by Samaria Márquez Jaramillo

Ahora que te reencuentro, madre…
(Cuento)

Samaria Márquez Jaramillo

Cuando aún mi vida no había acumulado “quince primaveras”, para decirlo bajo una poética de lo cursi, como lo juzgarían los críticos de pacotilla si yo fuera famosa, varias veces esperé que la Navidad llegara junto con el Niño Dios y, a manera de pista de audio para los versos del Brindis del Bohemio, otras tantas veces oí llorar la ida de más de un año. Y fui creciendo bajo el influjo de silencios deliberados, criticas repetidas, discriminación familiar, crueldad infringida y una auto valía sumergida en oquedades, donde mi Yo nunca fue mío, obró en voluntad ajena. 

Transcurría la época caracterizada por el aumento del consumo de licor, el prodigarse en regalos y en otras manifestaciones que durante el año se mantienen más o menos en el olvido, tales como la unión, la paz y la esperanza, propias de la época decembrina. Estaba yo sentada encima de la tierra que cubría la raíz de un arbolillo lleno de pelotitas verdes y amarillas que parecían bolas de Navidad, pero olían a limones y, como si ese follaje fuese un inmenso paraguas, mi cuerpo quedaba todo cubierto por tallos, ramas, hojas y gajos del limonero. Intenté mirar desde abajo. Lo visto era cercano, por mi posición veía una sola cara de las hojas, su revés, y apenas el pezón de los frutos y desde allí alcanzaba a observar un sol que por las leyes de la perspectiva parecía estar en primer plano, enmarcado por  la ramazón de la consuelda, la parásita que convertía en grises, llenos de hongos, los tallos de esa frondosidad, tan querida por mí, y me hacía la ilusión de que el ramaje me cuidaba, que estaba allí para defenderme de los búhos currucutú, cuyo canto tanto me asustaba por las noches.

Mi limón limonero era mi amigo, a él  lo puse de testigo de hechos que me atormentaban y a él me quejé de lo que, en ese entonces, consideraba injusticias propinadas por un transcurrir vivencial desagradable y una familia que no me quería y a la que yo brindaba igual inadversión.

A los pocos días   empezaron para mí las tardes con un sol que no calentaba y un viento frío que si entumecía. Con mis muñecas y las fotografías de mis compañeras de estudio guardadas en el fondo de la maleta, huí en busca de lo que ofrecía mi imaginación: El futuro. Creía que en cualquier parte, que no fuera mi casa materna, encontraría eso que yo llamaba, con mayúscula Vida. Dejé en mi cuarto de adolescente mis fantasías y me llevé los recuerdos, por si acaso, por si las circunstancias, por si requería darle permanencia a ese entorno campesino, al que yo libre y decididamente renunciaba, para volar con alas de plástico.

Y llegó él, trayendo consigo el amor y el tiempo de las maletas, los hoteles, aeropuertos, estaciones de tren, restaurantes, puertos, barcos y barquitas, países, oficinas de migración un deambular en el que me sentía embolatada. ¿Dónde quedé? ¿En cuál itinerario olvidó él incluirme? ¿Por qué conmigo aumentaba el número de las maletas que llevábamos?

Y el amor dijo adiós. Muy pronto le di carácter de permanencia a mi pasado y empecé a llorar por mis afectos, por los que deje atrás cuando decidí ausentarme para “empezar a vivir”, y por mi presente, sin horizonte; por mis sueños, a diario pesadillas; por la sin razón, por la razón, por la soledad o por la compañía. Preservé el ayer habitado por el limonero. Lo cubrí con las incontables historias que sacaba a relucir porque con el tiempo descubrí que eran hermosas: “Yo tengo un árbol de limón, una familia y una niñez, a la que me aferro y que, sin tener calidad de presente, son reales porque pueden ser narrados”… Esa la historia repetida tantas veces. En ese entonces tenía 17 años.

Empecé a gastar días en el esfuerzo de preservar los jirones de memoria que se habían salvado del deliberado olvido. Difícil denuedo: Había que  vivificar el limonero y las quimeras  infantiles. Repetido esfuerzo que tendría que hacer para salvar lo que aún llamo felicidad. Entre tanto, él descubrió que había perdido la oportunidad de tener sueños compartidos conmigo y juntos empezamos a quejarnos tan fuerte que ninguno de los dos podía oír al otro: Mirándonos cara a cara, nos sentíamos lejanos y gritábamos. Una sola alternativa tenía y la usé: Otra vez elegí alejarme.

