by Samaria Márquez Jaramillo

El lenguaraz, generalidades sobre la estupidez humana

Carlos Tajer*

* Uno de los cardiólogos argentinos más destacados, respetado por sus pares y por la comunidad. Su trayectoria personal lo ha convertido en una autoridad en la medicina científica y en el estudio sistemático de los aspectos humanos y narrativos de la profesión. Cardiólogo, Jefe del Servicio de Cardiología, Hospital El Cruce, Buenos Aires. Ex presidente dela Sociedad Argentina de Cardiología, quien a la solicitud de participar dijo: “Recibí la invitación para participar en la mesa de escritores médicos con la sospecha de que se trataba de un error o, como mínimo, de una exageración. Compartía el imaginario de la introducción a la jornada del Dr. Carlos Wahren cuando resumió los aportes de los médicos escritores a la literatura, tomando como modelos a Anton Chéjov y Arthur Schnitzler. Me alivió suponer que los convocantes se atuvieron a la definición de la Real Academia Española: “Persona que escribe” o “Autor de obras escritas o impresas”. Este criterio fenomenológico facilita un permiso para reflexionar sobre lo escrito con la única intención de compartir una experiencia, y aliviado de otras pretensiones”.

Cuando hablamos de más, creo sinceramente que los médicos no asumimos lo pesadas que pueden resonar nuestras palabras.
En su libro Allegro ma non tropo, el economista italiano Carlo Cipolla enuncia las leyes fundamentales de la estupidez humana: La primera ley afirma que: “Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo”. La segunda ley enuncia: “La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona”. Es decir, no tiene relación con el género, el nivel socioeconómico o el nivel de instrucción. Su mayor contribución es la definición que enuncia la Tercera Ley Fundamental: “Una persona estúpida es aquella que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”.

Se explica, entonces,  en forma muy didáctica que desde esta mirada la humanidad se compone de cuatro categorías: los incautos, los inteligentes, los malvados y los estúpidos. El mayor hincapié es la diferenciación entre un malvado y un estúpido. El malvado, por ejemplo, roba un auto sin dañar a su propietario ni al vehículo. El auto en este caso ha pasado de mano, sin modificar el patrimonio social. En este caso el mal causado es proporcional al beneficio obtenido. Cuál sería el rol del estúpido: el que roba o pide prestado un auto y lo destruye. De esta descripción llega a la dolorosa conclusión, que me ha parecido constatar a lo largo de mi vida, de que un estúpido es mucho más peligroso que un malvado. Lo que agrava la situación es que resulta más fácil prepararse para evitar una actitud malvada que una actitud estúpida. Como afirmaba el dramaturgo: “Contra la estupidez hasta los mismos dioses luchan en vano”,  dicho por Friedrich Schiller en 1799 en su obra de teatro  La Doncella de Orleans, estrenada en 1801.

Esta definición incluso puede graficarse con un diagrama que exprese, hacia la derecha,  la ganancia que puede obtener una persona con su acción y hacia la izquierda la pérdida con la misma, y  hacia arriba la ganancia que puede obtener una persona con la actitud del otro, y hacia abajo la pérdida inducida en el otro.

Un malvado perfecto trazaba una diagonal hacia abajo, balanceando la pérdida de uno con la ganancia del otro. Un estúpido perfecto trazaría una diagonal hacia abajo y a la izquierda induciendo una pérdida en ambos, y una actitud inteligente induciría un beneficio en ambos, una diagonal en el cuadrante superior derecho. Este diagrama ayuda a calificar actitudes propias y de otros en forma muy práctica.

No se trata de etiquetar a un colega como lenguaraz o lo que fuera, sino etiquetar nuestras actitudes incorrectas y la de nuestros colegas para mejorar. Por ese motivo solicité en la parte final de la convocatoria a barbaridades comunicacionales que no enviaran errores míos, sincerando mi temor a los memoriosos. Era una forma humorística de decir que tengo conciencia de haber incurrido en muchos de estos errores sino en todos en mis cuarenta años de profesión. Tenerlo presente y consciente me ayuda (espero) a detectar cuando mi discurso se va para el lado equivocado y cambiar de rumbo en la medida de lo posible. Espero a través de estas palabras haber cumplido con la propuesta de compartir algunas vivencias

de quien se anima a escribir desde la profesión médica y que por considerarse totalmente de acuerdo con el intelectual e investigador Andrés Raya Donet abre comillas y se adhiere a su opinión: “El historiador económico italiano Carlo M. Cipolla publicó un breve texto: Las leyes fundamentales de la estupidez humana. El folleto, que nació como una broma, a lo largo de los años se ha convertido en un verdadero long seller internacional. Es un tema que me divierte y apasiona. Ya lo traté hace años y hoy me parece de estricta actualidad. A partir del análisis de los beneficios y perjuicios que el individuo obtiene para sí mismo y para los demás, Cipolla construye un esquema de abscisas y ordenadas donde ubicar los tipos humanos de inteligente, incauto, bandido y estúpido. El esquema muestra, entre otras cosas, que “el estúpido es más peligroso que el malvado“…

Regreso a mi opinión: La estupidez, para decirlo como Cipolla, es “una de las fuerzas más poderosas y oscuras que impiden el crecimiento del bienestar y la felicidad humana”. En general, la estupidez es el

fracaso de la inteligencia y contrariamente a lo que pudiera parecer no están a salvo de ella las personas extremadamente inteligentes. Más bien al contrario, las personas extremadamente inteligentes son las que pueden ser también extremadamente estúpidas. Por fanatismo, por error en la fijación de la meta, por la mezcla de los sentimientos en las acciones y los juicios. La ignorancia, ¿es otra forma de la estupidez? Dando prelación a lo relativo, se puede contestar que sí, pero lo es , igual como  la fiebre es parte de la enfermedad, sin ser ella misma una enfermedad sino una consecuencia. Está demostrado que el ignorante no es consecuentemente un estúpido, ni el estúpido es siempre ignorante. Pero ambas condiciones no pueden ser separadas absolutamente.

De hecho la naturaleza distribuye estúpidos en casi todos los ámbitos, independientemente del tamaño de los grupos e incluso de su educación y entorno social. Ni siquiera los Premios Nobel están exentos de esta regla.