by Samaria Márquez Jaramillo

Bajo un antifaz reside la audacia .-
(Minicuentos)

Augusto Monterroso*

* (Tegucigalpa, Honduras; 21 de diciembre de 1921-Ciudad de México; 7 de febrero de 2003). Fue un escritor hondureño, nacionalizado guatemalteco y exiliado en México, conocido por sus relatos breves.  Es considerado como uno de los maestros de la minificción y, de forma breve, abordó temáticas complejas y fascinantes, con una provocadora visión del mundo, haciendo habitual la sustitución del nombre por el apócope. Premios:  Xavier Villaurrutia en 1975, Águila Azteca en 1988, FIL en 1996, Premio Nacional de Literatura de Guatemala en 1997, Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2000. Novelas: 1978, Lo demás es silencio.

Te conozco mascarita

El humor la timidez generalmente se dan juntos. Tú no eres una excepción. El humor es una máscara y la timidez otra. No dejes que te quiten las dos al mismo tiempo.

Caballo imaginando a Dios 

A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba los otros días el caballo. Todo el mundo sabe -continuaba en su razonamiento- que si los Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios lo imaginaríamos en forma de Jinete

El fabulista y sus criticados críticos

Un día sus criticados  se reunieron y  visitaron al fabulista para quejarse de él, alegaron que sus diatribas no nacían de la buena intención sino del odio; él estuvo de acuerdo y les dijo: Sucede siempre conmigo lo ocurrido el día que la Cigarra se decidió y dijo a la hormiga todo lo que pensaba de ella y tenía que decirle…

La tela de Penélope o quién engaña a quién
Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.

Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.
De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

La vida en común
Alguien que a toda hora se queja con amargura de tener que soportar su cruz (esposo, esposa, padre, madre, abuelo, abuela, tío, tía, hermano, hermana, hijo, hija, padrastro, madrastra, hijastro, hijastra, suegro, suegra, yerno, nuera) es a la vez la cruz del otro, que amargamente se queja de tener que sobrellevar a toda hora la cruz (nuera, yerno, suegra, suegro, hijastra, hijastro, madrastra, padrastro, hija, hijo
hermana, hermano, tía, tío, abuela, abuelo, madre, padre, esposa, esposo) que le ha tocado cargar en esta vida, y así, de cada quien según su capacidad y a cada quien según sus necesidades.

La rana que quería ser una rana auténtica Había una vez una rana que quería ser una rana auténtica, 

Y todos los días se esforzaba en ello.

Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.

Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una rana auténtica.

Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se 

dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.

Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo.