by Samaria Márquez Jaramillo

El último fusilado en Colombia

El corazón humano es leve, lo mueve un filamento de quimera, y desalojado de un pecho puede sostenerse sobre una brizna de pétalo y seguir dándole vida a las esperanzas, que lo hicieron corazón.

Por Samaria Márquez Jaramillo

En 1998 Alejandro Tabón entrevistó a Emilio Meluk y escribió:”El único departamento en Colombia que no tiene una identidad regional es el Chocó. Ser chocoano no es un sentir, ni una música o un dialecto; es ser negro como si la región fuera una extensa piel”. De igual manera Luís López de Mesa escribió en 1930: De tanto oírlo y decirlo se convirtió en verdad irrefutable: El negro es un niño grande, voluptuoso, enamorado de la vida, de la danza, de la música, del canto. Ríe con los labios, con los ojos, con las manos y con los pies. Sin antepasado se pliega al entorno, a la política, a la religión, a la sociedad y solo es consciente de que es negro.”

¿Si no tienen conciencia de ser algo más que negros, porqué luchan por su región? Y ¡por qué no se les tiene en cuenta que a lomo de negro transitó el progreso por trochas de Colombia y la rebeldía y el descontento de ellos fueron factores de triunfo en la Guerra de los mil días!

Más que historia, en Colombia con los hechos de las guerras de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX se hizo una amplia literatura testimonial y apologética, que narra no solamente los combates y sus consecuencias sino que demuestra que los conflictos civiles construyeron el país político, el Estado administrativo, la formación de la Nación y el Estado -si federalismo o centralismo- al igual que el carácter de la educación. Y esa
historia pasa, sin el reconocimiento debido, sobre la presencia decisiva de los negros en los campos de batalla, pues los blancos y criollos depurados evadieron el compromiso de la lucha.

Una crónica de esa época dice: “En la semana pasada la policía se derramó por los campos en solicitud de hombres que reclutar, y fue violado el hogar doméstico hasta el último aposento, estropeadas las personas que resistieron este abuso, y atormentados los padres que no confesaban el escondite de sus hijos. Una mujer vieja y enferma fue apaleada porque no dijo dónde paraban sus nietos. La alarma que se difunde es tal, que ya no se ve un labrador en su campo ni un tejedor en su telar, solo los negros “convencidos” a latigazos fueron carne de Carabina Winchester”.

Lo anterior lleva a concluir que así como a las camadas de los caninos y los felinos se les llama cachorros y en el caso de los insectos se les dicen larvas, y a las crías de algunas aves las nombran como polluelos, a los descendientes de cimarrones los designan como negros y esta palabra no es un sustantivo sino un adjetivo peyorativo emitido de espaldas a la historia.

Donde los chamanes de las tribus Noanamá y Emberá-Chamí utilizaban humo y aceite para alejar las penas y el reumatismo y de la corteza gris arrancaban grandes astillas para hacer sahumerios que alejarían del río Atrato los malos espíritus, allí mismo, en ese árbol de palo santo de 7 metros de altura, un pregón enunció en voz alta: “Manuel Saturio Valencia Mena, natural de Quibdó y reo incendiario, ha sido condenado a la pena de muerte, que inmediatamente va a ejecutarse. Si alguno levantare la
voz, pidiendo gracia o de cualquier otra manera ilegal tratara de impedirlo, será castigado con arreglo a las leyes". Transcurría el martes 7 de mayo de 1907 y eran las cuatro de la tarde en Quibdó.

Manuel Saturio Valencia Mena, intelectual, abogado y académico nació en Quibdó el 24 de diciembre de 1867 y fue el último fusilado en Colombia. Un séquito triste acompañó al condenado por las calles, la tarde de su ejecución. Trompetas y tambores marcaron su paso; descalzo, humillado y maltratado, presidió el tumulto que lo escoltó hasta el árbol de palosanto que hizo las veces de paredón. Todos los fusileros del pelotón -aseguraron
luego los testigos- le apuntaron directo al corazón.

Cuando niño, Manuel Saturio cantó en el coro parroquial y aprendió pronto el latín y el francés, que le enseñaron los capuchinos. Fue un estudiante destacado, tanto que los mismos curas se encargaron luego de sus estudios superiores y el negro Saturio fue así el primer hombre de su color de piel admitido en la Universidad del Cauca, en la Escuela de Leyes. De regreso a Quibdó, Manuel Saturio se afilió al partido conservador, un partido minoritario en la región. Vino la guerra de los Mil Días y Valencia alcanzó el grado de capitán en las tropas gobiernistas. Luego, en tiempos de paz, fue abogado de los pobres, personero municipal y juez penal del distrito. Era, aseguran sus varios biógrafos, un hombre de buena presencia, educado y elocuente. Un día, porque así son las cosas, sedujo a una jovencita blanca, de nombre Deyanira Castro, hija de un importante líder liberal. La joven
salió embarazada de aquella aventura. La venganza de la familia ofendida actúo. En la madrugada del primero de mayo de 1907 se dieron las circunstancias para el desquite. El plan que habían urdido era sencillo. Había que embriagar a Manuel Saturio y quitarle algunas prendas que lo inculparan luego en un incendio que ellos mismos provocarían. Fue así como se quemaron un par de casas de techo pajizo, en la famosa Carrera Primera. Entre las cenizas recuperaron, además de una bola de trapo con restos de petróleo, el cinturón de Manuel Saturio, y unos documentos con su nombre. La Constitución Nacional de 1886, en su artículo 29, era explícita al castigar con pena de muerte a los incendiarios. No importaba que, como en este caso, el incendio no alcanzara mayores proporciones. 

