by Samaria Márquez Jaramillo

No es pandemia, es enfermedad moral, peste política

Jesús Ángel Sánchez Moreno

Tantas veces se ha citado el comienzo de “Historia de dos ciudades” de Dickens, que ahora dudo de recurrir a esas palabras.

“Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos; íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.”

 

Tampoco es que tenga clara la necesidad de escribir. ¿Puedo añadir algo a todo cuanto se está diciendo ya y a todo cuanto ya está siendo pensado para decirse en un futuro próximo? No lo sé; pero siento el impulso de decir, aunque sea tan sólo para abrir la compuerta que permita evitar que el malestar se desborde y acabe anegándome por completo. Las palabras de Dickens, en grado superlativo, como bien dice él mismo se avienen como acertado y oportuno bosquejo del paisaje humano en este tiempo oscuro. Pero no voy a hablar de la pandemia causada por el covid-19. No tengo la formación necesaria ni la desfachatez de laque tantos carroñeros hacen gala… Quiero escribir sobre otra pandemia, una que no es nueva ni inexperimentada, palabra que acertadamente utilizaba Emilio Lledó para definir este nuestro hoy, que a mi saber y entender es una enfermedad moral, y por lo tanto política, que empezó justo cuando nos rendimos y dejamos que esa caterva de seres ruines, mezquinos nos gobiernen sin otra respuesta por nuestra parte que la pura conformidad. Hace demasiado tiempo que el cuerpo social de eso que llamamos democracia viene sufriendo una pandemia: el conformismo.

Necesito, antes de desarrollar mi relato, precisar algunas cosas. Por ejemplo que escribo desde la sola condición de ciudadano sin adjetivos. Ni intelectual ni experto ni académico ni periodista. Un tipo corriente. Sin demasiado brillo. Por ejemplo, que cuando abordo esta escritura llevo más de un año enfrascado en otro trabajo: un análisis sobre el sentido, impacto y consecuencias de la crisis que se inició en 2007. Ésa que nos dicen ya podemos conjugar en pasado. Y sí, si miramos hacia otro lado estamos de acuerdo en conjugarla en pasado. Mirar hacia otro lado es uno de los rasgos que mejor definen nuestra condición tardomoderna, la de sujetos conformados. Pero necesito comprender nuestro hoy, que no he de reducir a un instante, para mejor poder prepararme para las exigencias que están por venir.

En estos días de confinamiento son numerosas, tal vez excesivas por mucho que estén animadas por las buenas intenciones, las iniciativas que se nos proponen para pasar el rato, para, como suele decirse, matar el tiempo (una estúpida expresión porque es justamente el tiempo el que nos mata inexorablemente). Una de ellas es contar o fotografiar lo que ves desde tu ventana o tu balcón o tu terraza. ¿Nos hemos percatado de la paradoja que da muestras de la catadura del tiempo que somos? Hasta hace un par de meses los balcones y las ventanas eran el lugar donde colgar banderas contra otros. Ahora son el sitio desde donde aplaudir a todo el personal que está luchando contra esta pandemia. Bien, este escrito que ahora comienzo no pretende ser otra cosa que una reflexión desde una ventana que se abre a la sociedad que somos, al mundo que hemos creado.

 

Pensar requiere perspectiva. Dos aspectos que, en tiempos definidos por la sumisión al vértigo de la velocidad que convierte todo en instantes desconectados entre sí, se presenta, como poco, como problemáticos. La velocidad y su vértigo recomponen el paisaje. ¿Lo escribió Virilio? No lo recuerdo, pero basta con pensar en la comparativa de aquellos viajes en tren que ni imaginaban el tiempo de la alta velocidad y los actuales para poder apreciar que el mismo paisaje, visto desde esos dos modelos de viajar en tren, deja de ser el mismo paisaje. Y esto, siendo una obviedad, es algo que conviene tener muy presente en el momento actual, en este tiempo de un pensar debilitado que no hemos de confundir con el pensamiento débil que definió Vattimo. Sumidos en la glotonería de la velocidad acabamos analizando paisajes que se nos muestran desenfocados por efecto de la furia del deprisa, deprisa. Rendidos al imperio de lo instantáneo, de lainstantaneidad, ignoramos lo que aconsejaba John Berger respecto de la búsqueda de sentido en una fotografía. Decía el escritor inglés que el sentido, el significado, requiere duración. Un instante solamente puede expresar algo si se remite a un antes y a un después. Pero nosotros, intemperados devoradores de instantes e instantáneas, reducimos el significado del mundo a un guirigay informe al que, sin embargo, nos entregamos con la vocacional estupidez del crédulo.

