by Samaria Márquez Jaramillo

Los pergaminos del nuevo Mundo

Celso Amorín *

* Celso Amorim nació el 3 de junio de 1942 en Santos, en el Estado de São Paulo. Se graduó del Instituto Rio Branco en 1965, obteniendo un posgrado en Relaciones Internacionales de la Academia Diplomática de Viena, Austria, en 1967. Es un diplomático de carrera que ha servido como Ministro de Asuntos Exteriores de Brasil en dos oportunidades (1993-1994 y 2003-2010) y como ministro de Defensa DE 2011-2014). En 2009, fue indicado por la revista estadounidense Foreign Policy como el mejor Ministro de Asuntos Exteriores del mundo. Fue embajador del Brasil ante la OEA.

Los próximos meses y años forzarán cambios geopolíticos a escala nacional y global que reconfigurarán el actual orden mundial. Los desafíos deben ser afrontados con unidad, no con confrontación. 

Aunque resulte muy difícil pronosticar cómo será el mundo post-covid-19, parece haber consenso entre los principales analistas en que se producirán profundos cambios en el orden vigente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, orden que incluye las importantes transformaciones geopolíticas –menos estables de lo que se suponía– que se ‘dieron con la caída del «socialismo real» y la disolución de la Unión Soviética.

Uno de los cambios más predecibles, sobre el que no parece haber mucho desacuerdo (al margen de los juicios de valor al respecto), es que China ha superado a Estados Unidos como la mayor economía del planeta. Esta superación ya se ha producido en términos de poder adquisitivo, un criterio utilizado a menudo por las instituciones financieras internacionales, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, para depurar las fluctuaciones cambiarias a la hora de medir el peso económico de cada país. En unos pocos años más, con toda probabilidad, la economía china superará a la estadounidense también en términos de PIB medido en precios de mercado.

Cabe señalar que el ascenso económico de China, como suele ocurrir, se refleja en el plano político y, en menor medida –pero de manera perceptible–, en el terreno militar- estratégico. Incluso los pensadores occidentales, en particular los estadounidenses, señalan el crecimiento del llamado «poder blando» (soft power) chino, en contraste con la pérdida de atractivo de Estados Unidos. Investigaciones recientes, realizadas durante la pandemia, han puesto de manifiesto esa pérdida de popularidad de la autodenominada «tierra de la libertad» en el imaginario de los países europeos, en especial en Alemania. En los últimos años se ha registrado un incremento del atractivo de China gracias a programas como la «Iniciativa de la Franja y la Ruta», también llamada «Nueva Ruta de la Seda», que han llevado al país asiático a líderes de varias naciones desarrolladas. El atractivo de China, a pesar de que se mantengan reticencias respecto a su régimen político, tenderá a acentuarse a corto y medio plazo por la percepción de que, mejor o peor, el país fue capaz de contener el virus, por su activismo diplomático en acciones de cooperación relacionadas con la pandemia, y por su mayor disponibilidad para realizar inversiones en otras regiones del mundo. Al mismo tiempo, la actitud de indiferencia o incluso de hostilidad de Donald Trump hacia otros países dará lugar, como señaló entre otros Joseph Nye (creador del concepto), a un declive aún más pronunciado del «poder blando» estadounidense.

Una de las grandes incógnitas, que se aclarará en los próximos meses, es precisamente hacia dónde se dirige la política exterior de Estados Unidos. Es obvio que los intereses estructurales estadounidenses seguirán siendo los mismos, empezando por el capital financiero, las grandes empresas de tecnología y las consideraciones estratégico-militares,

aunque los intercambios internos derivados de la pandemia y la creciente agitación de la población afro-estadounidense puedan modular sustancialmente la forma en que esos intereses se presenten y defiendan en todo el mundo. En esencia, se trata de saber, a la hora de elegir entre Joe Biden y Trump, si Washington mantendrá una actitud de defensa agresiva de sus intereses económicos y estratégicos, sin tener en cuenta otras posiciones o sensibilidades; o si, como ha ocurrido en gran medida desde la Segunda Guerra Mundial, tratará de modular su acción para evitar conflictos arriesgados y enfrentamientos innecesarios. Tendremos respuesta a esta pregunta en los primeros días de noviembre.

Este retroceso de Estados Unidos frente a China podría indicar que el mundo transitará del remedo de unipolaridad que sucedió a la Guerra Fría, que ya se había ido desvaneciendo en las dos últimas décadas, hacia una nueva bipolaridad (algunos analistas hablan de una «nueva Guerra Fría»). No hay que subestimar el potencial de conflicto y rivalidad entre las dos economías más grandes del mundo. Un respetado analista político que ha ocupado importantes cargos en el gobierno de Estados Unidos, Graham Allison, acuñó la expresión «trampa de Tucídides», relativa al riesgo (o la casi certeza) de confrontación o guerra cuando una potencia emergente supera o amenaza la supremacía de otra hasta entonces dominante. Esto fue lo que pasó entre Atenas y Esparta en la Guerra del Peloponeso, cinco siglos antes de nuestra era. 

