by Samaria Márquez Jaramillo

América Latina: Economía, Estado y Sociedad en el siglo XXI

Servando A. Álvarez Villaverde *

* Profesor de la Universidad Simón Bolívar de Caracas. MgSc. en Ciencia Política. Economista – UCV. Lic. en Administración – UPCSMBA. Curso «Liderazgo y Gerencia Social.» BID-INDES. Curso para Directivos en diseño de y gestión de políticas y programas sociales» Curso «Planificación por Marco Lógico» USB-BID

El siglo XXI encuentra a América Latina en revolución o rebeldía, según sea la óptica del observador. Es la acción de los pueblos en un esquema inclusivo no competitivo, ¡propio!, que persigue la participación social y la apropiación compartida del conocimiento y la riqueza, mediante redes de integración regional que potencien las capacidades de cada actor en beneficio de todos, más allá de las fronteras ideológicas o geoeconómicas, dentro de un marco de respeto a las soberanías nacionales y los derechos humanos. Para ello el Estado debe transformarse en el garante de las libertades sin exclusión alguna. El expresidentes de Ecuador, Rafael Correa describe el momento de América Latina expresando que “se trata de un cambio de época no una época de cambios”. Nueva época en la que quedan atrás muchos de los patrones que se trataron de imponer o se impusieron en las últimas décadas del siglo pasado.

En la primera década del siglo XXI América Latina se encuentra en evolución, revolución, resistencia o rebeldía, según sea la óptica del observador. Puede decirse que América Latina 1 es la región del mundo que ha estado más tiempo bajo regímenes coloniales. Es conveniente considerar que la mayoría de las naciones latinoamericanas que obtuvieron formalmente su independencia, ya sea en el siglo XIX o tardíamente en el veinte, hoy se debaten por superar las relaciones informales de dependencia económica con los estados centrales 2 . Una de las razones de esa dependencia radica en que una vez concluidos los mandatos coloniales establecidos tanto en tierra firme como en los espacios insulares que integran la región latinoamericana, poco quedaba que fuera útil para la construcción de una cultura política con capacidad para crear y mantener una sociedad posterior a la independencia. El proceso independentista latinoamericano, quizá con la excepción del Brasil, se convirtió en una cruenta guerra, que consumió a lo largo del siglo XIX, miles de vidas, como también las pocas estructuras de producción que existían en esas naciones. No menos importantes y trágicas para el futuro, fueron las divisiones internas entre los factores que pretendían orientar los destinos de esas naciones.

En todo caso la búsqueda del mejor sistema tenía como objetivo la eliminación de privilegios y prerrogativas poniendo en manos de las instituciones republicanas la garantía de igualdad para todos los ciudadanos en su condición de hombres libres. Como es fácil advertir, esta aspiración de los padres fundadores de la nacionalidad en América, no siempre fue seguida. ¿O sí, alguna vez? Tal es el caso de la población de esclavos, descendientes de los millones de seres humanos desplazados de África contra su voluntad, que a pesar de la existencia de decisiones que abolían ese estatus desde los primeros días de la Independencia, en algunos casos demoró casi un siglo.

EN EL SIGLO XXI

La función de los Estados nacionales hasta bien entrado el siglo veinte, estaba limitada a la tarea de mantener el orden interno. Orden que se había conmovido principalmente, desde fines del siglo XIX y comienzos del XX, por conflictos obreros en demanda de mejoras laborales, que en algunos casos daban origen a tumultuosas manifestaciones en las que se producían reales o supuestos “atentados contra la propiedad privada”. Antes estos eventos la respuesta represiva por parte de los gobiernos no se hacía esperar. Se generaban así, reacciones que se sumaban a la difícil situación social, tanto de los trabajadores nacionales, como de los inmigrantes que habían llegado en la búsqueda de horizontes más promisorios para la realización de sus vidas. Los inmigrados traían con ellos además de su vocación al trabajo digno, inquietudes sociales que darían lugar a la formación de agrupaciones representativas de sus ideales políticos y gremiales, con lo que rápidamente lograron ganar la confianza, la solidaridad y la integración de sus compañeros compartiendo con estos sus anhelos de construir un mundo con libertad e igualdad para todos.

No pasaría mucho tiempo para que, desde los Estados Unidos a la Patagonia, la oligarquía temiera que con ellos llegara a América, montado en un Pegaso el fantasma del comunismo que cabalgaba en Europa, o que el pensamiento anarquista conquistara los extensos valles, pampas y montañas.

De allí el intento de acallar, por medio del Estado con injustos procesos que costaron la vida a muchos inocentes, y castigaron hasta con la pena de muerte, el intento de expresar libremente las ideas y realizar legítimos reclamos.

A las primeras tres décadas del siglo XX, que fueron escenario de sangrientos sucesos, entre las fuerzas de seguridad, garantes de los derechos privados, y los trabajadores, le siguió un importante proceso de industrialización, que varió según la vocación de cada país.

La influencia de los inmigrantes y posteriormente las nuevas generaciones de trabajadores y trabajadoras, ahora conscientes de sus derechos, daría lugar a la obtención progresiva de reivindicaciones laborales, así como la promulgación de leyes sociales para la protección de las clases menos favorecidas. En ese orden fueron numerosos, aunque insuficientes los avances en materia de sanidad y educación.

Puede decirse, que de alguna manera se instauró el Estado de bienestar. Este, por diferentes motivos no alcanzó el grado de cobertura logrado por los trabajadores europeos o estadounidenses. Quizás una de las razones sea que los gobiernos que los propulsaron fueron rápidamente adversados y tildados de populistas. En el mejor de los casos, lo que se conociera peyorativamente como el Estado “paternalista”, no alcanzó el medio siglo de vigencia. En el corto período de vigencia se elevó el nivel de vida de los obreros y los trabajadores del campo. Se confirmó la jornada de ocho horas donde mediante subterfugios no se respetaba. La industrialización por sustitución de importaciones (ISI) dio lugar a la creación de nuevas organizaciones obreras y al fortalecimiento de las existentes.