Seguimos diciéndonos modernos, pero en el trayecto que nos ha conducido a esto que algunos se atreven a llamar posmodernidad y otros tardomodernidad, términos, ambos, que podrían dar la impresión de que habíamos llegado ya a esa meta que era la modernidad, hemos ido abandonando por el camino los referentes claves que fueron la razón de ese ser rebelde que era ser moderno. Por ejemplo le hemos dado la espalda a la perspectiva. Esa aportación debida a una pléyade de autores que van desde un Durero hasta un Leon Baptista Alberti y que fue bien
analizada por Panofsky era algo más, mucho más, que una mera técnica al servicio de las artes plásticas y de su vocación de representar el mundo. Durero es, al parecer, quien señaló que la perspectiva tenía un significado muy preciso: Mirar a través. No es cuestión de detenerme en qué es lo que quería decir el artista alemán o cuál la interpretación de sus 

palabra a cargo de Panofsky. Me interesa destacar lo que en otros trabajos he denominado el cogito ocultado de la Modernidad. Todos sabemos, pues se ha convertido en un lugar común de la erudición, que cuando mencionamos el término cogito y su significado en la construcción de nuestro modelo de mundo, estamos pensando en el cogito cartesiano y en su simplificación y banalización en la celebrada frase de pienso, luego existo tan cartesiana ella. Y solemos situar en este acto de soberanía intelectual el nacimiento del sujeto moderno, un ser dotado de razón que acaba siendo, como más tarde señalarían Adorno y Horkheimer, esclavo de una razón convertida en razón instrumental, en un medio que pasa de ser medio a ser fin en sí mismo y se erige en un modelo totalitario que anula lo humano.

Y sin embargo ese mirar a través, que formula Durero y que fue el trampolín desde el que otros que vendrían después, como Leon Baptista Alberti, instaurarían no solamente un modo de representar lo real sino una forma de abordar la interpretación y la búsqueda de sentido de lo real, que ya no se tiene en cuenta. Se le deja aparcado en el cajón de las herramientas del artista. Nada más injusto, pues es desde ese mirar a través que el ser humano que da a luz a la Modernidad se convierte en un verdadero y nuevo Prometeo. Mirar a través. Buscar el trasfondo. Penetrar en las trastiendas. Pensar es pensamiento situado, pensamiento en perspectiva. Y ésta nace de una decisión humana que ha de ser
meditada nunca improvisada. Carlos Castilla del Pino nos regaló una obra que hoy, como nunca antes, resulta tan urgente: “Dialéctica de la persona. Dialéctica de la situación” (1968). Toda persona que asuma su condición de sujeto plenamente es, ante todo, un ser en situación. Mirar a través. Teoría crítica de la recepción. Mirar a través como voluntad de saber. Mirar a través como derrota de un estado de sometimiento basado en nuestra reducción, de sujetos pensantes a meros crédulos. De todas las derrotas de ese proyecto, la Modernidad que nos anunciaba un camino sin paradas ni retornos hacía un horizonte llamado emancipación, tal vez sea ésta una de las más importantes. He escrito en algún otro momento que el fiasco de todo este movimiento que venía a disolver todo lo sólido entendiendo por tal, como lo hacía Marx, las cadenas que nos amarraban a la derrota de la vida en la rendición del sometido, se puede resumir en una triste paradoja: nos rebelamos contra nuestra condición de creyentes para acabar seducidos por otro estatus, el de crédulos.

Y el crédulo no busca, no inquiere. El crédulo vive a la sombra de los Credos. Elcrédulo no siente la irresistible voluntad de situarse. Espera que alguien le presente un mapa de situación, una cartografía de vida, una imagen impuesta como certeza sin matices. El mundo, para ser, ha de convertirse en su imagen, afirmaba Heidegger. Una imagen proyectada sobre el fondo de una caverna donde nos hemos conformado a vivir.

Vuelvo a la perspectiva. Berger, una vez más, resulta de una lucidez que debería ser tenida como un Big Bang del pensamiento crítico.

El artista y ensayista británico recordaba que si bien la perspectiva había significado un primer paso hacia el cogito emancipador, la reacción del Poder (entendido como fuerza que ejerce la dominación total) no había tardado en producirse.

