. No. La opción monárquica en España está muy significativamente vinculada a la derecha tradicional y a la derecha de raíces franquistas. Las preferencias republicanas se dan, también, con meridiana claridad en las opciones de la izquierda claramente definida y en territorios que tienen una presencia importante del independentismo 2 . Es decir, todo lo que aquí hemos comentado tiene estrecha relación y sustancial encarnadura, no solo con nuestra historia, sino también con nuestras cotidianas “cosas de comer” en los marcos político y social del presente. Si la encuesta sobre rey o presidente de una republica se hiciera entre los representantes elegidos en distintos sufragios tendríamos, una vez más, el inquietante escenario machadiano de “las dos Españas” que el rey que se fue, y muy probablemente ahora el hijo lo repita, precisamente no vino al ruedo ibérico a conciliarlas. Él ha estado siempre situado en una de ellas.

Recuerdo que en los años 50 del pasado siglo, en España se censuró un rítmico porro colombiano que estaba de moda en las emisiones de radio y en las verbenas populares: “Se va el caimán, se va el caimán. Se va para Barranquilla”. Aquí lo trajo Luis Alberto de Paraná. El motivo de la prohibición era paranoico. La mentalidad de los franquistas era muy, muy susceptible… Se sospechaba que los españoles deseáramos que Franco “se largara”, o alusiones a una fugaz salida del territorio español (creo que fue una visita al dictador Salazar en Lisboa). Bien, todo ello, efectivamente, hoy son recuerdos transformados en cuentos de viejos y chascarrillos históricos. Pero lo traigo aquí en primer lugar porque no puedo evitar la evocación desde esta nueva situación emanada de la extraña escapada (¿exilio, huida o unas simples vacaciones?) de Juan Carlos de Borbón.

Una primera aproximación a las crónicas que no se ajustan a la verdad oficializada tras el golpe de Estado y que indican la implicación de Juan Carlos en un proyecto que finalmente se torció por cruzarse con otro más duro puede verse en :
https://www.elplural.com/opinion/febrero-golpe-estado-elefante-blanco-rey-1_232889102