by Samaria Márquez Jaramillo

Hackear la Pandemia con Estrategias Narrativas

Cortesía de Donestech. Escrito por Núria Vergés Bosch, Eva Cruells López y Alex Hache*

*Donestech es un colectivo que investiga e interviene en el campo de las mujeres y las nuevas tecnologías.Nació en Barcelona en 2006 y se ha convertido en clave para entender la investigación y acción ciberfeminista, sobre todo en el mundo latino y en los entornos activistas.El objetivo de DONESTECH es dar a conocer las relaciones de las mujeres con las tecnologías, visibilizarlas y crear redes. El colectivo experimenta y utiliza las TIC de forma intensiva como instrumento y finalidad, tanto para trabajar como para crear, conectar y redistribuir.

Un virus ha puesto en jaque el sistema económico-social-espiritual hegemónico. La pandemia del COVID-19 logró frenar en seco la cotidianidad de una parte del mundo, pero también puso de manifiesto el alcance de las desigualdades sociales y la enorme tendencia a la concentración de la riqueza.

Las grandes empresas eligen las ganancias por encima de la salud, los gobiernos continúan sus políticas de despojo institucional, mientras los medios de comunicación impulsan el miedo y una narrativa apocalíptica. Los sistemas de opresión quieren hacernos pagar la continuidad de su existencia con nuestras vidas. También están los anticuerpos: Las reflexiones, discusiones y sueños con las que nos hemos cruzado en las últimas semanas. Esperamos que sirvan para iniciar una reflexión
colectiva: ¿qué es lo que este momento requiere de nosotras? Como narradoras, cuenta cuentos, artistas, comunicadoras, periodistas culturales, tenemos una responsabilidad sumamente importante en la crisis: Hacer de lo radical un sentido común, crear relatos que agrieten los muros, que abran la imaginación para crear otros futuros posibles.

Este virus ‘no discrimina’, ‘es una amenaza para todas las personas’ del planeta y ‘es la causa’ del sufrimiento que estamos por vivir. Los impactos económicos y demográficos dependen de vulnerabilidades preexistentes del sistema que planea el ‘desarrollo del primer mundo’ a partir de la explotación colonial, cuarenta años de políticas neoliberales,
cincuenta años en donde la expansión del capital ha extinguido el 60% de la biodiversidad en el planeta, el desmantelamiento de los sistemas de salud y seguridad social, la sobrecarga de los cuidados de los enfermos en las mujeres, las enfermedades crónicas debido a un modelo industrial de alimentación, el envenenamiento del agua y el aire, la privatización del agua que tiene al 40% de la población mundial sin posibilidad siquiera de beber o lavarse las manos. En enero de este año, 2.153 ricos concentran la misma riqueza que 4.600 millones de pobres (60% de la población mundial). El virus no discrimina, pero la desigualdad estructural sí. Existen artículos y estudios científicos que muestran que los virus que se diseminan en estos tiempos están directamente asociados a la destrucción de los ecosistemas, a la deforestación y al tráfico de animales silvestres para la instalación de monocultivos.

Sin embargo, la narrativa de la pandemia la muestra como enfermedad no como síntoma. Ni en los discursos de los políticos, ni en los medios de comunicación masivos se nombra la necesidad de un cambio radical en las relaciones entre las personas y el planeta y, en cambio, logran Infundir miedo y pánico.  En un mundo donde el pánico se extiende y ‘viraliza’ en tiempo real, una ‘enfermedad mortal sin cura’ se convirtió rápidamente en la mono historia, narrada en múltiples formatos. Los medios de paga buscan los encabezados alarmistas que pueden generar más clics, los gobiernos occidentales impulsan narrativas racistas y de miedo al otro, la infraestructura de las fake news genera desconcierto y desinformación, los monopolios del internet muestran con cinismo su vigilancia masiva, los filósofos mainstream invocan caídas de sistemas y pintan futurismos distópicos. El miedo y la sobresaturación de información generan ansiedad colectiva, compras masivas de armas, acaparamiento de productos de necesidad básica, violencia y discriminación racista, clasista, patriarcal.

