by Samaria Márquez Jaramillo

Santander: Su muerte no fue un ocaso

José Asunción Suárez Niño

Golpe de pica que hendía muros de granito imaginario, pólvora que intentaba descuajar enormes bloques compactos del edificio construido por el más grande arquitecto de la civilidad, difamaciones y consejas que al interrumpir el curso de la historia hacían desbordar la ideología legal y libertaria, buscando nuevos cauces al furor de los acontecimientos políticos de aquella época, donde el Hombre de las Leyes, en medio de fuertes dolores y desengaños, entregaba su alma a la historia, un nubloso 6 de mayo de 1840.

Pese a sus malquerientes ,Santander al entrever la gloria futura de su legado, tuvo la certeza de que a esa patria ingrata él le abría dos caminos: Por uno transitaría el imperio de la ley, fortificando la naciente república y haciendo respetar las libertades individuales y colectivas y por el otro, quizás el más importante para reforzar el primero, iría la educación del pueblo, desprotegido y olvidado de la élites del poder que engavetaron aquel portentoso decreto del año 1834, que abría la escolaridad gratuita en colegios y universidades ,sin distingo de clases, religiones y razas.

Santander ,durante su administración, difundió la instrucción y educación del pueblo; era un apasionado de la cultura, había fundado y adecuado, entre otros, los colegios de Boyacá en Tunja, que en 1827 se transformó en universidad; el Colegio de Antioquia en Medellín; colegios en Angostura, Pamplona, Ibagué, San Gil, San José de Guanentá ; en Cali el de Santa Librada; en Pasto, el Colegio Provincial; en Santa Marta, el Colegio Samario; un Colegio en Vélez; estableció la Universidad del Cauca en Popayán en 1827;en 1826 creó la Universidad Central, en febrero de 1827 instaló la Facultad de Medicina en Bogotá, independiente de los Colegios del Rosario y de San Bartolomé. Colegio de Loja en Ecuador; Universidad de Mérida; casas de educación en Valencia, Trujillo y Tocuyo, Venezuela en 1823, así como el colegio del Ismo en Panamá; Ocaña, Vélez, Cumaná, Guayana, Cartago, Mompox, Guanare, Socorro, Marinilla, Barichara, Ipiales y Salazar de las Palmas; todos casas de educación, entre los años 1823 a 1837.

Los del partido contrario solo pensaban en difamar al genio de la administración pública; pasiones partidistas que ensombrecen el cielo de nuestros destinos, derruir los cimientos del edificio de la república, con una canallesca acusación que ensombrecía el espíritu de su más grande constructor; trama maldita como las que más tarde escribiría Baudelaire, en donde la vida se entenebrece, como esas tardes de nuestros climas, que comienzan
vestidas de luz y, acaban rasgadas por el relámpago de la ingratitud.

Injuria que empezó a deteriorar el ciclo vital del gran Hombre de las Leyes; a su lado siempre permanecían doña Sixta Tulia Pontón y Piedrahita, Josefita su hermana adorada ,el médico de confianza, pariente y confidente, mi tíobisabuelo Antonio María Silva Fortoul, mientras el arzobispo José Manuel Mosquera y Arboleda, le hablaba de la creación y de los milagros de todos los tiempos; de la reunión de los espíritus, porque la savia de lo eterno busca precisamente las raíces más universales del hombre, para subir a convertirlas en flores de belleza. Santander apenas suspiraba, en medio de sus fuertes dolores, sonreía .Sabía que la tristeza carnal, o del ansia infinita ,que hallando muda y ciega a la naturaleza ,busca espacio en su vuelo, allá donde las constelaciones se encienden y se apagan como nuestra esperanza.

Santander en el llano fue la garantía de las familias emigradas, la conservación del núcleo social, la comprensión del porvenir, en una palabra: la civilización. Si cerramos los ojos y lo quitamos de este escenario, ¿qué queda?, solo las lanzas de Nonato, de Galea, de Olmedilla, enfrentándose en la oscuridad de la noche por el botín .Ellos eran el Llano solo, el Llano bravo, el Llano aislado, y ese Llano sin una cabeza pensante, sin una dirección, no habría podido jamás atraer a la alta oficialidad granadina dispersa en Cachirí, en la Cuchilla, en La Plata, errante por las Antillas después de Cartagena, para instruir a los reclutas que formaran la división de vanguardia.

