by Samaria Márquez Jaramillo

Del momento experimental ¿cuál será la historia?

Tomás Borovinsky *

*Es doctor en Filosofía (Paris VIII) y doctor en Ciencias Sociales (UBA). Docente de la materia “Filosofía” y del seminario “Análisis de las prácticas sociales genocidas” en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Colaborador del Área de Historia de las Ideas (UB) y del Centro de Estudios sobre Genocidio (UNTREF). Ha publicado libros y ha colaborado con revistas especializadas en Argentina y en el exterior escribiendo sobre historia de las ideas, teoría y filosofía política. Es becario del CONICET y profesor de Teoría Política y Social en la Universidad de San Martín, Argentina.

Nunca estuvimos más conectados y, sin embargo, el mundo vive a distinta velocidad múltiples grados de enclaustramiento. ¿Es paradójico? De ninguna forma. Es lógico. Es el precio del mundo hiperconectado porque es gracias a la tecnología que estamos más cerca y eso nos permite, mantenernos lejos. Distancia social para defender la sociedad. Sacrificar el contacto para salvar a la
humanidad. El impacto es y será heterogéneo porque el planeta y las sociedades que lo habitan lo son. Por eso, los efectos en el mundo pospandémico serán diversos. El mundo será otro porque siempre que el mundo cambia se hace otra historia. El grado del cambio y las formas que adquirirán las sociedades y los Estados todavía están por verse.

¿Cómo será la nueva normalidad? Demasiado pronto para opinar. Pero podemos aventurar, en principio, que habrá un fortalecimiento simbólico y material de los Estados y un aumento de la pobreza, al menos en el corto plazo, como producto del hundimiento de la economía mundial. Estamos asistiendo al que quizás sea el « ¡Alto, ¿quién vive?!» más importante de los últimos cien años.

Thomas Hobbes, uno de los más importantes teóricos del Estado moderno, además de autor del libro Leviatán, tradujo en su tiempo la obra clásica de Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso. En este texto griego hay un pasaje celebre que habría influido de forma capital en Hobbes para pensar el orden político en general y el Leviatán y el Estado moderno en particular. El parágrafo 53 relata una peste que azota la ciudad. Ahí afirma Tucídides:

 «La peste, sobre todo, marcó también en la ciudad el comienzo del desorden». Y continúa diciendo que nadie estaba dispuesto a pasar penurias, a esperar, y a respetar las leyes de los hombres y los dioses. Era normal buscar el goce de la vida antes que la muerte les cayera encima. La peste, como acontecimiento histórico, o caso hipotético extremo y futuro, anarquiza el orden de la ciudad y nos fuerza a pensar el orden Somos partícipes de un experimento social a cielo abierto, todavía en curso. Vivimos un acontecimiento traumático y desconocemos con precisión los efectos que tendrá sobre nuestras vidas por venir. Hablamos de la disrupción digital y la irrupción climática. Para pensar el mundo pospandémico puede ser interesante partir de estos dos grandes temas. En este sentido, tendremos una aceleración de la digitalización y un ascenso de la conciencia ecológica. 

Las ciencias sociales modernas nacieron hace poco más de 200 años para pensar un mundo en crisis y dar respuesta a un tiempo fuera de quicio. De Auguste Comte a Emile Durkheim. De Georg Simmel a Theodor W. Adorno. Y, más recientemente, autores como Peter Sloterdijk o Bruno Latour. Vivir un mundo en cambio y en crisis no es, por tanto, tan novedoso. Tampoco es original pensar la crisis o la disrupción. Cada generación tiene el derecho a pensar en el apocalipsis que le toca. Pasan los gobiernos y quedan los analistas. Ahí vamos. Las plataformas de nubes y la inteligencia artificial están desplazando funciones centrales de los Estados y demostrando nuevos modelos espaciales y temporales de la política y de lo público al mismo tiempo que, en determinados casos, empoderando indirectamente a estos mismos Estados. Este auge técnico tiene implicancias fundamentales para el problema de la vida contemporánea y para el día después de la pandemia.

Benjamín Bratton desarrolla el concepto de la pila (The Stack). ¿Qué es The Stack? Una «megaestructura accidental» de software y hardware que compone nuevas gubernamentalidades y nuevas soberanías que deforman y distorsionan los modos de la geopolítica tradicional, la jurisdicción y la soberanía, mientras producen nuevos territorios en el ámbito digital.

«La historia debe comenzar con el Imperio Chino», decía Hegel en sus célebres Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. En tiempos de Hegel, China estaba tan lejos de su viejo esplendor como de la centralidad que tiene en la economía mundial contemporánea. Si París fue la capital del siglo XIX y Nueva York la del siglo XX, ¿es Beijing la capital del siglo XXI? Como sostiene el teórico chino Jiang Shiong, seguido con mucha atención por los altos dirigentes del Partido Comunista de su país, «China se puso de pie con Mao, se hizo rica con Deng y se hace poderosa con Xi». 

