by Samaria Márquez Jaramillo

La Corrupción en el Arte / El Arte de la Corrupción

Luis Camnitzer*

* Luis Camnitzer, Nacido el 6 de noviembre
de 1937, Lübeck, Alemania, es un pintor y artista, poeta visual,
crítico, docente y teórico uruguayo nacido en Alemania y
residente en.  Estados Unidos desde 1964 Es una figura líder
del conceptualismo latinoamericano. Sus padres fueron
refugiados judíos que huyeron de la Alemania nazi en 1939 a
Uruguay. Creció en Montevideo, estudió en la Escuela de Bellas
Artes de Uruguay y en la Academia de Munich.  Recibió la Beca
Guggenheim en 1961 y 1982. Es profesor eméritas de la State
University of New York. Su obra se encuentra en el Moma,
el Museo La Tertulia. Participó en la Bienal de La Habana (1984,
1986 y 1991), Bienal de Venecia (1988), Bienal del White (2000)
.

“’En realidad no importa quién soy’ es la respuesta provocadora de Luis Camnitzer cuando traté de descubrir su percepción sobre sí mismo; es mi reto por develar la personalidad de aquel artista que ha venido logrando un reconocimiento como uno de los referentes más importantes del arte de la segunda mitad del siglo XX y catalogado como uno de los pioneros del arte conceptual en América Latina. Si me concerniera decir quién es Luis Camnitzer, no me limitaría en decir que es el artista uruguayo que nació en Alemania en 1937, creció en Montevideo, vive y trabaja en New York desde 1964, deja huella no sólo como artista, sino también como crítico, educador y teórico del arte…. pues aquello está en internet. Les diría que es un soñador con los pies en la tierra. Un maestro. Una persona que refleja los sueños que ha construido y ha hecho realidad. Su vida ha sido su obra dedicada al arte. Una vida concebida desde el arte hace de él un personaje digno de admirar, pues a pesar de toda la imagen del “artista” que surge a su alrededor, en el fondo, sus palabras, son el reflejo de aquello que habita en su interior. Una persona que sueña con un mundo mejor basado en arte, ética y educación, y lucha para construir una mejor sociedad”. Alejandro Jiménez Schroede

Un día muy preciso, hace ya cuarenta años, comprendí cabalmente que la misma obra de arte cumplía con mis propósitos como artista y constituía, simultáneamente, un objeto comercial. Era todavía un estudiante de arte y en esa época se nos enseñaba hacer «arte» (académico y desconectado de la vida real) y no negocios, y el mercado me era tanto una utopía como la revolución social.

Desde el momento que me golpeó esa realidad, tuve pánico con respecto a la negociación de mi trabajo, no porque sintiera desinterés por el dinero o porque considerara que mi obra era demasiado «pura» para el comercio. Era más debido a una vaga intuición y desconfianza de mis propias debilidades, algo alrededor del miedo a una contaminación de mi facultad de juzgar las cosas. En el caso en que llegara a vender una obra, nunca lograría certidumbres sobre las motivaciones que generarían la creación de la obra siguiente. Nunca sabría realmente si esa
nueva obra, en caso de seguir por el camino de la obra vendida, sería hecha para repetir la venta o porque la investigación merecía ser continuada.

Desgraciadamente el problema no se limitaba a mis tribulaciones personales. La dicotomía comercio/arte en realidad también contaminaba las certidumbres sobre el objeto mismo. Planteaba las dudas sobre el respeto invertido frente a un objeto, sobre cuál era la cuota de experiencia auténtica en relación a la intimidación producida por un precio y, en última instancia, sobre las causas de los fetichismos que gobiernan los gustos, las colecciones y los museos.

Como estudiante, la percepción de esas contaminaciones se fue extendiendo a situaciones más complejas. Por ejemplo, el hecho de que las señales indicativas de una identidad tienen una vida extremadamente corta luego de la cual mueren en el estereotipo. Esta fue una percepción que en micro escala se me reveló al ver la obra repetitiva de los últimos años de Chagall. A una escala más grande y ya como adulto, el ejemplo claro fue dado por cierto arte latinoamericano que culminó en los años ochenta. En el caso de Chagall la estereotipación era consecuencia de una pérdida de sus facultades creativas. En el segundo era consecuencia de un proceso de generalización impuesto desde afuera. En ambas fueron producto del mercado.

