by Samaria Márquez Jaramillo

El Rey Arturo

Por ENRIQUE SANTOS MOLANO

La espada del Rey Arturo de Inglaterra se llamaba Excalibur. Era una espada mágica. Sólo Arturo podía empuñarla y lo hacía invencible. En Colombia también tenemos un rey Arturo. No empuñaba espada, sino pluma,. Una pluma que, como la espada del Rey Arturo Pendragon, es mágica. Por eso a la pluma de Aurelio Arturo podríamos llamarla Excalibur. Era una pluma embrujada de la que brotaba como magia una poesía que hace invencibles a quienes la leen. Una virtud más maravillosa que la de la espada del Arturo inglés. 

Morada al Sur es una región semejante al Camelot legendario donde Arturo tenía su Corte. En Camelot había una mesa redonda con doce caballeros que iban a la guerra para defender las causas nobles. En Morada al Sur los caballeros son varios cientos de versos y la mesa redonda es un libro de no más de cien páginas, alrededor de las cuales se hincan miles de lectores que buscan ser ungidos caballeros por gracia de la pluma mágica del poeta.

 

Aurelio Arturo nació al Sur, en La Unión, en 1906, en el entonces recién creado departamento de Nariño. Como lo recuerda Hernando Cabarcas Antequera, en su nota filológica y documentada, preliminar a la edición de la Obra Poética Completa de Arturo, inclusa en la Colección Archivos de la UNESCO, el primer poema arturiano se publicó en el Suplemento Literario Ilustrado de El Espectador, vespertino bogotano, el 27 de octubre de 1927. Arturo tenía 22 años no cumplidos y con ese poema, como si hubiera extraído de la piedra la espada Excalibur, se coronó príncipe de la poesía colombiana. Un poeta desconocido, joven provinciano, con algo novedoso, originalísimo, en el Camelot
poético y todos los caballeros lo aclamaron su par. El poema en cuestión se llama Balada de Juan de la Cruz, y no es coincidencia que tenga un título y un tono arturianos, regios por partida doble: arturianos por parte del rey Arturo y por parte del rey Aurelio Arturo. El poema dice:

Yo soy Juan de la Cruz, llamado el héroe
que partió con cien mozos y una bandera
a cubrirse de gloria bajo el sol.
y a elevar su grito rebelde entre las balas
aun más alto que el grito del rebelde cañón.
Yo soy Juan de la Cruz, llamado el héroe,
que vio a la tierra buena enloquecer
y beber salvajemente la sangre brava, y vio
caer sus compañeros junto a la cruel bandera,
bajo el cielo incendiado de la revolución.
Yo soy Juan de la Cruz, llamado el héroe,
dueño de un blanco corcel que victorioso
por campos de sangre y fuego lo llevó,
y en las fiestas del pueblo enardeció a las mozas,
quizá demasiado altas para sus quince años,
que eran ritmo en el talle y en los ojos fulgor.
Yo soy Juan de la Cruz, llamado el héroe,
de quien decían los niños en las tardes del pueblo,
señalando el ocaso que es como confusión
de banderas heroicas: por allá con cien mozos,
Juan de la Cruz, el héroe, partió.
Yo soy Juan de la Cruz, llamado el héroe,
que perdió su alegría que era también
un fruto de su tierra que bendijo el Señor.
Yo soy Juan de la Cruz, en cuyo honor el pueblo,
en medio de la plaza sólo un roble plantó.

Este su primer poema dado al público revela un ritmo nuevo en que la sencillez de las palabras arropa una exuberancia majestuosa, y de fondo, un humor fino y disolvente. Sarcástico. Había razón para el entusiasmo generoso que despertó entre los congéneres de Arturo. Un año después, el muchacho de La Unión, Nariño, era convidado por el influyente vespertino Mundo al Día, a la sección de autocaricaturas, en la que los grandes personajes de la vida nacional se pintaban como se veían, aunque no siempre se veían como se pintaban. A Arturo le tocó junto a la ya venerada y consagrada figura político literaria de Luis Eduardo Nieto Caballero. Como quien dice, el niño junto al doctor. Ello nos da idea de la importancia que adquirió el poeta del sur después de la publicación de su balada.

La nota que acompaña la autocaricatura de Arturo voy a transcribirla completa porque nos revela muchos aspectos de su naturaleza que, si bien tuve la oportunidad feliz de conocer por mí mismo, no he visto expresados en ninguno de los ensayos, artículos y estudios que se han escrito sobre Arturo desde su muerte, ocurrida en 1974. 

