by Samaria Márquez Jaramillo

Frío, luminiscencia y otras cosas de la ciencia y la fantasía

(Un cuento de miedo para jóvenes curiosos)

Julio Mateos Montero​

Faltaban pocos días para Santo Tomás: el solsticio de invierno que, como sabéis, tiene la noche más larga del año. En tierras salmantinas nos habíamos librado hasta entonces de unas nevadas que habían cubierto el país más al norte de nosotros. Por la mañana empezaron a caer unos copos y a mediodía ya estaba el paisaje de esta manera que puede verse en la primera fotografía.

A eso de media tarde dejó de nevar y al llegar la madrugada vino una fuerte helada. El termómetro bajó a nueve grados bajo cero. Salí a la puerta de casa con la cámara de fotos y apunté al exterior. Disparé con el «flash» e inmediatamente me di cuenta de que había conseguido – véase la segunda foto – un logro nunca alcanzado por la ciencia ni por los poetas. Había retratado EL FRÍO.

No eran copos de nieve ni ningún otro meteoro pues allí afuera no había más que silencio y una profunda oscuridad.

Esa imagen burbujeante del frío que cae del cielo para helar la tierra trajo a mi memoria los cuentos de Lovecraft (El color surgido del espacio) y esa noche he delirado con una confusa letanía sobre el color y el calor; sobre sus ausencias que son la oscuridad y el frío.

Pero no se acaba aquí lo que puedo contar de aquella noche. Unos minutos más tarde observé un fenómeno que nos remite también a ese curioso lugar de encuentro entre la ciencia y las fantasías espectrales. Penetré unos pasos en el jardín y en la negrura de la noche vislumbré una débil luz verdosa, claramente localizada en la dirección y a la distancia aproximada de la leñera. Según me acercaba, con tiento de no tropezar, el punto luminoso se hacía más visible y recordaba mucho a la luz que emiten los relojes fluorescente en la oscuridad.

Efectivamente, se trataba de una luminiscencia pero que, en este caso, tenía un sorprendente origen. Resulta que unos días atrás había dejado en la leñera las sobras de un arroz con restos de calamares y de gambas, para que comiera un pobre gato abandonado. Yo lo llamaba el paria o proletario para distinguirlo bien de otro gato criado en casa, que vivía, mimado, a cuerpo de rey. Ya junto al lugar de la luz, comprobé con la ayuda de una linterna, que era de ese arroz con calamares de donde procedía la rara fosforescencia (que no fluorescencia). Por lo que fuera, el gato no lo había comido y, poco a poco, el contenido del plato se había llenado de microorganismos, posiblemente de bacterias, dando lugar a un fenómeno raro, aunque no extraordinario, que se conoce como bioluminiscencia. Toqué con el dedo aquella papilla gelatinosa, que era la fuente de la luz y, como era de esperar, comprobé que estaba fría, muy fría.

Seguramente sabéis que la luz fría aparece en muy variados sitios y situaciones: en las tripas y apéndices de monstruosos animales que habitan los abismos oceánicos, en el frío abdomen de las luciérnagas y otros insectos que solo son vistosos a distancia y se muestran bastante repugnantes cuando los atrapamos, en el fuego fatuo procedente de plantas y animales en putrefacción y que se eleva en oscuros cementerios y malolientes pantanos, en hongos que se alimentan de árboles muertos y húmedos. Tal vez también sabéis que, desde antiguo, los marineros han contado historias sobre la luminiscencia que se extiende por la superficie del mar, en noches sin luna, hasta perderse en el horizonte.

El lector curioso puede encontrar las explicaciones científicas de tales fenómenos. Se va a encontrar con un asunto complicado del que todavía no se conocen los “últimos detalles”. Pero antes de las explicaciones de la ciencia os invito a dejar suelta la imaginación entre el bosque de los misterios inenarrables, por el mundo de los miedos ancestrales que no tienen explicación, que solo se sienten. La LUZ FRÍA nos abre la puerta…

Vuelvo ya a mi relato. A partir de aquí sois libres de creerlo o no. Motivos hay para que os parezca increíble: Pasaron dos o tres días y el famélico gato vagabundo se acabó comiendo los restos del arroz infectado y eso tuvo fatales consecuencias. Se le fue cayendo el pelo, se volvió esquivo y maullaba con voz ronca. El pobre bicho un día desapareció y no lo volví a ver. Bueno, lo volví a ver tal y como os contaré ahora. 

Llegaron y se fueron otros veintitantos días –un ciclo lunar– y, en otra noche fría y oscura como boca de lobo, yo estaba dentro de casa, junto a la estufa, cenando unas setas y bebiendo un porrón de vino mientras se oían silbidos del viento. Poco a poco me fui quedando amodorrado y luego dormido…

En la puerta se oyeron unos roces y unos gemidos. Me costaba prestarles atención, hasta que su insistencia me hizo levantar del sofá e ir a ver de qué se trataba. Yo actuaba como un autómata o un sonámbulo, sin voluntad. Me movía más por una extraña atracción que por curiosidad. Al abrir la puerta no vi nada. Luego, a unos metros, divisé la confusa forma de un gato famélico, sin pelo,… Pero lo que causó más estupor (o espanto) en mi embotado cerebro es que el gato brillaba con la característica luz verdosa de la bioluminiscencia. Las siguientes sensaciones tenían la angustiosa confusión y el ritmo lento de las pesadillas. El viento se había detenido. Mis pasos siguieron al gato fosforescente que caminaba delante de mi. De vez en cuando él miraba hacia atrás y maullaba unas veces de forma lastimera y otras con un acento de rabia. Caminé y caminé un largo rato que no puedo precisar, atrapado en la noche, siempre con la única guía luminosa del espectral bicho al que ya había reconocido como el gato perdido que encontró cobijo en mi leñera. Lo veía cada vez con más claridad y a mi alrededor creía reconocer algunas sombras de lugares que me eran familiares. Finalmente el gato se detuvo junto a un viejo árbol; un olmo medio seco y muy grande, de silueta inconfundible, que está a la orilla del río Tormes, a una buena distancia de mi casa. El gato giró hacia mi su desdichada figura, abriendo las fauces y emitió un largo y espantoso maullido. Un gemido casi humano… No recuerdo más.

Me desperté en el sofá con la opresión de un mal sueño. La estufa estaba apagada y por la ventana entraba la claridad de un día de invierno luminoso, soleado. Pero en mi ánimo estaban muy presentes los detalles de la pesadilla, de mi desagradable excursión nocturna. Después de desayunar, sin saber muy bien la razón fui a pasear por el camino que conducía al olmo del río. Unos pasos antes de llegar árbol ya noté el olor del gato muerto, y al instante lo vi, como se suele decir, “en avanzado estado de descomposición”. Allí estaba vaya usted a saber desde cuando… No dudé en volver a casa a coger una azada para proceder a enterrar al animal. Lo de enterrar a los muertos es la obra de misericordia más higiénica y, en este caso, una sabia precaución para no volver a ver ni en sueños al gato.

Habéis de saber que la bioluminiscencia es causada por una sustancia orgánica, una proteína que tienen las bacterias luminiscentes y que se llama luciferina. Ahora ya no llamo a aquel gato paria, proletario o vagabundo. Lo llamo Lucifer.