Los Estados Nación han aprovechado para imponer medidas restrictivas y punitivas, desde toques de queda, detenciones, militarización de las calles, vigilancia extrema online y offline. En la lógica de ‘lo hacemos por tu bien’, se abre la posibilidad de un estado de excepción como vida cotidiana, se promueve una narrativa de ‘te estamos protegiendo de ti mismo’. Los gobiernos nos exigen abandonar las calles y piden obediencia a cambio de salvación. Lo anterior reproduce un discurso de guerra. ‘El enemigo común es el virus,’ han dicho presidentes, militares, médicos, analistas políticos,

organismos internacionales y se han declarado en una guerra abierta contra el COVID-19. Desde esta narrativa se refuerza la idea del ‘hombre en guerra/dominación de la naturaleza’ y el antropocentrismo que nos separa de la red de la vida. El discurso bélico oculta las raíces del problema, ataca al virus, pero no las causas profundas de la enfermedad que tienen que ver con el modelo de sociedad instaurado por el capitalismo neoliberal y la expansión de las fronteras de explotación en todos los rincones del planeta. Este ‘enemigo invisible’ es una metáfora que sirve para fortalecer los discursos nacionalistas-totalitarios, cierre de fronteras para las personas, promueve la economía de guerra en donde se generan fondos billonarios para ‘hacer frente a las consecuencias’ de la pandemia.

También justifica la militarización. En algunos territorios en donde la militarización viene sucediendo desde hace años, la narrativa de la pandemia ha justificado el despliegue de tropas en comunidades con conflictos históricos de tierras, mega proyectos, extractivismo, privatización. En otros países fortalece el poder político-económico de las estructuras militares que administran o ‘resguardan’ las instituciones. Pero no hay que perder de vista que no es exclusivo del sur global, en Europa se han desplegado decenas de miles de soldados —entre ellos estadounidenses—. Conforme van pasando las semanas y los Estados Nación occidentales demuestran su inoperancia, comienzan a crecer las inconformidades, los llamados a desobediencia, el enojo que posiblemente desemboque en movilización social masiva alrededor del mundo. Y la historia demostrará que los ejércitos no son para proteger al pueblo.

De igual forma impera un discurso economicista. En un sistema donde el imperativo es el crecimiento económico por encima de la vida, una de las narrativas más presentes son los ‘efectos’ de la pandemia sobre las economías nacionales y globales. Por un lado, empresas y gobiernos que han decidido priorizar la salud de la economía por encima de la salud de las

personas, también el anuncio de la recesión global y una serie de medidas de rescate económico drásticas que implican exenciones fiscales, el rescate de bancos, transnacionales y empresas privadas ‘por el bien de todos’. La metáfora de la economía convaleciente invisibiliza que el sistema económico es la enfermedad: el crecimiento infinito en un planeta finito.

Promueve un distanciamiento individualista. Ha recaído la responsabilidad de la expansión de la pandemia en el individuo, la narrativa de ‘quédate en casa’ y la ‘sana distancia’ corre el riesgo de transformar a toda persona en un posible contagioso y todo contacto humano en un posible riesgo. Esto exacerba el individualismo y fortalece la Otredad. Los efectos de esta narrativa en lo inmediato es ensanchar las diferencias sociales: aquellos que no tienen el privilegio de aislarse serán culpados cuando enfermen, aquellos que se enfermaron serán estigmatizados. Cada vez más esos Otros serán quienes ya están en circunstancias de desigualdad, elegir entre las vidas de los abuelos y las nuestras, elegir entre nuestra vida y la del vecino. La pandemia cierra la vida cotidiana, intensificando la precariedad de las personas sin hogar, de los sin seguridad social, de los pobres.

Promete regresar a la normalidad. Nos recetan como medicina la causa de la enfermedad. Fortalece la idea de que el ‘statu quo’ es estar sanos y culpan al virus de la crisis social y económica. La promesa de ‘volver a estar bien’ impulsa la lógica de una responsabilidad colectiva para mantener vigentes los sistemas hegemónicos sociales, políticos y económicos. La medida del bienestar es la de un sistema económico fuerte, que las empresas mantengan los trabajos precarizados, que los gobiernos recuperen su estabilidad, que volvamos a pagar rentas, electricidad, deudas bancarias, que (quienes tenemos) no perdamos nuestros privilegios.

