by Samaria Márquez Jaramillo

Para Armenia: Si hubo un antes, habrá un después…

Samaria Márquez Jaramillo

“La verdadera historia es aquella que cuenta el paso de un pueblo por todos los tiempos y a la que nadie caprichosamente debe marcarle ni principio ni final, es la que no entiende de discriminaciones entre desamparados y poderosos y declara no ser rehén ni de vencedores ni vencidos. La verídica historia hará orgullosos herederos a todos sus protagonistas”. Anónimo

Me quedaré sin palabras si no puedo desprender de las quimeras frustradas, las rebeldías inútiles, o regresar al árbol donde escribí, dentro de un corazón sin magia, mi nombre y otro nombre que mis palabras dejaron de nombrar mucho antes de quedar cubierto por el olvido. Después no logré devolverme al andén donde con un carbón, que nunca fue brasa o llama, pinté los contornos ilusos de mis sueños. Este sin regreso representa a mi niñez, que se volvió eterna y yo ¡muda!

La explicación no es difícil: Nadie regresa. Siempre se vuelve a otra ciudad, región, vereda o población. Aunque gastada, la frase es cierta: Nadie se baña dos veces en el mismo rio. Por ello los hijos de esta ciudad que optan por regresar, después de peripecias  en búsqueda de lo que dejaron para ir tras ilusorias posibilidades se sienten extraños en su propio entorno porque el “milagro de ciudad” que una vez vislumbrara el poeta Guillermo Valencia desde la plataforma de un tren, ya no existe. Alrededor pululan actos, hechos y felonías cuya evocación obliga a repetir la exclamación dicha
como predicción ¡siquiera se murieron los abuelos!

Fundada el 14 de octubre de 1889 por Jesús María  Ocampo, liberal y militante en las guerras civiles conocido como “El Tigrero”, la capital del departamento del Quindío nació en un sitio llamado Potreros, comprado a don Antonio Herrera por doscientos pesos. Su fundación se ubicó en un cruce de caminos estratégicos entre el oriente y occidente de Colombia. Se le dio el nombre de Armenia en conmemoración a las víctimas de la destrucción de la población armenia… Así sería el inicio de una historia oficial y ortodoxa. Un recuento zurdo o en contravía de estilo para niño de tercero elemental, tendría  que referirse a la fecha onomástica  con nostalgia, inconformidad  y agridulce sabor. Más agrio que dulce.

La Armenia que en este 2020 cumple 131 años, es bien diferente a la que llegó a sus primeros 100 años y  a la que, diez años después de su centenario, se vistió de negro para llorar por ella misma y por sus hijos, desaparecidos, muertos o espantados por el terremoto. Se cumplía una predestinación: Con años de anticipación al sismo, la  letra del  himno cantaba: “Generosa, leal y de frente/al rubio sol de porvenir/noble Armenia, tu suelo presiente/otra raza altiva, de dura cerviz”.

El Armenia de antes del 25 de enero de 1999, quedó en los mapas de las bibliotecas. Los vivos siguen  reconstruyendo recuerdos, edificios y ciudadanía. Los muertos permanecen en las estadísticas y en los titulares de los periódicos guardados en las hemerotecas y el dolor, con seguridad, está envuelto en la esperanza colectiva.

Es hora ya de concreciones: Al tablero pasará el momento actual: ¿La democracia? ¿La seguridad? ¿El espacio público? ¿La institucionalidad?, ¿el estado de derecho?, ¿la moral?, ¿la ética?, ¿el compromiso social? ¿Armenia? Hum… ¿Dónde están? ¿A qué llamo momento actual?

La verdad es cruda, desnuda y duele: ¡Los problemas agobian a esta ciudad llamada Milagro! Hay, a toda costa, que evitar pañitos de agua tibia. No se hablará de multitudes celebrantes. Si así se hiciera, se cumpliría aquello que dijo Gregorio Marañón: “Las muchedumbres tienen muchas cabezas, pero ningún cerebro”… Y los individuos piensan como Quevedo:”Ayer se fue, mañana no ha llegado; hoy se está yendo, sin parar un punto. Soy un fue y un será, y un es muy cansado. ¡Muy cansado!

La historia de la civilización humana es la  historia de las ciudades. Desde  el mundo griego del Mediterráneo  a   las ciudades de piedra de los mayas y aztecas, las ciudades están en el centro de las grandes civilizaciones. No en vano existieron antes que los países, las naciones o las repúblicas. Las ciudades de hoy se convirtieron en lugares complejos y contradictorios. Simbolizan lo nuevo, que no siempre es progreso pero, también, cargan la amenaza del desastre, el lastre de la miseria. Acá, en la que en octubre estará de cumpleañera, Armenia, el estado de cosas no es muy saludable para la gente que,  en su día a día,  recorre un calvario de inseguridad, de carestía y de descomposición social. Debo aclarar que aquello de “recorre” es simbólico. Lo único que se recorre en Armenia son los propios viacrucis, haciendo las 15 estaciones por el camino de rasgaduras que hay en alma, abierto con las uñas.

Una niña en una comuna de Bogotá, hace  fila durante horas para llevar, de la llave comunal, agua a su casa;  en Cali, una mujer hurga entre montones de basura, busca cosas que se puedan vender para poder dar de comer a sus hijos; una familia en   Pereira, carga sus pertenencias en una costal y busca un lugar donde dormir esa noche, los habitantes del común y corriente, creen que Armenia tiene una maldición: “Todo alcalde modelo siglo XXI termina en la cárcel” , esas son escenas comunes del paisaje urbano llamado tiempos del Covid 19 y que hoy en día ya tiene sucesores: Olvido, explicaciones, excusas, y 817 pésame a deudos:” lo siento”, “reciba mi sentido pésame”. Uno por cada muerto, amén del pulso entre la politiquería y el encargo recibido en las urnas. Ora pro nobis.

Armenia es más de lo que dicen sus estadísticas y noticias. Es tierra de apegos, amores, ataduras familiares e historia, que más parece una  saga  en tres renglones, como la canción de Serrat: «El sacristán vio hacerse viejo al cura, el cura ojeó al sargento, el sargento  al corregidor, el corregidor a la comadrona,  todos envejecieron frente a los ojos de todos, y el pueblo observó, después,  morir a mi pueblo». En ese día de cumpleaños, ojalá el siguiente sea el brindis que yo diga: ¡En hora buena, qué bien se vive en Armenia!, como antes, como entonces, otra vez…