Regresé, saludé y caminé en busca de la protección de las ramas añoradas. No las encontré. En cambio, me di cuenta que el presente no se puede eludir y los pasados se autoconstruyen, a pesar de uno, y que el tiempo no perdona y deja su marca no obstante no se vea. Yo tampoco quise ver lo que ahora se me hace evidente: Existe en mí, y quizás en este momento más que nunca, un tiempo de familia no olvidado, que sobrevive en virtud de mi permanencia en ese tiempo elegido, ubicación que consigue erradicar cualquier remordimiento: No debe importarme las posibilidades de vida que deseché cuando con una decisión y muchas inacciones intenté pisar mi sombra…

Releí lo escrito hasta este renglón: Luego me recriminé: ¡Muchas frases innecesarias! ¡No me importa! Sólo quiero contar que me fui por muchos años, volví y no pude descifrar si yo era la que regresaba o la que regresó volvió para juzgar los motivos que la apremiaron a irse. Queda únicamente vigente mi ansiedad por… ¡Por nada! Sólo ansiedad. Pero no fue esa la única necesidad que me hizo volver… ¿En seguida puedo escribir la palabra inútilmente? Lo demás fue lo que pensé después del “ahora que te reencuentro, madre, frase con la que empecé a perderme dentro de este escrito que no logró hacerme entender que me fui porque quería ver pedazos de mundo, girones de vidas, ríos de aguas sucias y soles cubiertos por nubes grises. 

De ello necesitaba escribir para calmar mi desesperante afán de encontrarme cuando, aún, no estaba perdida, porque me dolía ser narradora huérfana y porque empecé a convencerme de que triunfar es obtener logros en alguna compañía, no aceptando ser la solitaria compañera sentimental de un famoso, para quien los aplausos eran eróticos.

Por otra parte, con el regreso no me hice ilusiones. Mi madre me culparía de todo lo que me constituía, hiciera, cometiera o evitara. Yo, en lo que soy, la molesto: “Si pudiera extraerte la sangre, amasar de nuevo tus ingredientes, reemplazar tus ojos, teñirte la piel, raparte el cabello, acortarte los dedos, modificar tu voz, reprogramar tu conducta, anestesiar tu sensibilidad, en fin… ¡Borrar los rastros que me dejaron en ti!, me dijo, justificando mis prevenciones, un día sí y otro también, en un permanente memorial de agravios, mi progenitora.

▬ ¡Préstame atención, madre! Por favor déjame enterarme de que…

▬ La ocasión, 31 de diciembre, es evocadora, sentimental y peligrosa. Impediré que nos empujen mil demonios…

▬ ¡Mamá, escúchame!

▬ Yo hacía para Navidad un desamargado, dulce de cascaras de limón. Te molestaba que cogiera los frutos de tanto cuidabas, eras muy sentimental, disfrutabas dulzuras que nadie saboreaba y llorabas tragedias que a ti, únicamente a ti, tallaban…Tus hermanas mayores se reían de ti y copiando una novela, leída por todas, te llamaban la hermana San Supilcio. Luego te nombrarían como la Novicia Rebelde. ¡Nos reíamos tanto! Reír era nuestro deporte y tú llorabas y te desmoronabas. Te cambiaron de apodo, te nombraban como bizcochuelo…

▬ Mamá, varias veces en la Navidad y el final del año te vi llorar y asustarte cada que sonaba el aldabón de la puerta. En tal tiempo mirabas mi limonero y decías que ese arbusto era un año mayor que yo…

▬ La aritmética no es mi conocimiento más practicado. Ignoro adicionar. Nací con destino de factor restante…

▬ Madre, continuemos sin dobles saltos mortales que pongan en peligro la memoria: A los pocos días de iniciado el último año que fui hija de familia, ya había aprendido a hacer gemir una armónica y lograr que en su melodía se escuchara la letra del bolero Frenesí. La armónica, los libros de versos, los anticonceptivos fueron seguros ocupantes de mi equipaje. Llegó el mañana portando paliativos. ¿Cuando abandonan a una memoria, dónde van los recuerdos que atormentaban? Ni sé ni me importa. A través de la multiplicidad de vueltas y revueltas, sólo quiero contar que me fui por algunos años, volví y no puedo descifrar si yo soy la que regresa o la que regresó volvió para juzgar los motivos que la apremiaron a irse. ¿Por qué, mamá, esta noche me interrumpiste tanto y tan tontamente?

▬ Porque me amenazas con tus dudas y con la petición de desenterrar una verdad… No hay ni alguna posibilidad de que yo las enfrente, aunque extirpe en ti la ocasión de escribir las más lindas frases, como las que encuentro cuando te refieres a las ironías de la vida. Tampoco, eso sí de ninguna manera, me referiré a ese imbécil, ese desgraciado que me regaló, cuando tenía apenas 3 hojitas, el limonero recién germinado que yo sembré en el patio de esta casa y el que arranqué, a hachazos, cuando te fuiste. .. Subsisten unas raíces huérfanas de tronco… ¡Lo último que se seca son las raíces…! Por lo demás, y tal vez lo siempre inquirido por ti, como respuesta te digo que fuera de ti no queda ni un vestigio de ese vagabundo teatrero, fracasado trotamundos, payaso interprete de la marimba en el circo, brillo de relámpago horro, que cuenta de mi, dizque cuando yo tenía 23 años y ¡miente!, diciendo que es tu padre y que está orgulloso de que confirmes que “de tal palo, tal astilla”…

Dicho casi todo, lo que no contaré es lo demás que dejaré oculto después de la frase con la que empecé a perderme dentro de este recuento que, de a poco y a mi arbitrio, cabalgará sobre los renglones anteriores y que me negué a titular como Herencia genética.