by Samaria Márquez Jaramillo

MI BARRIO DE LA CANDELARIA

José Asunción Suárez Niño

Mi devoción por el barrio de La Candelaria es indescriptible, me adentro en su pasado colonial mientras en la mente se asoman abuelos con capas, espadas y sombreros de ala ancha mientras uno que otro duende arrastra cadenas por calles empedradas, acallando pisadas de percherones que golpean adoquines y ladridos de gozques en reto contra la luna pálida y serena, que se asoma tímidamente detrás de Monserrate y Cruz Verde. Lo anterior se constituye en retrato evocador y apacible de tiempos mejores.

Pocas personas habitantes de sus contornos, tienen clara sensación de pertenencia: Allí están las antiguas propiedades de nuestros abuelos, casas coloniales de amplios zaguanes y patios claustrados de fino sabor español, en los que florecen novios, geranios, anturios y azucenas, mientras que corredores enladrillados guardan perfumes añejos, discretos y olvidados, en casas cuyos solares hacen evocar las pesebreras de antaño, reemplazadas por garajes , moradas pobladas de recuerdos, techos bajos sin cielo raso ,que hoy se imitan en noveles construcciones de barrios con nuevos ricos en la sabana de Bogotá.

Mansiones de rancia aristocracia santafereña ,como las del Marqués de San Jorge, los señores Valenzuela, los señores Santamaría, los Suárez Costa y Miranda, Ricaurte, Saravia, Vargas, Caicedo, ,Suárez Lacroix , Fourtul, Cantillo, Rivas, Pontón, Coronados ,Carrizosa, Pardo ,Umaña, París, Frade, Jimeno ,Tanco, Zaylorda, Michelsen, Silva, en fin… Balcones típicos y barandales maravillosos, donde cuelgan mantillas, discretamente adornadas, de las bellas bogotanas de tiempos serenos y mejores, mientras se escucha un suave susurro de los mayores, apurando un sorbo de brandy de los condes de Armañac, importado de París por don Diego Suárez Fortoul ,exclusivamente para su almacén de la Primera Calle Real.

Callejas empedradas como las del Camarín del Carmen, San Francisco, La Tercera, Del Coliseo, Chorro de Egipto, San Carlos, La Fatiga, Las Culebras, La Moneda, La Enseñanza, La Catedral y bordeándolas, techos verdosos de aleros anchos, que protegen a los transeúntes de los vientos y la escarcha que acompañan a diario al advenimiento de la tarde, mientras las campanas de las iglesias llaman a misa de seis.

Recorro las calles del vetusto entorno, empinadas unas, planas otras, angostas y adoquinadas todas; son bellos motivos de evocación; añejas ventanas, amplias de barrotes en madera tallada, que se abren sobre calles silenciosas por donde al atardecer mozos enamorados hacen ronda romántica cubiertos con amplia capa de vueltas de terciopelo, que en la espalda se encoge ligeramente dejando ver la punta de la tizona, que ellos saben llevar con donaire. 

Esas viejas vías olvidadas y humildes, con sabor de leyenda y encanto de un pasado mejor, fueron recorridas por oidores severos, fiscales de la Audiencia, frailes caritativos y animosos; callejuelas angostas llenas de encanto evocador, para aquellos que desde niños nos aficionamos a sus historias y leyendas.

Cuando la ciudad se fue abriendo hacia el norte, el espíritu empezó a quedarse escondido en “La Candelaria”; es así como aparece la figura del Comendador y Mariscal de Campo, señor don José Solís Folch de Cardona , Virrey de la Nueva Granada entre 1753 y 1761; segundo hijo de José Solís y GandVilain ,Conde de Saldueña , III Conde de Montellano, Grande de España ,y de doña Josefa Folch de Cardona, Marquesa de Castelnovo, Marquesa de Pons, Baronesa de Masalavés ; hermano de Francisco Folch de Cardona, Arzobispo y luego Cardenal en 1756 y, de Alfonso que fuera Virrey de Navarra.

