by Samaria Márquez Jaramillo

Canción de la guerrillera que perdió a su hijo

Cuento

Samaria Márquez Jaramillo

Hace algo más de dos meses le dije al que habitaba en mis entrañas: La historia de mi vida y en cierta forma de la tuya, no comienza como lo hacen los cuentos de hadas. No es ese el sub-género para representar la sin fantasía, lo sin algo, la presencia de la nada. Tampoco haré una composición poética de género bucólico, lo que sería peor. Intentaré, saltando agobios apoyada en la garrocha de mi rabia, que a borbotones y sin estilo mis expresiones digan de lo tangible y de lo presentido. Si la vida es magnánima contigo y te da oportunidad de transcurrir por ella, te preguntarás por qué todo lo que ahora te enuncio, es una sucesión de estampas sin texto: Sucede que, desde la vergüenza, nunca “hubo una vez”.

Me enamoré de tu padre desde que lo conocí. Sólo me bastó verlo una vez, aunque fuera en los brazos de otra, para saber que era el hombre de mi vida. Sólo tenía veinte años cuando te concebí. Tal vez por eso cambiaste completamente mi mundo. No mentiré diciéndote que el anuncio de tu existencia en mi vientre fue algo que terminó de unirme a tu progenitor porque, en realidad, él tenía otra familia, otros asuntos y otros deberes de los cuales ocuparse, aunque los tenía postergados.

Todo lo que era él, estaba vertido en la comandancia de su bloque y me lo había dicho desde el principio: “Si quedas preñada, te haré abortar”.

Por no perderte me escapé. Estaba dispuesta a permanecer ensartada por el tridente del diablo si allí podría protegerte. Él se las ingenió para que me siguieran. No paré de huir contigo.

Y ocurrió que dentro de mí, probablemente un impulso, un arrebato, un no sé, todos unidos al temor, me preguntaron si quería para ti la misma vida errante que yo había llevado por dos años: Una existencia en la que todo causaba temor y desconfianza y decidí que no quería nada de eso porque tú tenías derecho a algo mejor y sólo podrías tenerlo si yo asumía mi responsabilidad en la consecución de una vida normal para ti. Preveo tu rostro reflejado en el fondo de mi mirada; imagino, también, tu risa, tu olor, cada centímetro de ti y confío en que así serás… ¡Ay! Se aumentan y se hacen dolorosas las contracciones. ¡Extraño! Faltan 7 semanas para la fecha de tu nacimiento…

Antes de perderlo, no alcancé a decirle a mi hijo que todas mis angustias, incluso mis más grandes miedos, nunca los tendría que padecer él. Tampoco supe confesarle que en mis abalorios no encontré algo que fuese valioso para legarle ni conseguí protegerlo dentro de mí.

Ahora, que desde hace más de dos meses habita mi desconsuelo y conforma mis desesperanzas, imagino que mi hijo quiere decir y preguntarme: “Me sentía enclaustrado en un conjunto de esperas. Empezó a pesarme lo recibido, como si lo que llegara a mi fuese plomo. Entonces se abrió el envoltorio donde yo era eternidad. Una ráfaga de claridad me encegueció. Para mí, la vida se convirtió en una palabra sin estrenar. Trascendí el límite de mi piel, sin dilucidar ¿por qué llorabas tanto, mamá?”

Hace 10 días, los enviados a buscarme llegaron preguntándome qué había traído a este mundo y agregaron que habían dejado transcurrir un lapso, luego de la supuesta fecha del parto, porque me esperaban largas jornadas. 

Esos 10 días transcurridos, son los mismos que llevo caminando, penetrando la selva. Por el ruido del agua sé que bordeamos un río. Además la vegetación es de un verde lujurioso: Hojas anchas, guaduas gruesas, pelusa urticante. El sol no alcanza a traspasar la cortina de árboles.

No tengo hambre, no tengo sed, no tengo sueño. No tengo, ni tan solo, algo. Ni siquiera miedo. Tampoco soy dueña de un valor a toda prueba. Intento berrear una canción: “Caminar y caminar, ya comienza a oscurecer y la tarde se va ocultando…” Los dos que me custodian, me urgen a que acompase mi andar al de ellos. Uno de mis guardianes protesta:

-Oigan a esta perra. ¿De dónde sacará fuerza para cantar? ¡Afánese, puta! ¡Si supiera lo que le espera! Vamos, no haga marrullas, apúrese. No intente con el celular, ni pendejos que fuéramos, le sacamos el microchip… Tenemos que llevarla donde ahora está el comandante. ¡Sapa! Cuando lleguemos despídase de este mundo, ¡mal parida! Oiga bien: Para darse el gusto de verla muerta y tiesa entre luces de parafina, mi comandante encargó una caja mortuoria y unos cirios. Esa caja esta, por ahora, vacía. Todos le hemos oído decir que la matará. Apúrese.

-Este no es el camino. ¿Para dónde me llevan?
– A nuestra actual “residencia”. ¿Creyó que luego de su chivatazo nos quedaríamos esperando a los que cargan chopos?
Los labios de mi boca sienten cada uno la presión del otro. Digo de mi boca porque los otros, los verticales, aún los tengo ensangrentados por mi reciente aborto.

Pienso: No hay nada más lleno de vida que un ataúd vacío. Ya veremos si cabremos dos, en esa caja. Sé que tras mi llegada él se sacudirá encima de mí. Cuando su respiración se haga más acezante y antes de que empiece a gemir, apretaré… ¡Apretaré! Para ello me entrené. Cien, doscientas… ¿A cuántas calabazas les saqué su pulpa y sus semillas, sin pelarlas, sin partirlas y destripándolas con mis manos? ¡Crack! Así sonará su cuello. Luego… ¿Qué importa ese luego? …

Las frases que tendrían que conformar el final, quedarán subyacentes al papel en blanco. Me reservo, no lo cedo, el rencor, el dolor, la canción interrumpida. No me pelaré la mente con el esfuerzo de recordar quién me dijo: “Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible». Obedeceré al “¡afánese, puta!” Es inútil intentar retrasarme: Lo que va a ser, sucede y el mal camino hay que transitarlo pronto.