La aparición en el escenario mundial, en la década de 1980, de la dupla Ronald Reagan- Margaret Thatcher 3 , y la aplicación de medidas neoliberales que perseguían la liberación del comercio mundial y la desregulación financiera, favorables sólo para las potencias centrales, marcaría en la región el inicio de la era dorada esperada por los sectores económicos. Esos sectores habían visto con preocupación el desarrollo y mantenimiento de reivindicaciones laborales y la legislación social del Estado de bienestar, por considerar que esos beneficios sociales afectaban las tasas de rendimiento de sus negocios. Negocios que se amparaban en la protección que les ofrecían las políticas estatales de sustitución de importaciones para expoliar a los mercados cautivos y mantener contenidas las aspiraciones de los trabajadores.

Para aplicar y lograr los objetivos del proyecto neoliberal, en la última década del siglo veinte se inició un feroz y demoledor ataque sobre los Estados nacionales latinoamericanos. Cierto es que los Estados estaban muy lejos de cumplir con sus objetivos nacionales. Los procesos de industrialización y la consecuente urbanización de los países que los encaraban en busca del crecimiento económico, no habían sido acompañados por los desarrollos sociales requeridos. No era esa la razón de los ataques, aunque se empleaba como argumento. El motivo básico era reducir la capacidad de acción de los Estados nacionales y la confianza del pueblo en ellos, por ser estos los únicos, hasta entonces con posibilidad de intervenir para solventar las inequidades propias del sistema capitalista. Al respecto un grupo de investigadores del Banco Mundial dejaron impreso un cáustico comentario en su informe: “En una década de transición el temor al Estado leviatán ha abierto la vía para quienes buscan la ‘captura del Estado’. Con la captura de la economía, las políticas y normas ambientales son delineadas para brindar enormes ventajas económicas de las firmas captoras, a expensas de otras empresas del sector” 4 .

A ese texto corresponde agregar, que además o quizá mucho más que las otras empresas del sector, millones de seres son trágicamente afectados por la ‘captura del Estado’. Asociada al ataque a los Estados se presentaba un decálogo de drásticas medidas de ajuste económico, conocido como el Consenso de Washington 5 , el cual fuera ofrecido a los gobiernos de la región por las agencias financieras internacionales 6 , como “sugerencia” para disciplinar la conducta de los Estados. El fin era generar los recursos requeridos que permitiera honrar una dudosa deuda externa latinoamericana. Esos lineamientos de obligatoria observancia fueron aceptados, mansamente, por la mayoría de los jefes de gobierno de la época. Muy diferente fue la respuesta de los pueblos. Con su aplicación se iniciaban, casi un siglo después de las rebeliones obreras de fines del siglo XIX y principios del XX, masivas manifestaciones de rechazo a las medidas de ajuste “recomendadas” que a poco de su activación generaron destrucción de empleos, privatizaciones cuestionables y la liberación de los precios de bienes y servicios. Así, desde hace dos décadas se incrementó la exclusión, el hambre, la miseria. A estos apocalípticos cabalgantes se añaden los efectos de un proceso asimétrico conducido por unos centros de poder, relativamente diversos. La globalización. Cuyo centro visible son los países que integran el Grupo G-8 7 . A través de ese muy exclusivo grupo y dos millares de representantes de empresas transnacionales se controla la vida de casi 6.800 millones de habitantes del mundo.

EN EL SIGLO XXI

“Cinco siglos después de las conquistas europeas, Latinoamérica reafirma su independencia. Especialmente en el cono sur, desde Venezuela a Argentina, la región se alza para derrocar el legado de dominación externa de los últimos siglos y las formas sociales crueles y destructivas que ella ayudó a establecer” 8 . Al inaugurarse el siglo XXI ya no se habla de destruir el Estado-nación como solución para alcanzar el “fin de la historia”, más bien algunos de los autores que propugnaban esa idea, hoy abogan por la reconstrucción de los Estados “fallidos”. Tal es la posición del Comité de Políticas y Evaluación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) cuando expresa: “El Estado, no obstante sus debilidades e imperfecciones, es la columna vertebral de la gobernabilidad democrática la cual, sin embargo, trasciende al Estado e incorpora a las instituciones privadas y a la sociedad civil, cuya articulación con las instituciones estatales determina la calidad de la gobernabilidad democrática” 9 .

1 Empleado por primera vez por el escritor chileno Francisco Bilbao Barquín en una conferencia en París en 1856. No obstante, con la venía del amable lector y para facilitar la redacción, se hará mención del término para localizar y describir hechos acaecidos en la región con anterioridad a esa fecha.

2 Expresión empleada por el economista e la CEPAL, Raúl Prebisch para señalar a las principales potencias económicas.

3 Para entonces, Presidente de los Estados Unidos y primera ministra de Gran Bretaña respectivamente.

4 Hellman, J.; Geraint, J. y Kaufmann, D. (2000), “Seize the State, Seize the Day”. World Bank. Policy Research Working Paper, 2444. Washington, D.C.

5 John Williamson es el autor de la lista de medidas conocida como el Consenso de Washington.

6 Se trata del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

7 Integrado por: Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido y Rusia.

8 Chomsky, Noam, La Nación, 12 de octubre de 2006.

9 BID, Comité de Políticas y Evaluación, GN-2235, del 6 de noviembre de 2012. Disponible en Internet en
<http://www.iadb.org/sds/doc/sgs-ApprovedMos-s.pdf>.