by Samaria Márquez Jaramillo

“A mi juicio lo decisivo es la vida, el arte y el pensamiento”: José Luis García Barrientos

“Imaginemos qué distinto sería el mundo si se exigiera inteligencia a los políticos”

Por Juan Vinuesa

Hablar con José Luis García Barrientos es hacerlo con un mar de referencias. Doctor en Filología, licenciado en Filología Hispánica y en Filología Francesa por la Universidad Complutense de Madrid (UCM), es en la actualidad Profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el área de ‘Teoría de la Literatura y Literatura Comparada’. En el ámbito del estudio teatral ha ofrecido trabajos de enorme relevancia (unas 300 publicaciones entre libros, capítulos y artículos). La actividad docente de García Barrientos es difícil de resumir: ha sido Profesor Asociado en la UCM y en la Universidad de Sevilla, profesor del Programa de Doctorado ‘Historia y teoría del teatro’ de la UCM, director de Cursos de Humanidades en la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M), Catedrático Numerario de Lengua y Literatura en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid, y es profesor del Máster en Teatro y Artes Escénicas de la UCM y del Máster en Creación Teatral de la UC3M, dirigido por Juan Mayorga.

El teatro, el primer recuerdo de, por así decirlo, su memoria sentimental…  En el Preámbulo de su libro La razón pertinaz: Teoría y teatro actual en español cuenta un muy particular contacto

No recuerdo bien los detalles pues era un niño de cuatro o cinco años, pero sí la fascinación que me produjo aquel espectáculo extremadamente elemental y popular, montado sobre un tablado en la plaza del pueblo y protagonizado por ‘Jaimito’, personaje grotesco, con una actuación muy exagerada y quizá de trazo muy grueso… Pero me impresionó el efecto tan intenso que causaba en el público: la conexión teatral.

En cierta ocasión ha confesado que su primera pasión fue la lectura, ¿cuáles fueron sus primeros autores?

Recuerdo que mis primeras lecturas fueron Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, Rojas Zorrilla, Ruiz de Alarcón, Moreto, etc., libros de la colección ‘Clásicos Castellanos’ que encontré en la biblioteca de mi padre y no sé por qué me atraían. Leyendo mucho después en José Bergamín cuánto hay en obras como La vida es sueño de comedia de intriga, de aventuras, de amor… he fantaseado acerca de cómo pudieron ser aquellas lecturas, el equivalente de la llamada ‘literatura infantil y juvenil’ en mi caso, raro quizás, pero ventajoso. Qué suerte que en la biblioteca de mi casa no hubiera novelas de Salgari o similares.

Usted se acercó a los clásicos por curiosidad pero hay quien, desde las escuelas de primaria, obliga a los jóvenes a leerlos. ¿Esta obligación puede causar el efecto contrario?

Borges dijo algo así como que la lectura (literaria) es una forma de felicidad y que no se puede obligar a nadie a ser feliz. Tiene razón. Él fue un profesor ocasional, extravagante y conjeturo que no muy bueno. Yo he sido profesor toda mi vida y he disfrutado siempre enseñando. Pues bien, recuerdo haber obligado, hace mucho tiempo, a leer El Quijote a mis alumnos de bachillerato, con resultados fascinantes y regocijantes.

¿Su centro siempre ha sido el teatro?

Creo que sí. En mis primeros tiempos me acerqué un poco más al ‘otro lado’, por así decir: escribí en secreto textos dramáticos y llegué a quedar finalista del Premio Tirso de Molina a los veinte años, dirigí montajes escolares, como ya dije, y más tarde he trabajado ocasionalmente como actor en películas de Pablo Llorca.

¿Siente que se diferencia mucho entre ambas áreas o disciplinas? ¿Quizá tenga que ver que el teatro apenas está en las aulas de la escuela primaria 

Creo que lo grave no es diferenciar sino separar. Lo indeseable en este aspecto (y en otros) es el separatismo. Me refiero al afán por levantar fronteras en vez de derribarlas.

Ha escrito libros que se usan en las aulas a nivel internacional, entre ellos, Cómo se analiza una obra de teatro, una obra que se ha reeditado durante varios años desde 2001, se ha traducido al árabe y al francés, se ha editado en México, en Cuba…

Hay algo curioso aquí y que genera una reflexión pertinente sobre las prisas que impone esta sociedad: ese libro estuve escribiéndolo durante nueve años. Hay muchos asuntos artísticos a los que se les impone un tiempo del que se resiente el resultado. Y pasa igual con la investigación. Aquel libro lo escribí estando fuera de la profesión. Dentro, habría sido (y es) imposible. Qué paradoja, ¿no?

Hay quien dice que el cine ha perdido la capacidad de contar historias que tenía el cine clásico, en contraposición a quien opina que ha evolucionado, ¿qué ocurre con el teatro? ¿Hacia qué lugar se dirige?

Creo que es una necesidad antropológica del hombre, hoy y siempre, entrar en contacto con mundos imaginarios o ficticios, o sea, que le cuenten historias. El teatro ha compartido esa función (que sigue siendo esencial, indiferente a las modas) con otros artilugios, del relato épico a la realidad virtual. Y nunca se ha reducido a ella. Durante un cierto tiempo, no muy largo, es cierto que el teatro se centró en su papel de suministrador de esa experiencia. El cine (y lo que vino detrás) le hizo un gran favor al teatro desplazándolo de ese lugar privilegiado, pero lleno de trampas.

En Los hilos del tiempo, dice Peter Brook «Mientras lees este libro, ya estás viajando al pasado».Usted tiene reconocidos cinco tramos de investigación por la Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad Investigadora (CNEAI) y seis de méritos investigadores por el CSIC; ¿en algún momento se ha arrepentido de lo que dijo o publicó tiempo atrás?

En absoluto, no me arrepiento de casi nada. Y no por petulancia, sino al revés. Es que creo que la experiencia está sobrevalorada. Con el paso del tiempo perdemos al menos tanto como ganamos. Más conocimientos, ponderación o distancia irónica; pero menos curiosidad, audacia y entusiasmo inventivo.

También ha emitido opiniones, ¿no se le ha pasado por la cabeza ser crítico teatral?

En mis libros hay opiniones sobre textos, autores o espectáculos, claro. Algunos de mis trabajos son de crítica académica. Pero la crítica en la prensa, que invita a ir o no ir a un espectáculo, que debe emitir sentencias más que juicios, me causa mucho respeto. Se vive mejor en las nubes de la teoría. No digo que me haya negado a ser crítico teatral, pues nunca me han ofrecido la oportunidad, pero tampoco lo he perseguido.

¿Algún libro al que vuelva cada cierto tiempo?

Dejando fuera el campo de la literatura en sentido estricto, por desbordante, para hablar solo de lecturas ‘profesionales’, ante todo la Poética de Aristóteles, el libro fundacional y todavía fundamental del pensamiento teatral, literario y artístico, como poco.  Después, por ejemplo, cualquier libro de George Steiner o de Gérard Genette. Todos por el mismo motivo: su inteligencia deslumbrante. Que es a mi juicio lo decisivo para todo, el pensamiento, el arte y la vida. Imaginemos qué distinto sería el mundo si se exigiera inteligencia a los políticos… Sé que ni esos autores ni la inteligencia tienen buena prensa hoy. Es la mayor garantía de que acierto de pleno.