by Samaria Márquez Jaramillo

¿Qué representa el teatro en el siglo XXI?

José-Luis García Barrientos *

*Doctor en Filología por la Universidad Complutense de Madrid (UCM), es Profesor
de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), director
de Revista de Literatura, profesor de posgrado en la UCM y la Universidad Carlos III de
Madrid, Profesor Invitado de la Universidad de las Artes (Cuba) e Investigador
Principal del proyecto de investigación del Plan Nacional de I+D+i “Análisis de la
dramaturgia actual en español” (ADAE). Especialista en teoría teatral, es autor de más
de trescientas publicaciones, entre las que destacan libros, traducidos al árabe y el
francés, como Drama y tiempo, Cómo se analiza una obra de teatro, Teatro y ficción, La
razón pertinaz o Drama y narración. Entre sus más de 30 publicaciones editoriales hay
que destacar el libro Análisis de la dramaturgia colombiana actual. 'Ediciones
Antígona, Madrid,

¿Cómo se las arregla este arte escénico
con las nuevas tecnologías?
¿Sobrevivirá el teatro o pasaremos a la
escenificación «posdramática»?

La pregunta del título me pone ante la encrucijada problemática
del teatro actual: En el más amplio de la ficción o de la
diversión choca con la competencia desigual del cine y se
enfrenta casi inerme al desafío de las nuevas tecnologías.
El teatro no ha dejado de perder terreno y lo que es todavía
más significativo, resulta desplazado por nuevos géneros
emergentes. Entiendo, en fin, que el teatro puede reconocerse
en la realidad más compleja y completa de ser espectáculo y
literatura. Ciertamente, el teatro no es sólo literatura, pero
es literatura también.

¿Cabe esperar, para no sucumbir al pesimismo, que el teatro
disfrute de una posición más desahogada en el ámbito menos
estrecho y sacralizado, más popular, del mercado de la
diversión, de la industria del entretenimiento y, en
particular, de la que ofrece representaciones de mundos
imaginarios? Basta pensar en el lema de la Feria del Libro
Teatral: «El teatro también se lee».

De una parte, el teatro opulento, de presupuesto astronómico, de repertorio clausurado, engolfado en el círculo de las diferentes interpretaciones; teatro necesariamente subvencionado, conservado como bien cultural, en peligro permanente de extinción; teatro de museo, con cierto tufo de necrofilia; teatro necesariamente público, pero cerrado al público, al gran público, por naturaleza antipopular, elitista, etc. De otra parte, y enfrente, el teatro menesteroso y casi mendicante, sub-profesional, alternativo (¿a qué?), casero (ya literalmente realizado como teatro a domicilio), siempre incipiente; teatro puro a veces, que bebe en las fuentes del rito, de la palabra esencial, de la presencia real; otras, simplemente pobre, etc. Estos dos modelos opuestos comparten al menos la debilidad que los hace incapaces de procurarse el sustento (uno por exceso, el otro por defecto de producción), de competir en el mercado abierto del ocio, del entretenimiento, de la ficción. Es fácil, por otro lado, comprender las decisivas ventajas prácticas que comporta el hecho de que el cine sea algo escrito, enlatado, transportable y reproductible hasta el infinito .Basta pensar en esto: Puedo ser espectador del cine que se produce en todo el mundo; pero sólo del teatro que se representa en mi ciudad.

Hasta aquí algunos problemas que comparecen ante la pregunta de qué
representa el teatro hoy en el sentido del lugar que ocupa o del papel que desempeña en nuestra cultura. Es hora de asomarse un poco a lo que puede
remover esa pregunta en el sentido, más literal, de qué es lo que el teatro pone
en escena hoy. Lo más llamativo y chocante en este sentido es que buena parte
 del teatro actual más renovador o vanguardista se identifica con la pretensión
de no representar nada. Es lo que Hans-Thies Lehmann ha bautizado como «teatro posdramático», marbete que ha hecho fortuna, quizás por lo confuso del
concepto. De lo más claro que dice de él es que «se inscribe en una dinámica
 de la transgresión de los géneros. La coreografía, las artes plásticas,
el cine, desde luego, las diversas culturas musicales, lo atraviesan y lo animan». Danza y performance son sus manifestaciones ideales.

¿Y del teatro, qué? Lo nuevo es, en todo caso, no lo qué
afirma sino lo que niega, lo que intentan desplazar El énfasis
en la presencia del cuerpo real liquida la ficción del
personaje ficticio. Es como renunciar a los usos metafóricos y
limitarse al uso literal de las palabras. Qué aburrimiento. La
buena noticia es, para concluir, que el teatro dramático –valga
la redundancia– sigue vivo y bien vivo. A lo largo del siglo
XXI es más que probable que desaparezca el cine como espacio
público y que la TV sucumba al desarrollo de la realidad
virtual; pero el teatro seguirá colmando la necesidad de
experimentar sensaciones realmente vivas. La pregunta de qué
representa el teatro actual abre un panorama tan inabarcable
que no se puede abordar aquí. Si hubiera espacio suficiente,
cabrían sólo algunas notas a pie, siempre parciales, al hilo de
las propias inquietudes; por ejemplo, si el teatro sigue, de la
forma que sea, siendo espejo de la realidad, o qué vanguardia
queda después de las vanguardias…

Pero no hay lugar. Y la única respuesta escueta –cierta aunque imprecisa– a la pregunta es «todo». El teatro sigue dándole vueltas a los temas de siempre, que estrenaron los griegos: la muerte, la familia, el amor, el estado, la libertad, la guerra…; debatiendo la actualidad, reviviendo la historia y hasta anticipando el futuro. La verdadera respuesta no está flotando en el viento, como cantó Bob Dylan, ni en mis palabras, que no van más allá de amplificar, como ondas expansivas, la pregunta. ¿Qué representa el teatro hoy? La respuesta genuina y gozosa se encuentra en los teatros: Vayan, pasen y vean.