La figura del Virrey Solís Folch de Cardona, de grandes escándalos en la vieja y pacata sociedad santafereña ,por sus amores a hurtadillas con la famosa doña María Lugarda de Ospina y Gues , la célebre “Marichuela”,quien con su hermana María Petronila y su madre María Magdalena de Gues y Ospina, formaron una trilogía que hicieron hasta “para vender” por aquellas calendas, en medio del chismorreo en las altas esferas del virreinato, hasta el punto que fueron desterradas a las selvas de Usme en 1757,por el mismo Virrey, aunque eso jamás impidió las visitas del mandatario para consolar a la bella “Marichuela y, de paso a su hermana y su madre.

Treinta y seis años más tarde hace su arribo a Santa Fe el nuevo Virrey, don Pedro de Mendinueta y Muzquiz, de quien la historia poco habla, siendo uno de los importantes virreyes que estuvieron en nuestro suelo, creador del Observatorio Astronómico, la Sociedad Económica de Amigos del País , Expedición Botánica, anfitrión y patrocinador de la Expedición de

Humboldt y otras grandes obras de la época que todavía perduran en nuestra memoria: Con el Virrey Mendinueta vino de España y Cuba don Ángel Ley y Marqueti, oriundo de Irlanda, joven de hermosa presencia ,gallarda figura ,ojos azules, porte marcial, galante y enamorado en demasía. Tanto que en Zaragoza ya había tenido problemas de faldas y líos militares por su afición a los escapes nocturnos en busca de féminas, razón por la que, con la ayuda de don Diego Alfonso de Guzmán, lograron los aragoneses que el Rey Carlos IV lo enviase como Capitán de Dragones al Nuevo Reino de Granada.

Poco después de residir en Santa Fe, don Angelito se prendió de una bella santafereña , doña Luisa de Sandoval, a quien su familia ya tenía comprometida para ser esposa de don Pablo Aramburo y Zea; ella correspondió a ese amor pecaminoso , esperaba casi todas las noches en oscuridad al lado de una reja, donde hacían las veces de trapecistas en devaneos amorosos; hasta que los “pichonió” don Fernando, hermano de la damisela, trenzándose en una riña con el intruso, quien de paso le dio un “muendón” del carajo; Luisa logró separar a su hermano ,pues de lo contrario hubiese terminado en cadáver.

La dama fue recluida en su casa, hasta el día que se celebrara su matrimonio con don Pablito, quien como buen cornudo desconocía las andanzas de su “doncella”. Ángel Ley y Marqueti, no iba a dejar escapar su presa, razón por la que diseñó un plan para raptar a la “princesa”; tres días después ,en medio de torrencial aguacero, en oscuridad absoluta, cruzó la Plaza Mayor rumbo a la casa de su amada; de un momento a otro apareció una luz que le penetró hasta el tuétano y encandilado, atónito y confundido vio a una hermosa mujer, que suplicó la acompañara hasta su casa, situada en la calle del Panteón de las Nieves, entraron juntos a un suntuoso salón que en el fondo tenía un lecho magnífico, allí pernoctó con la hermosa mujer y en “ arrunchis brutal ” la hizo suya tantas veces, que perdió la cuenta. Ambos estaban poseídos por el deseo y la pasión, el diablo hizo el resto, hasta que don Angelito quedó exhausto, sin fuerzas para levantarse en sopor profundo; prendas esparcidas por el piso fueron testigo mudo de aquel combate feroz.

A la mañana siguiente, tembleque se levantó don Ángel, con “guayabo tembloroso”, no encontró a su dama de compañía;”debió salir a conseguir algo para el desayuno dizque pensó”; se arregló como pudo y emprendió retorno al Palacio del Virrey. En horas de la tarde decidió regresar al “edén de los placeres” para reunirse nuevamente con la amante furtiva de la noche anterior; se acercó a la casa misteriosa de la víspera y oyó, con sorpresa, la noticia que le daban los vecinos de que dicha morada estaba desocupada hacía mucho tiempo. Esperó el atardecer, abrió el aldabón y observó una escena dantesca: El salón, convertido en un cementerio, los muebles eran fragmentos de cajas mortuorias; el lecho donde había sido tan feliz la noche anterior era un ataúd mortecino; Ángel salió “disparado” de la casa.