Resuelve la crisis a partir del consumo. Con la narrativa de ‘los mercados tienen miedo’, ‘la economía está enferma’, se asume una responsabilidad colectiva de ‘curar’, ’rescatar’, ‘fortalecer’ al sistema económico para que vuelva a su crecimiento ‘natural’. Están las empresas y gobiernos de racionalidad egoísta que han optado por la vía del cinismo justificando ‘servicios de uso primario’ la explotación laboral, continúan operando sin medidas sanitarias mínimas, cosa que ha llevado a indignación popular y en algunos casos a huelgas. Pero también está el ‘activismo empresarial’, que usa la catástrofe para publicitarse y quedar bien parado por ser socialmente responsable. Los bancos que aplazan las deudas, las empresas que donan equipo médico y ponen sus logos en los hospitales, las startups millonarias que saben que dependen del consumismo compensatorio para seguir existiendo. Pero aquí hay un punto neurálgico narrativo, las economías capitalistas están impulsadas en un 70 u 80% por el consumismo, la pandemia está obligando a voltear hacia las necesidades más básicas.

Coloniza nuestra imaginación. El Apocalipsis es un disciplinamiento de la imaginación. Pensadores, filósofos, religiosos, opinadores en los grandes medios nos venden la idea de que el modelo hegemónico es incuestionable. Cierran el margen de los deseos y posibilidades. Invisibilizan otras formas críticas y radicales de pensar-hacer. Esta película la hemos visto antes, hemos leído textos religiosos que la anuncian; es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del colonialismo-capitalismo. Nuestra imaginación está colonizada por una narrativa que predice el fin lineal de la historia; es más fácil culpar a un virus por la catástrofe que hacernos responsables por el modelo de mundo que tenemos, sustentado en la explotación de tierras y vidas robadas. La narrativa hegemónica hace uso de símbolos e historias preconcebidas, metáforas muertas, verdades absolutas asentadas en nuestras mentes a base de repetición. Pero la parálisis de este mundo nos permite escuchar con atención: hay pueblos que estaban aquí mucho antes, que nos dicen que el mundo ya se ha acabado en tiempos pasados y estos fines han sido lecciones que no debemos olvidar.

En la narrativa hegemónica se produce un monocultivo de historias sobre el ‘blanco del norte global’ o el ‘clase media urbana del sur’. Hacemos un llamado a crear narrativas que no invisibilicen, victimicen y precaricen más a la diversidad de personas y territorios, se puede narrar desde la dignidad. Convocamos a mostrar las constelaciones de historias en medio de la pandemia, es importante hacer visibles los sistemas de opresión, pero sobre todo las alternativas que florecen en medio de la emergencia.

Los movimientos de mujeres organizadas tejen redes de solidaridad y cuidado mutuo, narrativas rebeldes que rompen las estructuras de desigualdad en un momento donde el confinamiento exacerba las violencias machistas. Comunidades indígenas comparten medicinas, prácticas agrícolas y cuidados de la tierra, narrativas de resiliencia y capacidad sanadora para un planeta herido.

La pandemia reproduce una de las lógicas más terribles: nos dicen que llegará un momento en el que tengamos que elegir entre los viejos y los jóvenes. ¿Qué sería de un mundo así? Parte de las estrategias más efectivas para dislocar la narrativa del fin del mundo, es quitar el velo de miedo que nos impide ver otros horizontes. ¿Cuánto tiempo más vamos a mantener en este sistema anti-vida? ¿Después del mundo como lo conocemos, qué sigue? ¿Cómo hacemos puentes entre los saberes ancestrales y las esperanzas del futuro por venir? La prioridad sigue siendo exigir una vida digna, defender los territorios con todas las estrategias posibles y descentralizar el poder, pero hacemos una invitación a tener claras cuales son las limitaciones de los sistemas hegemónicos y no pedirle peras al olmo. La idea de ‘reformar’ el sistema estuvo vigente por muchos años, pero la realidad que vivimos demuestra que los cambios estructurales son urgentes. Hay que tener cuidado, no todo cambio es bueno para nuestras comunidades y ningún cambio es permanente. En tiempos de ‘inestabilidad’ y ‘transformación’, ¿cómo discutimos la lógica que le da sentido a la normalidad? ¿Cómo apuntamos a los cambios estructurales que requieren tiempo, esfuerzo y acción colectiva? 

Todas las respuestas están del lado de los gobernados. Ellos tienen la palabra.