by Samaria Márquez Jaramillo

Escritos Críticos

Jorge Majfud

Crisis I

Viernes 2 de mayo. Dow Jones: 13.058
Sierra Vista, Arizona. 11:10 PM

Una noche sin luna Guadalupe Blanco cruzó la frontera de rodillas. Se comió la arena del desierto y regó el suelo de Arizona con la sangre de sus pies.

El sábado 3 a la tarde tropezó con una botella de agua caliente, de
esas que los perros hermanos tiran sobre el desierto a la espera de
salvar algún que otro moribundo.

El domingo se durmió muy despacio con la esperanza de no despertar al día siguiente. Pero despertó, casi ahogada sobre una gran mancha que había estampado su cuerpo en la piedra. Enseguida sintió el temprano rigor del sol, otra vez en su lento trabajo de chupar de su piel y de su carne y de su cerebro el agua que le había ganado a la suerte, el día anterior. Entonces volvió a meter el corazón todavía húmedo y palpitante en el pecho, se levantó y por obediencia al Cosmos siguió caminado. Dos días después la descubrió un coyote. Enfurecido murmuraba y escupía tabaco. Guadalupe caminó en su compañía y al lado de la promesa de que su agonía había terminado. El coyote se quejó varias veces de que la tierra no servía, estaba seca, el fuego subía por las piedras, los jimadores no pagaban. En lo que iba de la temporada, se había ocupado de diecinueve mexicanos, ocho hondureños, cinco salvadoreños, dos colombianos y alguno de más al sur, un chiflado chileno o argentino en busca de emociones. Casi todos chaparros de espaldas anchas y cabezas cuadradas y bocas de piedra. Pocas palabras y mucha hambre y desconfianza. Les había dado de comer y un día, al volver, no había encontrado más que la casa vacía. La casa quedaba a los pies de una quebrada roja como la sangre del quetzal. Adentro olía a soledad y cerveza. Por el tamaño, no parecía haber sido el refugio de tanta gente.

El comentario de Guadalupe le cayó mal: Al menos era sombra fresca…
—Guadalupe —dijo, sonriendo— ¿a qué vienes a los Estados?
—La necesidad me trae, señor.
—La necesidad es cosa seria —dijo y con destreza le tapó la boca.
Los ojos de ella se hincharon de lágrimas y espanto. Era joven la güerita y tenía labios blandos como la miel… Había pasado tantas indias sin forma que no se iba a privar de ese angelito enviado por el cielo. Lupita lloró toda la noche pero no sabría decir qué tipo de llanto era. Murmullos. Llamaba a su madre y a un tal “chiquito” que de seguro era la cría que había dejado del otro lado. Son peores que las perras. Las perras no se separan de sus cachorros, rezongó él. Al final se hartó de tanta melancolía y al otro día le cortó un mechoncito de pelo y la dejó ir por donde había llegado. Ella se fue, tropezando entre las piedras, llorando, claro, como una Magdalena. Y la verdad que él se arrepintió al poco rato. Esa niña necesitaba alguien que la protegiera y alguien como ella, una mariposa coqueteando entre las llamas de la lumbre, en vivo y en directo, y no acostarse todas las noches con su lindo recuerdo: “Quién sabe si llegará a existir un hijo por ahí y no llegaré a saberlo. O una hija y quién sabe si dentro de quince años me cruce con ella, livianita como una pajarita, rubiecita y linda así como era Lupita. ¡Vida pobre la del coyote!

Derechos especiales

“Wanted. El gobierno ofrece un millón de dólares por Henry Kissinger y Elliott Abrams, entre otros, luego que un juez de ese país latinoamericano ordenara la captura internacional por crímenes contra la humanidad”.

Nunca nadie leerá este titular. Lo natural es lo contrario. El 21 de julio de 2020, el gobierno de Trump emitió una orden de captura y una recompensa de cinco millones de dólares por la captura del presidente del Tribunal Supremo de Venezuela, Maikel Moreno, acusado de corrupción.

El secretario de Estado Mike Pompeo explicó la decisión: Moreno “aceptó sobornos para influir en los resultados de algunos casos criminales en Venezuela; con este anuncio estamos enviando un mensaje claro: Estados Unidos está en contra de la corrupción”.
Dos décadas atrás, por poner sólo un ejemplo de normalidad, en agosto de 2001, como respuesta al requerimiento del juez español Baltasar Garzón para que el ex secretario de Estado Henry Kissinger declare ante los tribunales internacionales por su participación en la mafia de generales que asesinaba desde Tierra del Fuego hasta Estados Unidos, pasando por Europa, y de otras diversas formas en las sangrientas dictaduras latinoamericanas, el gobierno de George W. Bush emitió un comunicado protestando: “Es injusto y ridículo que un distinguido servidor de este país sea acosado por cortes extranjeras. El peligro de la Corte Penal Internacional es que un día los ciudadanos estadounidenses puedan ser arrestados en el extranjero por motivaciones políticas, como en este caso”.