-¡Vive Dios!..¡El mejor polvo de mi vida, lo eché con una muerta!, dijo y abandonó el lugar. Al llegar a la Plaza de San Francisco, topó con una procesión fúnebre que iba a depositar el cadáver de doña Luisa Sandoval en el templo del fundador de la orden franciscana; al otro día, 23 de octubre de 1797, devolvió a su amigo el Virrey Mendinueta, su despacho de Capitán, arregló sus intereses y entró de religioso en la recoleta de San Diego.

Don Ángel Ley y Marqueti había nacido en 1773,entró de religioso a los veinticinco años, sirvió en el claustro cuarenta y dos y murió con olor de santidad el 27 de mayo de 1838,después de haber sido catedrático de filosofía y teología en Colegio de San Buenaventura y Guardián del Convento de San Diego.

Caso parecido había sucedido con nuestro querido amigo Virrey José Solís Folch de Cardona, Mariscal de Campo y Grande España, quien después de una noche loca tuvo la tremenda visión de un entierro, cortejo fúnebre que iba en dirección al cementerio llevándolo a él muerto. Se dice que la impresión y la alucinación fue de tal calibre ,que
decidió dejar el mundo pecaminoso ,abandonar las noches de farras borrascosas que llevaba y entregó el bastón, emblema de autoridad superior ,al señor Conde de la Vega de Armijo, para ingresar humildemente en el convento de los Franciscanos. 

Poco tiempo antes de su ingreso a la Orden de San Francisco envió el señor Folch de Cardona una buena comida al manicomio, para que se repartiera entre los locos; al día siguiente fue a visitar a los recluidos, a uno de los cuales interrogó qué tal les había resultado las viandas, interrogante que tuvo la siguiente respuesta:”Los locos comimos como frailes y los frailes como locos…”

Este es mi barrio de “La Candelaria” evocado en los días de la colonia, en un atardecer del vetusto Santa Fe: Gente con capa española y chambergo salen de sus casas después de tomar las “onces”, en horas de la tarde; siluetas que deambulan por una esquina cualquiera ,como la de San Francisco, o la Calle del Arco, se tornan en cuadro de museo; un indígena recorre con sombrero blanco de anchas alas, mientras un pañolón negro se atraviesa embozado en una silueta de mujer ;penumbra silenciosa que apenas logra perforar la luz roja del candil de una tienda; el cristal del agua ,corriendo por el centro de la calle ,acompaña con su murmullo el toque del ángelus que invita al rosario en todos los hogares ,mientras en el páramo del Cruz Verde soplan sobre la dormida capital del virreinato, vientos helados que castigan a quienes desafían abandonar sus casas.

Cruza mi familia ancestral precedida del criado, portador del farol destinado a alumbrar la vía, mientras un fraile enigmático sale presuroso del convento a confesar un moribundo. Me resisto a olvidar nuestro pretérito.”El presente es hijo del pasado y padre del porvenir” sentenció don Miguel de Unamuno. Debemos recordar nuestra historia, enorgullecernos de nuestra tradición y afianzarnos en ella.

¡Ojalá no sea demasiado tarde!

Santa Fe de Bogotá, abril de 2020
Bibliografía
– Boletín de Historia y Antigüedades, Tomo XXX. Agosto de 1943
– Gutiérrez Ferreira, José Antonio.”Evocación de Santa fe”, Conferencia 30 de junio de 1943.
– De la Rosa, Moisés.”Calles de Santa Fe de Bogotá, junio de 1938.
– Tinco Armero, Rafael.”La Candelaria”, Lecturas Dominicales El Tiempo, marzo de 1963.
– Rozo y Rozo, Hernando.”Linajes y Tradiciones”,1978.
– Restrepo Posada, José.”Arquidiócesis de Bogotá, datos biográficos de sus prelados.
Tomo I, 1540-1819,1961.