by Samaria Márquez Jaramillo

De una manzana mordida y un pronombre minúsculo

Jesús Ángel Sánchez Moreno 

Nota de la Redacción: El autor de esta página deja su presentación personal para otra ocasión. Prefiere compartir lo que piensa: “Aprender es compartir. Aunque siempre pensamos que se aprende de, la realidad es que se aprende con. Inicié, hace un par de días, una nueva etapa: el adiós al aula. ¿Se jubila un docente? Sí, claro, pero lo que no se jubila nunca es el deseo de aprender y, por lo tanto, el deseo de compartir. Pienso este sitio como una especie de aula sin muros, como tal vez deberían de ser las aulas, todas las aulas. No se puede encerrar a la vida y, por lo tanto, no tiene sentido una educación enclaustrada.

Aquí iré incluyendo materiales elaborados por mí y materiales elaborados en cooperación con otras personas. También enlaces a materiales que pueden ser de interés para quien todavía cuando suena un timbre se apresuran para  entrar en un aula, sea docente, sea alumna o alumno. Y, también por si alguna persona lo demanda, anotaré opiniones, más que consejos, sobre un tema o un problema concreto”.

Tardé más tiempo del debido en conocer a Bernays, el sobrino de Freud. Él es el responsable de un concepto marco: la fábrica de consentimiento. ¿A qué se refería Bernays?: al complejo Propaganda-Publicidad. Y, más en profundidad, a la capacidad de utilizar una serie de dispositivos de enorme poder de penetración en las gentes para modelar mentalidades, fabricar conciencias, construir sujetos. Sin duda alguna, y desde la perspectiva del proceso de dominación que a lo largo del XX va pasando de sociedades disciplinarias (panóptico: vigilar y castigar) a las sociedades del (auto)control, el binomio Propaganda-Publicidad ha hecho más que muchos discursos, leyes y uso de una violencia total como arma de dominación. Es evidente que debajo de esa Propaganda-Publicidad existe ideología y existe violencia simbólica; pero lo que más importa es que la gente, cuando consume los productos de esa fábrica del consentimiento, va encaminándose hacia ese modelo social de comportamiento que nos mueve a “obedecer bajo la forma de rebelión”, como titularon los miembros del colectivo Cul de Sac su libro sobre el 15-M.
Es, pues, absolutamente imprescindible que desde la cultura de la sospecha y su herramienta, el pensamiento crítico, insistamos de manera contundente en analizar, por banales que nos parezcan, las retóricas propagandísticas- publictarias (la ideología del marketing). Penetremos hasta el fondo. Busquemos las trastiendas. Encendamos la luz y mostremos lo que se esconde en esos rincones velados a la contemplación de la gente. El sentido de este artículo quiere ir en esta línea y nace del capítulo de un libro en fase de elaboración sobre la patología del sistema educativo, un capítulo que quiere profundizar en los modos actuales de sociabilidad y en las tecnologías del yo.

Una manzana apetecible

Apple es mucho más que un éxito empresarial. Mucho más, también, que un impulso notable al mundo punto cero. Apple diseña y vende con gran éxito diversos productos de electrónica digital. Cuando empezó en la década de los 70 del siglo pasado su objetivo era diseñar un ordenador cuando estos todavía estaban lejos de pensarse como productos de consumo masivo. De hecho el primer ordenador que construyó Apple costaba el equivalente a 3.000 € actuales y si vemos su imagen, hoy no puede sino despertarnos una sonrisa.

¿Y la manzana como logo? En un primer momento, 1976, y solamente por un año, el logo de Apple no era la manzana tal y como la hemos conocido después. En ese año, Ronald Wayne diseñó un logo en el que aparecía una ilustración con Newton sentado bajo un árbol y una manzana, sin mordisco colgando sobre su cabeza. Una especie de banda rodeaba a la estampa con el nombre de Apple Computer Co. En 1977 el logo ya fue, tan solo, una manzana mordida.

Jugar con las palabras es, en muchas ocasiones, una forma de hacer volar el pensamiento. Logo y Logos. Heidegger dejó escrito que el mundo, para ser, ha de convertirse en su imagen. Logos-Logo. Si nos atenemos a ese primer diseño de Wayne en el año 1976 todo parece indicar que detrás de la marca y su querencia por la manzana late un homenaje a Newton. Incluso el hecho, olvidado, de que en los principios de los 90 Apple lanzara un producto que acabó en fracasó rotundo, el Apple Newton MessagePad H1000, podría abonar esa tesis. A partir del año 77 el logo mantenía la manzana, desaparecía Newton y, sobre todo, la manzana mostraba un buen mordisco. Otra interpretación se imponía. Jobs no ocultaba su admiración por Alan Turing, el genio que fue condenado y encarcelado por homosexual en 1952. Turing, el genio y el mártir: se dice que se suicidó tras inyectar cianuro en una manzana y morderla. Una forma de suicidarse, cuentan, pensada por Turing para no hacer sufrir a su madre que, así, podía creer que había muerto de muerte natural (y no, como hubiera dicho Antonin Artaud, suicidado por la sociedad británica). Para aderezar más la leyenda se dice que uno de los personajes de ficción que más entusiasmaban a Turing era… Blancanieves.

Manzana mordida. Otro campo de significado se abre si acudimos a las fuentes de la cultura occidental embebidas en eso que se ha llamado las Culturas del Libro. El relato del Génesis. Saber-Poder que diría Foucault. Dios ha plantado en el Edén dos árboles, el de la vida y del conocimiento. Este último le está vedado al ser humano. Adán y Eva pueden contemplarlo y cuidarlo, pero jamás comer sus frutos. Dios, el Poder, controla el Saber y su fuente. Permitir al ser humano, mera creatura, que adquiera el mismo saber que el que posee el Dios-Poder supone una seria amenaza porque esas creaturas se elevarían a la misma condición que el Dios. 

La interdicción es la forma de ejercer la dominación y el control bajo amenaza de severísimo castigo. El resto ya lo conocemos: la serpiente (el mal supremo) tienta a Eva (la mujer como puerta del mal) que a su vez  seduce a Adán y le mueve a sumarse a la rebelión por excelencia: desafiar a Dios. Liberación de la creatura a través del conocimiento, del saber. La rebelión, cómo no, fracasa y el Dios totalitario condena no solo a los dos personajes que han protagonizado la Revuelta sino a toda la humanidad posterior. Aún andan no pocas personas participando de ese rito bautismal que lava a quien lo recibe de la mácula del pecado.

¿Por qué, a partir del momento en el que se produce la ofensiva total de Apple para conquistar el mercado de masas la mayoría de sus productos empiezan por una simple i? iMac, iPad, iPhone. ¿Cuestión de diseño tipográfico? ¿Un juego estético ligado al marketing? Margaret Thatcher abrió el tiempo de la revolución conservadora en el que seguimos, aunque en una fase más radicalizada: la sociedad no existe, señaló, solo existe el individuo.

El total capitalismo, en la fase vinculada al desarrollo del Mundo Red, puso en marcha viejas tecnologías del yo renovadas (la llamada autoayuda que ya en sí es una declaración de intenciones: no necesito a nadie más que a mí) y, lo que es más importante, revestidas de una pátina de cientifismo: el coaching dio el salto desde el mundo de la preparación de tenistas profesionales al mundo empresarial y desde allí a todos los ámbitos de la sociedad, difundido desde las fábricas de consentimiento y a través de dispositivos como el sistema educativo.

Las máximas del coaching nos empujan a acomodarnos en un mundo y en un vivirlo en el que todo, tal y como denunciara Debord, para ser ha de convertirse en mercancía. Empezando por uno mismo. El yo se convierte en producto y el coach te dicta la norma: tú eres el producto y el productor que lo produce, tú eres tu Logo, y has de competir porque el mundo es competencia y competición. El éxito y el fracaso que obtengas dependerán de ti. No busques otros responsables. Pero tampoco te confíes en la creencia de que existe eso que la izquierda llama cooperación. Nadie copera con otro cuando está compitiendo por lo único que importa: el éxito o, en su defecto, que el fracaso no sea total. Los problemas sociales tienen una responsabilidad individual. Así es la nueva verdad. ¿Significa eso que no existen los demás, que tengo que vivir solo? No, tú serás una isla en un archipiélago de islas; pero olvídate de esas utopías estúpidas que te prometen la posibilidad de construir con todas esas otras islas que están ahí un continente.

La nueva sociabilidad no pasa por la relación interpersonal sino por la conexión instantánea, que, además,  te permite estar con otros sin el contacto, sin la necesidad de que salgáis de vuestras islas. Conéctate. Permanece conectado, siempre. Vive a golpe de clic: un like es suficiente, un tuit vale por todo lo que alguien pudiera intentar decir en un libro. Vive en tu isla. En esa isla que se llama Yo o, dado que el inglés es el lenguaje universal del Mundo Red, I. La primera persona del singular de los llamado pronombres personales (recordemos cuál es la función gramatical del pronombre: ejercer de vicario) en inglés se pronuncia ai, pero se escribe I, en mayúscula. En 1967, al mismo tiempo que Debord publicaba su “La sociedad del espectáculo”, Henri Lefèvbre publicaba “Hacia el cibernántropo. Una crítica de la tecnocracia”. El libro se cerraba con la exposición de esa nueva especie que nacía fruto del imperio de la tecnocracia. El cibernántropo no era un robot, ni siquiera un autómata. Los rasgos definidores de esa nueva especie: apego absoluto a la estabilidad; negador del potencial dialéctico-creativo del conflicto; flexible pero siempre dentro de un control que lo aleje de de la obligación de ser absolutamente previsible porque lo óptimo es ser, precisamente, previsible; comunica pero no piensa para no caer en el riesgo de amenazar la estabilidad; no deja de ser un organismo complejo, pero responde a leyes simples (órdenes) “y dispone de un sistema integrante e integrado de sistemas parciales auto-reguladores que constituyen un hermoso conjunto”

Fukuyama, cuando decretó el final de la historia y el triunfo total del capitalismo, también hablaba del último hombre. iPad, iPhone. Un yo adherido a un dispositivo que le permite ser esa isla que no necesita a nadie porque le basta con servirse de su dispositivo. El gran cambio, y permítaseme arriesgarme a ser simplista, es que las viejas sociedades de la vigilancia requerían de alguien que continuamente nos advirtiera de que permaneciéramos, de tiempo en tiempo, atentos a nuestras pantallas. La sociedad del total capitalismo no necesita de ese otro. Siempre estamos conectados a todo y sin alguien.