Uno de estos detalles desconocidos de su vida es el de que en esa época Aurelio Arturo era un convencido revolucionario pro soviético, un bolcheviquista, como les decían los conservadores a los admiradores de Lenín y de la revolución rusa de 1917. Hoy puede parecernos un caso raro, una extravagancia de juventud y una pose de poeta rebelde, pero si nos ubicamos en la segunda mitad de la década de los locos y dorados años veinte del siglo pasado, la primera pregunta que se nos ocurre es ¿Qué liberal colombiano no era pro bolchevique? Desde comienzos de la década los liberales vivían en efervescencia revolucionaria, convencidos de que su misión, en cuanto llegaran al poder, era hacer la revolución, como en efecto la hicieron en los dieciséis años venturosos en que ocuparon el gobierno, entre 1930 y 1946. Arturo, liberal de convicción, militaba con pasión en esa tendencia de izquierda y de reforma social en que estaban todos los intelectuales del momento, inspirados por la prédica eficaz de Baldomero Sanín Cano.

La nota de Mundo al Día, que firma Alfonso María de Ávila, dice:

“Aurelio Arturo, el poeta de origen judío, el versolibrista del soviet criollo, quiere que este dibujo inmoderadamente decorativo sea su autocaricatura. Aun cuando no se parece al intelectual de la carcajada estruendosa, sí hay de él algo o mucho psíquico, que es lo que a nosotros nos interesa.

“La pluma del filósofo crítico don Víctor Amaya González, tomó para sí y para sus venerables admiradores la personalidad de este poeta ignorado, lo alzó en vilo, y de allí no se ha bajado. No ha querido bajarse. Ahí está colgado como las serpentinas sobre los alambres telegráficos después de una batalla de carnaval.

“Sus pupilas son claras, de un color casi invisible. ¿La lumbrarada de la gloria las habrá ofuscado? Tal idea nos la ha testificado en su sugerencia este dibujo de apolónida coronado de uvas y de otros condimentos florales, al advertir firmemente cerrado el ojo y el gesto hermético.

“Si entraña él un asomo de decoración seria, podríamos declarar que el poeta es víctima de un narcisismo morboso, y de hecho lo condenaríamos a ser atendido por un siquiatra. Pero el dibujo fue trazado con intención humorística. Debemos sonreír ante la fina y audaz ficción.


“¡Ah! Si fuese cierta nuestra suposición anterior, diríamos que el poeta, con sonrisa de hombre que ha dominado todas las situaciones sociales de la vida, sonríe cínicamente de sí mismo.
“Pero decae nuestro ánimo ante la comparación de sumo contraste que hallamos entre la sonrisa, que pudiéramos llamar física, de Arturo, y la que nos sugiere este dibujo. La primera es una risa dura, sin desbastar; la otra, la psicológica, es una risa que apenas es sonrisa, un gesto leve.
“Mas pudiera ser que la risa física del poeta fuese sólo una risa de ficción, de intención humorista. Y para resolver en algo esta hipótesis, debemos decir que Aurelio Arturo ríe a carcajadas, con una apariencia mecánica. Ríe y al instante domina su gesticulación de hombre inculto, quedando inmediatamente serio.
“En todo caso nosotros nos declaramos insuficientes para determinar esta circunstancia psicológica. Sólo planteamos la ecuación para que sea resuelta por un profesor en la materia.
“–¿Y las uvas? ¿Y las flores?

“Esto también es para ser analizado. Ante todo, mostrémonos honrados; cuando el revolucionario lírico hacía su autocaricatura, dibujaba sobre una revista ilustrada. El papel en blanco transparentaba las uvas y las flores, y cuando ya había trazado el ojo muerto, la nariz semita, la boca y la barba efébicas, se dio a copiar, calcándolo, el dibujo de la portada.
“¿Se vio dónde menos lo esperaba, en la decoración de una portada?
“O al cerrar el ojo, quiso expresar que, habiéndolo cerrado, no podía haberse visto como se dibujó?

“En resumen, hubiera tenido o no intención de dársenos en esto que el llama su autocaricatura, este dibujo inmoderadamente decorativo muestra a Arturo en toda su egolatría de artista o de lo que la crítica habrá de señalarle que es”.

Nadie le señala a un rey absolutista como Arturo, ni siquiera la crítica, qué es o qué habrá de ser. Arturo ya sabía con certeza qué era y por dónde estaba trazado su camino. No necesitaría cubrir el sendero con densos jardines de flores poéticas, ni sembrarlo de anchos e imposibles volúmenes repletos de versos y más versos. 