Y Berger alude a un juego de similitudes. El Renacimiento fue un soplo. Después vino la transformación del poder desde un modelo autoritario hacia un modelo absolutista.

El Absolutismo lo solemos explicar acudiendo a esa célebre máxima atribuida a Luis XIV: El estado soy yo. ¿Cómo se traduce esto en el campo de la perspectiva? La posición se fija e inmoviliza en un punto, un único punto, desde el que quien mira define, e impone como certeza, el mundo de lo real. Paisajes realistas. Arquitecturas realistas.

Lo real se reduce al campo que abarca ese ojo-mirada que inmovilizado en un punto único capta lo que tiene frente a sí definiendo, por lo demás, una serie de planos que van desde el primer plano, nítido, a un segundo plano, al que la lejanía confiere un toque de desenfoque. Habrá que esperar, nos recuerda Berger, al siglo XIX para que se abra una crisis en este modelo de una perspectiva construida desde un ojo que se ancla en un punto, estático. Llegarán la fotografía y el cine. Llegará el Cubismo.  Y el modelo absolutizardor es cuestionado.

La realidad nunca es estática. Las situaciones, son complejas y reducirlas a un abordaje simple conduce, necesariamente, a falsificar su sentido o a incurrir en errores que habrán de pasar factura a la hora de abordar dichas situaciones.
El pensamiento, para desarrollar plenamente su condición de mirar a través para llegar al fondo y trasfondo de la realidad, debe ser movimiento que se rebela contra toda fuerza que quiera imponerle un único punto desde donde trazar su perspectiva. Dicho de otra manera, el pensamiento, que para ser ha de ser crítico, es la impugnación permanente de todo modelo encaminado a inducir al consentimiento. Las fábricas de conformidad son el enemigo a batir para recuperar el impulso de la emancipación.  Pero desgraciadamente soy consciente de que lo que se ha dado en denominar los procesos de fabricación del consentimiento han alcanzado a lo largo del siglo XX un éxito total. Hoy el pensamiento naufraga entre la anemia y la confusión de no querer reconocer su derrota. Admitir la derrota no significa en modo alguno adoptar la condición de rendido total. Admitir la derrota es saber que la lucha ha de reemprenderse desde el aprendizaje de los errores cometidos.

 

 

El conformismo se nutre del confort y éste, en los tiempos del consumismo, se vende con facilidad. Ni siquiera es necesario que la totalidad de la población de un país pueda adquirir ese confort. Basta con que una mayoría se conforme con este modelo de bienestar para que la minoría excluida sea ignorada, difuminada, borrada. Ayer, día 1 de abril de 2020, una fecha que para quienes nos definimos como demócratas radicales en este país que llamamos España es de infausta memoria, veo la portada del diario ABC.
También encuentro en la red dos acciones que considero representan un modelo a seguir. Dos acciones que sí responden a mirar a través, a mirar desde. Tres miradas. ¿Cuál de ellas tiene más capacidad para imponer su relato? Me asusta la respuesta porque nace de la seguridad de que venimos padeciendo, desde hace ya bastante tiempo, una pandemia letal para la democracia; una pandemia sin medidas contundentes que nos defiendan del contagio y de sus consecuencias. Y es que la debilitación del pensamiento se acaba traduciendo en desmemoria. Desmemoria no es lo mismo que amnesia. 





La desmemoria, si adquiere el rasgo de patología lo es en su dimensión ética, moral.España es un país desmemoriado porque hace ya demasiado tiempo acató la orden de no mirar hacia atrás. Aceptó el mandato de dar de lado al pasado con la coartada de no comprometer un futuro promisorio. Nos han convencido de que todo compromiso con la memoria, no con la nostalgia, sino con la memoria que es, siempre, un acto de justicia y un requisito indispensable para abordar la interpretación de todo hoy, lleva aparejado un castigo. Nos hemos conformado en la figura de Lot, no en la de su mujer. No es casualidad que conozcamos el nombre del esposo mientras que el de ella permanece borrado. Ella, la transgresora será castigada por haber ignorado el mandato de no volver la mirada hacia lo que queda a sus espaldas. España y su desmemoria ha permitido todas las tropelías y actos de lesa injusticia
que permiten que, como decía el título de una novela de Benjamín Prado, vivamos en tiempos que son buenos, o excelentes, para la mala gente.