Según Milanovic, autor de Capitalismo, nada más: El futuro del sistema que domina el mundo (2020), vivimos un mundo capitalista, pero con eje en dos grandes polos: «capitalismo político», y «capitalismo liberal», con China y Estados Unidos como grandes líderes de cada tendencia. Desde hace algunas décadas, asistimos a un choque entre estos dos modelos ¿Tienen ambos modelos capitalistas las mismas chances de recuperarse rápidamente en la pos pandemia?

Supongamos que hay un aumento de la digitalizacion y un incre-

-mento de la conciencia ecológica en contextos de Estados empoderados y con aumento de pobreza, ¿esto se dará con más control de arriba hacia abajo como teme el analista israelí Yuval Noah Harari, pensador favorito de Silicon Valley, o de abajo hacia arriba? Es decir, ¿la nueva normalidad será acompañada de mayores controles de la ciudadanía hacia los Estados o de los Estados hacia las poblaciones? ¿Qué pasará con las guerras digitales entre grandes empresas tecnológicas y Estados? ¿La inteligencia artificial estará al servicio de los ciudadanos o será una herramienta de control de los Estados? ¿Ganará China la carrera por la inteligencia artificial contra Occidente?

Diferentes gobiernos hicieron uso de las tecnologías digitales para trackear personas, de forma especialmente inquietante en sociedades que no cuestionan el uso de las tecnologías sobre la privacidad o las libertades individuales. La disrupción digital se da, un poco lógicamente, en el marco de viejos paradigmas donde los países, con todas las diferencias del caso, van haciendo pruebas piloto y «van probando». Europa, Estados Unidos, China, Rusia, etc. Cada uno buscando imponer su modelo, poniendo al descubierto las incompatibilidades de cada uno, pero mostrando al mismo tiempo la fortaleza del capitalismo de plataformas (hasta en términos económicos) frente a la pandemia. De ahí que este sea un momento tan experimental.

La revolución digital debilita y a la vez potencia a los Estados. Si nos dirigimos a un proceso de aceleración de la digitalización, será preciso avanzar también hacia los nuevos  controles y contrapesos) de la era digital. Si Montesquieu planteó una forma de la división de poderes en el siglo XVIII, entonces hoy es preciso repensar la división del poder a partir de la nueva era digital y climática.

Si la peste de la que escribió Tucídides fue tan importante para que Hobbes pensara su modelo de Estado moderno, entonces esta nueva peste contemporánea debe forzarnos a pensar un nuevo orden para el siglo XXI. El
hombre vive en el mundo y el virus vive en el hombre. Estamos entrelazados el evento covid-19 nos lo recuerda. Esta no es ni la primera ni la última crisis que tiene como elemento disparador la irrupción de lo «no-humano», cuando los gobiernos toman cartas en el asunto son capaces de mover el horizonte de lo posible.

Pase lo que pase, el mundo ya no es el mismo. Como dice el escritor Kim Stanley Robinson: «ponerle nombre a las cosas era el poder que convertía a todo humano en una especie de científico». Estas disrupciones que nos atraviesan nos ayudarán a ponerle nombre a las cosas en la «tierra en trance» que se nos aproxima.

La revolución digital debilita y a la vez potencia a los Estados. Si nos dirigimos a un proceso de aceleración de la digitalización, será preciso avanzar también hacia los nuevos  controles y contrapesos) de la era digital. Si Montesquieu planteó una forma de la división de poderes en el siglo XVIII, entonces hoy es preciso repensar la división del poder a partir de la nueva era digital y climática.

Si la peste de la que escribió Tucídides fue tan importante para que Hobbes pensara su modelo de Estado moderno, entonces esta nueva peste contemporánea debe forzarnos a pensar un nuevo orden para el siglo XXI. El
hombre vive en el mundo y el virus vive en el hombre. Estamos entrelazados el evento covid-19 nos lo recuerda. Esta no es ni la primera ni la última crisis que tiene como elemento disparador la irrupción de lo «no-humano», cuando los gobiernos toman cartas en el asunto son capaces de mover el horizonte de lo posible.

Pase lo que pase, el mundo ya no es el mismo. Como dice el escritor Kim Stanley Robinson: «ponerle nombre a las cosas era el poder que convertía a todo humano en una especie de científico». Estas disrupciones que nos atraviesan nos ayudarán a ponerle nombre a las cosas en la «tierra en trance» que se nos aproxima.