El día 1º. De mayo de 1840 se comenzó a disponer todo lo relativo al entierro. El Arzobispo José Manuel de Mosquera Figueroa y Arboleda Salazar, gran amigo y confidente de Santander, dio la orden a todos los conventos e iglesias para que doblasen campanas, luego que hiciera señal la Catedral .Por la mañana del día 5, continuó el estado de gravedad, en medio de la exclamación del Hombre de las Leyes, que preguntó: -“Qué, ¿ya es tiempo del miserere? – “Se cree que coincidirá su muerte con la de Napoleón, cuyo aniversario es en este día..”, sospechaban sus acompañantes.

Ocho minutos antes de las seis de la tarde llamó al doctor Antonio María Silva, para que le tomase el pulso y, le dijo: ¿”Qué tal voy?”; y al oírle que decía: “no va mal”, le echó los brazos al cuello y, con una voz muy tierna, le dijo: “¡Ya no hay remedio, mi Antonio!”. A las seis en punto, en medio de horrendas fatigas, repitió sin cesar: “¡Ahora sí ¡Adiós mis amados hijos!..”

Es Santa Fe de Bogotá, a 6 días del mes de mayo de 1840.Calles empedradas; balcones de madera que ,en los días de fiesta, se cubren de mantillas y abanicos ;en cada esquina un farol melancólico, cuya luz queda a merced por completo en las noches de luna ,horas en que los cerros vecinos, destellan pálidamente como montañas de mármol .Campanas lúgubres de las iglesias y conventos, lanzan su quejumbroso e intermitente tañido; contrastan con el susurro del fallecimiento, del más grande de los granadinos; más allá, en las afueras, se observan tranquilos bosques de eucaliptos, que se coronan de niebla por la mañana ,y en las tardes de viento, perfuman la sabana como incensarios vegetales.

El ruido de los pocos carruajes y el sonido de los cascos con herraduras de caballos, que pegan contra los adoquines, contrastan con el soplo del aire que pasa, como esas contradanzas, que suelen evocar el ambiente de una época, la emoción de una raza; en el ruido de las campanas y, de las voces adoloridas, se escucharán, mezclados, el canto de la leyenda, el murmullo de la fábula, el sordo arrullo de los amores perdidos y, el rumor de antiguas oraciones, que el viento recoge al circular entre los sepulcros.

Eco de pisadas en las arcadas del palacio de San Carlos, sede del gobierno del arquitecto de nuestra civilidad, anuncia que se acerca el antiguo dueño.

Amigos: la sombra del egregio General Francisco José de Paula Santander Colmenares y Omaña Rodríguez, coronada de laurel, penetra en los salones de la República.Lo demás…
¡Es silencio!

 

BIBLIOGRAFÍA
– Obra Crítica, Rafael Maya, Banco de la República, Bogotá, 1982.
– Cólicos Republicanos, Antonio Martínez Zulaica, Universidad Pedagógica de Tunja, 1978.
– Escritos, Tomás Rueda Vargas, Antares, Bogotá, 1963.
– Muerte de Santander, Manuel José Forero, Academia Colombiana de Historia, Bogotá, 1940.
– La Batalla de Boyacá, Juan Friede, Ediciones banco de la República, Bogotá, 1969.
– Algunos Estudios sobre el General Santander, Laureano García Ortiz, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, Imprenta nacional, Bogotá, 1946.
– Memorias para la Historia de la Medicina en Santa fe de Bogotá, Pedro María Ibáñez, Bogotá, 1844.
– Muchedumbres y Banderas, Otto Morales Benítez, Editorial Tercer Mundo, Bogotá, 1962.
– Santander, Fernando González, Primer Tomo, Editorial A.B.C., Bogotá, 1940.
– Santander,organizador de la victoria,Max Grillo,Publicaciones Biblioteca Nacional, Tomo III, Bogotá,1939.
– Memorias, Florentino González, Librería Cervantes, Buenos Aires,1933.