El rey Arturo se percataba de que, con una flor, pequeña de apariencia, le bastaría para esparcir un aroma perpetuo que alentaría en los sentimientos de las generaciones siguientes, benditas por su poesía hasta la décima o la vigésima, o muchas más. La sonrisa de la autocaricatura Art Deco de Arturo que intriga al comentarista aprendiz de psicólogo, es similar, casi idéntica, a la sonrisa misteriosa y burlona de la Monalisa, y revela el carácter propio de Arturo, que siempre se burló de sí mismo y de todas las cosas y de las personas solemnes y aburridas. De ahí que sus carcajadas de cristal se quebraran de repente y fueran sustituidas por un gesto adusto y una sonrisita no por imperceptible menos socarrona.
Morada al Sur se publicó en libro, por primera vez, y con ese título general, en 1963, en que fue galardonado su autor con el premio nacional de poesía Guillermo Valencia. Cuando recibió el premio tenía Aurelio Arturo la sonrisa extraña y suave de su autocaricatura de treinta y cinco años atrás. Ya había recorrido el camino, y lo había recorrido bien, con paso firme hacia el final glorioso, y sin que ningún crítico tuviera necesidad de señalárselo. Creo que en los diez años faltantes de su periplo en la tierra, no escribió más versos, o muy pocos. Se dedicó a hacer traducciones de grandes poetas afines a su espiritu, como Kavafis y de algunos africanos que encontró en lengua inglesa. En 1969 me hizo el honor de aceptar la dirección de la revista El Escritor, y se dedicó a ella con un entusiasmo juvenil sorprendente. Estaba en la oficina a las ocho de la mañana y se iba a las ocho de la noche, deseoso de que el contenido de la revista hiciera época. Por desgracia falló la estrategia financiera y sólo se publicaron dos números que me permitieron medir la importancia continental de Aurelio Arturo, pues llegó correspondencia de casi todos los países de América Latina para felicitar a Arturo por la nueva revista. La edición de Archivos citada no recoge la traducción que Arturo, con el seudónimo de José Filidor, hizo del poema La poesía de los tambores, del africano J. H. Kwabena Nketia, ni tampoco la docta nota de introducción escrita por Arturo, y que se publico en el segundo y último número de El Escritor. El poema está incluido en el libro Cantos Fúnebres del pueblo Akan, de donde lo tradujo Arturo, después de empaparse de la vida y la bibliografía de Kwabena Nketia, y de hacer un estudio a fondo sobre las costumbres africanas en torno a los tambores. Ese era otro de los secretos ocultos en la sonrisa incomprensible de Arturo. Una sabiduría profunda y un conocimiento que superaba la erudición, y que acaso Borges le hubiese envidiado.
Para traducir, y darle un sentido cabal, a un poema denso como La Poesía de los Tambores, se necesitaba poseer, dominar el arcano que hacía del tambor un instrumento sagrado para los africanos. No era fácil proponer en castellano una versión capaz de llevar al lector de estas latitudes una comprensión de costumbres que le eran desconocidas y lejanas. Me consta que Arturo hizo más de cinco borradores de esta traducción, hasta quedar satisfecho. Su trabajo resultó una obra tan perfecta como el original
Para cerrar esta nota ligera de recuerdos cariñosos y de admiración en el contorno de un hombre extraordinario, de un poeta del siglo XX que fue primus interpares, tomo algunos versos de La poesía de los Tambores, escrita en inglés por el africano J. H. Kwabena Nketia y traducida al castellano por Aurelio Arturo:

 

Clavijas del tambor golpeadas por los tamboreros,
Clavijas del tambor, si habéis estado lejos,
Yo os llamo, dicen que acudiréis.
Estoy aprendiendo, dejad que me luzca.

Elefante Kotonidefi, que suelta Kotoko,
Elefante de Kotoko, que se traga a los otros elefantes,
Elefante, si habéis estado lejos,
Yo os llamo, dicen que acudirás.
El que vio tu nacimiento
Nunca comprenderá tu comienzo.
El que supo cómo te formaste
Nunca supo cómo nacerías.
¿Iremos hacia delante? Encontraremos hombres combatiendo.
¿Presionaremos? Encontraremos hombres huyendo.

 

Bolillo de madera Ofema,
Bolillo curvado,
Si has estado lejos,
Yo te llamo, dicen que volverás.
Estoy aprendiendo, dejadme hacer.

Okwanin Akyem, que lucha sobre las colinas,
Osekyere que arranca la bolsa de la pólvora,
Okwanin Akyem, el muy noble,
Hijo de Tweneboa Kodua, el muy noble.
El muy justo Opoku dice que está de rodillas ante ti.





El te implora y está a punto de trocar los tambores que hablan.
Cuando toco el tambor dejadme que lo haga suave y firmemente,
Sin falta alguna.
Estoy aprendiendo, dejadme hacer.
Cuando sueno el tambor dejad que lo haga suave y firmemente.
No me dejéis fallar.
Estoy aprendiendo, dejad que me luzca.