Pero esto no es necesariamente así. En primer lugar, desde un punto de vista estratégico- militar, no se puede descartar a Rusia, cuyo potencial de armamento moderno altamente destructivo ha sido continuamente actualizado y mejorado; desde cohetes hipersónicos hasta torpedos de gran alcance con capacidad nuclear. Además, Rusia posee un vastísimo territorio, que va desde el corazón de Europa hasta las lejanas tierras árticas del Extremo Oriente, rico en recursos naturales, empezando por petróleo y gas, cuyo papel en la economía mundial no necesita comentario alguno. Por no mencionar el hecho de que, tras el periodo de «resaca» yeltsiana, tras la disolución de la Unión Soviética, Moscú demostró de nuevo una gran firmeza en la escena internacional, ilustrada, entre otras cosas, por sus acciones en Crimea y Siria. Así, desde un punto de vista estratégico-militar, pero con evidente impacto político, sería quizás más correcto hablar, en lugar de bipolaridad, como mencioné antes, de un «trípode» en el que tres superpotencias buscarían equilibrios variables.

Hoy, este equilibrio tiende a manifestarse mediante una alianza «euroasiática» entre Moscú y Beijing, frente a un gobierno estadounidense deliberadamente agresivo y muy imprevisible, como quedó demostrado en los conflictos de Siria y Afganistán y, en cierta medida, en relación con Corea del Norte. Pero la estabilidad de esta alianza está lejos de ser algo permanente. Nada descarta la posibilidad de que, como en el pasado (¿quien no recuerda el conflicto chino

-soviético de los años 60 y 70?), se produzcan choques de intereses entre las dos grandes potencias del continente euroasiático de los que, llegado el momento, pueda beneficiarse Washington. Una frontera común muy extensa puede dar lugar a importantes acciones de cooperación, pero a menudo también es una fuente de fricción. Este no es el escenario más probable por el momento, dada la gran dependencia de Rusia de la inversión y el apoyo económico chino, pero no hay que descartarlo en un escenario a largo plazo.

Este «trípode estratégico» no agota el cuadro de actores que conformarán el nuevo orden mundial posvirus, sin embargo. En un mundo reconstruido, la Unión Europea seguirá teniendo un peso relevante. Las decisiones recientes parecen indicar una voluntad renovada de sus integrantes más importantes, en particular la Alemania de Angela Merkel y la Francia de Emmanuel Macron, de fortalecer a la Unión, especialmente en lo que refiere a una nueva comprensión del papel de las instituciones europeas en la política fiscal. Además de los préstamos, los gobiernos europeos han acordado importantes incentivos directos, en forma de subvenciones en el rango del billón de euros, para
impulsar la reconstrucción después de la pandemia. Obviamente, es necesario esperar para ver cómo estas buenas intenciones anunciadas por la Comisión Europea se traducen en proyectos concretos en beneficio de las economías más afectadas por la crisis. En un sistema multipolar, en el que será necesario contrarrestar el ejercicio bruto del poder con actitudes de auténtica cooperación, no debe subestimarse la capacidad de iniciativa y negociación de la Unión Europea. Paradójicamente, a mediano plazo, el Brexit, que siempre se señaló como un síntoma de debilidad, puede haber contribuido a reforzar el eje París-Berlín, con ramificaciones, sobre todo, en el sur de Europa. Por supuesto, la unidad europea seguirá enfrentando a grandes desafíos, entre ellos la tendencia autocrática de algunos países de la antigua órbita soviética, que amenaza con debilitar la imagen democrática que el Viejo Continente desea proyectar. En cualquier caso, en las principales negociaciones sobre cuestiones globales, como el clima, la inmigración, el comercio y los derechos humanos, Europa tenderá a actuar de manera coordinada. En un mundo de grandes bloques (Estados Unidos, China y Rusia son bloques en sí mismos), la Unión Europea hará sentir su influencia.

Esto nos lleva, finalmente, a la pregunta: ¿cuál es el lugar de América Latina y el Caribe y, en particular, de Brasil en la construcción del Nuevo Orden? Una opción para los países de la región sería actuar de forma aislada, tratando cada uno de ellos de sacar el máximo número de ventajas individuales de alianzas preferenciales con alguno de los principales polos estratégicos. Esta opción por la «subalternidad», que de hecho ha sido practicada ya por algunos gobiernos, nos dejará rehenes de los intereses de una de las grandes potencias responsables del equilibrio mundial. Siempre que el interés de un país o de la región choque con el poder hegemónico, el país o la región tendrán que ceder. En cuanto a los valores, se dejarán de lado ideas como la solidaridad, la cooperación y el diálogo pacífico en favor del «destino manifiesto» del país líder. Parecería más lógico, en una nueva «multipolaridad» (aunque con rasgos de bipolaridad) que se avecina, que las naciones de América Latina y el Caribe actúen lo más unidas que sea posible, ya que como países en desarrollo, deben seguir preparándose para los grandes retos económicos y tecnológicos del futuro.