El juicio fue breve. Solo seis días transcurrieron entre los hechos y la ejecución de la condena, todo un registro de celeridad en la aplicación de la justicia en Colombia. Resultaron inútiles, entonces, los lamentos de las mujeres negras, que clamaban perdón para el acusado. Inútil fue también el indulto que, estrenando telégrafo, le solicitaron los abogados de la defensa al presidente de la república Rafael Reyes y que llegó minutos antes de la ejecución y que, por supuesto, fue escondido hasta después de que Saturio ya era cadáver. Sea como hubiese sido, hoy en Quibdó la avenida principal, la Carrera Primera, lleva el nombre de Manuel Saturio Valencia, aquella misma Carrera Primera, la del incendio, en donde no se aceptaba entonces que caminara un negro.

Quibdó, en ese entonces capital de una provincia minera del Estado del Cauca, era una ciudad segregada, con las casas de la clase pudiente alineadas a lo largo de una sola calle larga, la Carrera Primera, que estaba vedada para los de piel oscura. La aristocracia chocoana era boyante: Había industria y había comercio. Además del oro y del platino, llegaban al puerto de Quibdó por el río Atrato, desde el Darién para el Caribe y, los mercados del mundo, vapores cargados de maderas finas, caucho, quina y tagua. A su regreso, los mismos barcos traían telas , porcelanas, vajillas y cubiertos de plata, sólo para los ricos, claro.

Dijo Manuel Saturio en su última noche de insomnio- “A mí, por mi mala estrella, me toca hoy dar cumplimiento a una inexorable ley.

 

Esto a mi no me extraña, pues desde que tuve uso de razón comprendí que la fatalidad me perseguía y donde quiera que mis miradas eran dirigidas, chocaban con la certeza que era yo igual a los negros nubarrones instalados en el horizonte de mi existencia. Dios quiso ocultarle a la humanidad lo futuro para no hacerle la vida tan amarga. Mi vida terminó cuando escuché mi sentencia de muerte así que ninguna vida me hiceron amarga. Yo sé que cuando termine de hablar terminará mi vida. Eso quiere decir que Dios me permitió conocer lo que oculta a otros. Démosle a mi patria, y con especialidad al Chocó, días prósperos y quiera el cielo que nunca en sus horizontes asomen nubarrones tempestuosos a la vida de los que nacieron con su piel teñida de desgracia. “Amigo Ceferino, adiós. Desde muy pequeño no conocimos; fuimos amigos y además parientes, como tú lo sabes, somos hermanos, por la bellaquería de nuestro padre, y en nuestra niñez jugábamos juntos… Después fuimos hombres y siempre no hemos querido como tales. Esta es la ley del mundo:

todo lo que nace tiene que morir””. Yo no tengo último deseo, pues siempre he creído que el hombre en pos de su destino ciego avanza”.

Y, aunque a último minuto llegó un indulto del presidente Reyes, lo fusilaron. La descarga de los fusiles del gobierno resonó en las riberas del Atrato. La pena de muerte fue abolida en Colombia en 1910.

La guerra de los mil días enfrentó a dos negros: Saturio Valencia Mena,
capitán del ejército conservador y Ramón Marín, general de las tropas liberales y a quién le preguntaron: ▬ ¿por qué no fusila a sus presos como los estaban fusilando los conservadores? ▬ «No lo haré, porque entonces, ¿en qué está la diferencia?»;… Cien años después la Ley 1042 DE 2006 exalta la vida y obra y declara héroe al último mártir, en tiempos de principio de siglo XX: Congreso de la República: Por la cual la Nación se asocia a la conmemoración de los 100 años del fusilamiento del prócer afro colombiano Manuel Saturio Valencia y se dictan otras disposiciones relacionadas con esta efemérides.

ARTÍCULO 1o. Teniendo en cuenta que el día 7 de mayo de 2007, se cumplirán 100 años del fusilamiento del eminente afro colombiano, Manuel Saturio Valencia, hombre de letras y de leyes que legó su vida a la defensa de  los derechos civiles y políticos de los colombianos de ancestría africana, la Nación se asocia a la celebración de tal efemérides y exalta su vida y obra.

ARTÍCULO 2o. Considerando que el eminente Manuel Saturio Valencia, fue el primer negro colombiano y de América Latina abogado negro , designado juez de la República de Colombia, la Nación reconoce en su nombre el valor cultural e histórico de la comunidad afro colombiana en la formación de la nacionalidad.

ARTÍCULO 3o. Teniendo en cuenta que el prócer Manuel Saturio Valencia, sin haber sido militar de carrera, en la denominada Guerra de los Mil Días llevó a las tropas bajo su mando a significativos triunfos, como el alcanzado en la Batalla de Bellavista, por lo que fue nombrado Capitán del Ejército de Colombia por el entonces Presidente de la República, General Rafael Reyes, se hace necesario honrar su memoria como ilustre hombre público, por lo cual la Nación se asocia a la conmemoración del centenario de su fusilamiento…