En otras épocas, como la mía personal citada de hace cuarenta años, todo lo que se percibía como corrupción se enfrentaba en una forma maniqueista. Esta percepción extremada de las cosas, generaba las interminables trifulcas estudiantiles sobre el fin y los medios durante mi juventud. Hoy el asunto se ha convertido en algo más borroso, complejo y frágil: Se trata del problema – traduciendo la cita de Prieto a su esencia – de «cómo utilizar la corrupción sin corromperse».

El dilema no tiene solución y, como consecuencia, me armé una estructura moral que terminé denominando «cinismo ético». La esencia de esta posición se basa en la idea de que prostituirse a sabiendas es mejor que prostituirse inconscientemente. En el primer caso es estrategia, en el segundo es corrupción. Como una estrategia me sirve para identificar la línea que se está por cruzar y por lo tanto me permite, hasta cierto punto, la reversibilidad del acto. Limitándose a ser una corrupción producto de la inconsciencia, el acto se ve forzado a desembocar en una retórica justificativa, sin la posibilidad de que uno pueda asumir la responsabilidad de la decisión.

Los cuarenta años transcurridos no borraron mi ideología de entonces, pero sí me aclararon que hay una diferencia seria entre mis creencias utópicas y puras y la realidad en que vivimos. Con el «cinismo ético» logré, al menos, fabricarme la ilusión de que puedo seguir manteniendo mis ideas puras o que, por lo menos, las puedo identificar. Esa pureza (o, desde algunos puntos de vista, ingenuidad) incluye varias creencias que todavía tratan de guiar mi pensamiento. Una es que el trabajo artístico individual es incidental y que la cultura es un proceso colectivo. Otra es que la comercialización es lo que subraya el mito individualista. Y aún más allá, que es la comercialización la cual manipula y distorsiona las funciones de las artes nacionales de ser originalmente expresiones comunales a convertirse en expresiones chovinistas. Y, finalmente, que es la comercialización quien, en el campo artístico, convierte la polaridad centro/periferia en una relación de poder.

Las opciones viables parecen cada vez más limitadas y las cooptaciones y estereotipaciones cada vez más rápidas, fuertes y, desgraciadamente, inteligentes. El neo-conservatismo había ya logrado el desprestigio de muchas posiciones progresistas simplemente estereotipándolas con el término de «políticamente correcto», término que, paradójicamente, fuera creada burlonamente por la propia izquierda norteamericana y que resultara su primera víctima.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu analizó algunas de estas cosas en su libro El Campo de la Producción Cultural. Describe el arte autónomo como aquel que históricamente surgió en oposición a, por un lado, el arte representante de los valores burgueses o dominantes en el siglo XIX y, a aquel otro que, socialmente revolucionario, fue creado para combatir esos valores. Pero también aquí tenemos una tríada impura, donde las alineaciones cambian constantemente de acuerdo con la situación social y a qué poderes dominan la sociedad.

La verdad es que el purismo de mi juventud, rígido y dogmático, conducía irremediablemente a un elitismo que mi generación, en términos políticos, negaba fervorosamente. Separaba al artista, aún cuando politizado, de la realidad, de esa realidad que incluye gobiernos, mercados y gente, para darle el monopolio del proceso de significar las cosas.

El reconocimiento de esos errores del pasado no implica un cambio en mi posición ética. Quizás resulte, en algún futuro, en un cambio de estrategias, aunque en mi caso lo dudo. Y todas estas consideraciones tampoco me generan una mayor simpatía por los avisos de Benetton, aunque no puedo evitar una cierta admiración. Así que lo único que logro con todo esto es volverme a sentir al principio de las cosas y renovar la certidumbre de que todo es muy, pero muy complicado.