by Samaria Márquez Jaramillo

El infralumpen de la deshumanización global

Un relato incómodo sobre la acogida de migrantes en España y en la Europa del Himno a la Alegría

No basta con levantar al débil, hay que sostenerlo después (Shakespeare)

Por Javier Cortines

Los éxodos bíblicos que vivimos desde hace décadas y que constatan la degradación moral de Occidente (vocablo que viene del latín “occidere”, morir) han cambiado para siempre la bonita geografía humana del primer mundo, donde hasta hace poco festejábamos como locos nuestras victorias históricas sobre “las razas inferiores” que durante siglos colonizamos, explotamos, esclavizamos, violamos y exterminamos.

Las ONG´sy las mafias, cual serpiente del bien y el mal que se muerde la cola, llevan a cabo “su tarea humanitaria” y, una vez cumplida su misión, “los gobiernos que nos representan” aíslan en condiciones miserables a “los intrusos” que se estrellan contra los muros del rechazo social. No basta con levantar al débil, hay que sostenerlo después, decía el bardo universal   William Shakespeare.

 

De nada vale nuestra “bondad” si detrás no hay una planificación sólida, dotada con ingentes recursos económicos, medios y personal cualificado, destinada a la “acogida digna, la educación, la preparación e integración” de los “nadies” que viene a nuestras costas “con el sueño europeo o americano”.
Sin esa condición “el infralumpen”  que acogemos en barrios pobres o marginales, o en las zonas rurales donde “los harapientos” suelen caer en manos del “diablo”, que son tan largas como invisibles, estamos dando palos de ciego. Engañándonos a nosotros mismos para dejar 

“nuestra conciencia tranquila”,esa que velamos para no ver la verdad.

Con escasas excepciones, a los migrantes les encerramos en “guetos”. Aquí también se practica “el apartheid”, aunque esa palabra sigue siendo tabú para la progresía que nos gobierna, esa que utiliza con cinismo el eufemismo. Ni las feministas protestan por las temporeras magrebíes que  doblan el espinazo de sol a sol -con salarios de hambre- en las huertas españolas donde sale la fruta para Europa. ¡Ay de esas mujeres! Muchas de ellas sufren una doble explotación: la del marido y la del patrón.

Europa es un invento -como la máquina tragaperras- hecha a medida de los patricios y la burguesía material e intelectual. ¿De verdad queremos abrir las puertas a los refugiados? 

¿Acaso tenemos la generosidad y la voluntad de crear la multimillonaria arquitectura que se necesita para recibir como Dios manda a los millones de desplazados que huyendo de la muerte se agarran a nosotros como a un

 

clavo ardiendo? ¿De verdad queremos compartir mesa con ellos, tenerles de vecinos en nuestro barrio y bendecir los matrimonios de nuestros hijos e hijas con “los desarrapados” de las pateras?

Me temo que aquí hay mucho llanto de cocodrilo y que los gobiernos europeos cada día nos representan más. Excepto ciertos grupos de la resistencia, “la raza aria” (a la que también pertenece la izquierda desclasada que cuando se emborracha canta la Internacional) está encantada con pasar “la carga de los refugiados” a Turquía y pagar a Estambul, Jordania, Líbano etc., “cheques en blanco”, para que la sangre no ensucie el piso de nuestra sociedad del bienestar.
Otro gallo cantaría si los desplazados llegasen en carretas cargadas de oro, con mujeres en minifalda que nos guiñasen el ojo y hombres que aceptasen “una cultura muy superior a la suya”.

Los éxodos bíblicos que vivimos acá y acullá son vistos cual plagas (causadas por el cambio climático y “otros murciélagos) que amenazan con derribar los pilares de “nuestra civilización” y de nuestra religión del dinero que a los más ricos da pases para que maten elefantes y pongan sus colmillos en los despachos donde solo se habla de la bolsa y los bolsillos.
Hemos pasado de la Santa Inquisición a la Santa Comisión. 

Cada vez que un grupo de refugiados o desplazados se establece en un barrio o calle de una urbe adinerada o de clase media, los vecinos empiezan a huir atemorizados, 

malvenden sus viviendas y compran casas o pisos al otro extremo de la ciudad donde habitan “sus homólogos”. 

Si llegan “migrantes ricos” la cosa cambia, el dinero es condición sine qua non para alternar con el becerro de oro e incluso con gente corriente a la que se ha lavado, con lejía Trump, su cerebro castrense, ese de la metralla y la muerte.
Yo tuve varios amigos: palestinos, sirios, egipcios, chilenos (huidos de
Pinochet y de “otros monstruos”) que, incluso con estudios superiores, lo pasaron muy mal intentando encontrar un hueco en nuestra sociedad. Si ellos, que pertenecían a la elite de los refugiados, no encontraron la famosa “hospitalidad española” o la humanidad global que tanto mola ¿qué destino espera en esta Europa de “los euros” y de “la ruleta rusa” a esos “nadies” que llegan a nuestras costas con el estigma del animal o a los indígenas que llevan la dolorosa marca de la humillación que grabaron en su rostro los centauros?

Mientras tanto (el pensar produce dolor de cabeza) escuchemos el Himno a la Alegría de Ludwig van Beethoven y echemos la culpa al otro de las injusticias que sufre este planeta donde “los muertos intentan abrir los ojos a los vivos”.

1 Con esa denominación vamos mucho más allá del término acuñado por Marx y Engels pues nuestro siglo XXI, engullido ferozmente por el total capitalismo, necesita de un cataclismo para que “los muertos sigan abriendo los ojos a los vivos”.
2 La mala gente que se cuela entre ellos, una sonora minoría que ensucia la imagen del total y que sirve de carnaza al racismo y de base para envenenar los medios de comunicación, debería ser extirpada sin contemplaciones y puesta de ipso facto de patitas en la calle. No se debería permitir que unos cuantos canallas (individuos con mala sangre) salpiquen con sus acciones o actitudes a una mayoría necesitada de humanidad que siempre acaba pagando los platos rotos.
3 Esa expresión está sacada de un artículo del científico José Carrión, catedrático de biología evolutiva, que trata de la nefasta “gestión del Covid 19” y que se puede leer pinchando en este enlace: el árbol sufí