by Samaria Márquez Jaramillo

El nuevo enemigo chino

Xulio Ríos *

* (Moaña, Galicia, 1958). Licenciado en Derecho por la Universidad de Santiago de Compostela. Ha sido investigador visitante en universidades y centros de investigación de China continental y Taiwán.  Es director del Observatorio de la Política China, asesor de Casa Asia, promotor y coordinador de la Red Iberoamericana de Sinología  y miembro de la asociación independiente Cátedra China.

La creciente presencia china en África o América Latina es descalificada y vista con desconfianza, expresión de una estrategia amenazante; sin embargo, el problema real es que su creciente influencia sí amenaza el señoreo de las viejas potencias coloniales y sus grandes empresas, que siguen saqueando a placer.
Sin duda, China puede cometer errores en el trazado de sus proyectos internacionales, como los ha cometido internamente, pero aprende rápido. Que EEUU salga en defensa de los países en desarrollo para denunciar las “trampas de deuda” de China es sintomático de su desencajamiento y a la vista de los daños causados por la trampa neoliberal, esa sí bien conocida, un ejercicio de cinismo sin parangón.

El proyecto político del PCCh apunta a emancipar a China de sus más recientes hipotecas históricas. La actual espiral de confrontación deja entrever que a algunos países occidentales, encabezados por EEUU, les preocupa que China tenga éxito, en primer lugar, porque dadas sus dimensiones e impactos, podría suponer la transformación de la hegemonía global que ha caracterizado el mundo en los dos últimos siglos; en segundo lugar, porque supone una recidiva en un discurso alternativo justamente cuando tan feliz se creía tras la caída del muro de Berlín, como si el liberalismo hubiera dado respuesta a todos los problemas de la humanidad. ¿Tiene China que organizarse como dice EEUU en torno a la democracia liberal y la libre empresa o puede establecer un modelo diferente y exigir que se respete su opción? Es a la sociedad china a quien corresponde decidir su futuro, resolviendo las contradicciones que pudieran existir.

China tiene por delante una importante agenda interna. A pesar de lo exitoso de los números absolutos, recuérdese que su desarrollo humano, por ejemplo, está lejos de representar un valor presumible. Por fortuna, se están dando pasos en esa dirección. Valga de muestra en tal sentido el compromiso con la erradicación de la pobreza absoluta en el país o la construcción de una sociedad modestamente acomodada, objetivos persistentes incluso en el duro contexto de la gestión de los efectos de la epidemia del nuevo coronavirus.

Las fuentes de inestabilidad, desde las profundas desigualdades a los desequilibrios territoriales, desde las carencias democráticas a las complejidades asociadas a la reunificación, ponen de manifiesto retos de grueso calibre. Ignoramos si el actual enfoque del liderazgo chino, que apuesta por la centralización o el resurgir de prácticas de liderazgo que creíamos descartadas para siempre, supondrá el mejor camino para resolver dichos déficits. En cualquier caso, su superación no será cosa de hoy para mañana. Mientras tanto, la presión externa irá en aumento y esto dificultará cualquier evolución liberalizadora interna; es más, servirá de justificación para endurecer el blindaje con el argumento de la estabilidad y la seguridad nacional.

¿Gobernar con China o contra China?

Llegó el momento de trasladar el peso de lo económico a la gobernanza global. Pero a China no le será fácil. Se aprecia con claridad en la situación de la OMC, por cuyo ingreso tanto se esforzó en el pasado. El anuncio de dimisión del director general Roberto Acevedo da cuenta de su colapso. Trump amenaza con abandonar la OMS porque “se ha rendido a la influencia china”. Y abandonó la UNESCO, se desvinculó del acuerdo con Irán o del Acuerdo de París. También del Tratado de Cielos Abiertos. Pero es China quien no respeta las reglas y quien desestabiliza el orden internacional… Era, no obstante, perfectamente válido cuando beneficiaba y estaba a su servicio, cuando pensábamos que actuaría como atadura cuando no como carcoma en el sistema chino. No funcionó. Si China revienta las costuras del viejo orden es por el escaso esfuerzo en hacerle un hueco.

El intento de llevar a China a una guerra fría bis es del máximo interés para EEUU, que confía en repetir la jugada con éxito. Pero es evidente que China no es la URSS, y menos la URSS del tiempo del estancamiento que intentó desencallar la perestroika. No es una superpotencia militar pero si económica, con un nivel tecnológico creciente y, como señalé anteriormente, carente de vocación mesiánica. Por el contrario, la economía de EEUU está en declive, su tejido industrial a la baja, el poder tecnológico seguido de cerca y un imperio a la larga insostenible como ya se sugirió en la factura a pagar por los países de la OTAN o el compromiso de financiación de las bases en determinados países. Las invocaciones al desacoplamiento tienen dudoso recorrido a la vista de la competitividad de costes entre las economías desarrolladas de Occidente y China y habrá resistencia en sus propias empresas a las que debería subvencionar ampliamente. Es la trampa del beneficio que hace insostenible la ecuación.

 

Por otra parte, no parece que la evolución internacional apunte al resurgir de una nueva bipolaridad. Por el contrario, ni siquiera la multipolaridad se antoja realista. La fragmentación y la reorganización regional y mundial que acompañará el proceso de revisión de la globalización tras la pandemia de la Covid-19 pueden cuajar en un formato multicéntrico e inestable, con un sistema multilateral en peligro. Por lo demás, si bien China no está en condiciones ni parece interesada en suplantar el modelo de hegemonía de EEUU, tampoco parece estar preparada para encarar el nuevo tipo de liderazgo que exige el complicado momento que atraviesa la sociedad internacional. El mundo no precisa una versión asiática del hegemonismo estadounidense, claramente fracasado ante la irrupción de grandes desafíos vitales como el cambio climático.

EEUU aún dispone de mucho poder e influencia. Sus capacidades en la lucha ideológica contrastan con lo rudimentario del arsenal chino. No obstante, el sustento material decrece a un ritmo que en el próximo lustro podría acelerarse si China es capaz de lidiar con la red de amenazas y presiones que le circundarán cada vez más con mayor intensidad. La des-sino-mundialización o las trabas al desarrollo tecnológico de las empresas chinas difícilmente colapsarán su modelo. El sorpasso (término económico que describe el adelantamiento de un país respecto de otro en términos del producto interior bruto (PIB). El término se empezó a utilizar en este sentido cuando el PIB de Italia superó al del Reino Unido en 1987, n de r Revista Letras Liberadas) se antoja inevitable, tal como pronostican los más importantes organismos internacionales. La situación originada por la pandemia podría acelerarlo.

Occidente, al igual que China, tiene pleno derecho a defender su modelo y a ambos incumbiría la responsabilidad de cooperar y competir de forma pacífica, interactuando eclécticamente en cuanto soberanamente cada país decidiera. Ni por el pasado ni por el presente estamos en condiciones de impartir doctrina ni dar lecciones. Y la insistencia en este extremo no dejaría otro camino a China que prepararse para lo peor.

La China del emperador Qianlong murió de éxito. No es descartable que al Occidente liberal, exultante tras la caída del muro de Berlín, le ocurra lo mismo. Dice Sun Tzi en el Arte de la Guerra que “un ejército victorioso gana primero y entabla la batalla después; un ejército derrotado lucha primero e intenta obtener la victoria después”. A buenos entendedores, sobran palabras