by Samaria Márquez Jaramillo

El payaso estaba triste y el público reía y reía

Nota de Dirección

Érase una vez en un circo un payaso que estaba cansado de tener que hacer reír cada día. “Yo siempre tengo que hacer reír pero hay días que  no tengo ningunas ganas de provocar carcajadas con mis “gracias”, con lo bonito que debe ser hacer de domador, de trapecista o de hombre forzudo, que son trabajos que igual puedo hacer cuando esté triste”, pensaba.

Asi fue como un día, en plena función se disfrazó de domador y se metió en la jaula de los leones pero, ¡ay!, cuando vio que algunos de esos animales abrían sus bocazas y mostraban sus dientotes, le entró miedo y salió como disparado, dando vueltas por toda la jaula y como los espectadores creyeron que aquello era un número cómico reían y reían.

Por fin lo sacaron de la jaula y él, como si no hubiera pasado algo, se subió y comenzó a saltar de un trapecio a otro. Como no tenía ni idea cayó sobre la red y la gente no quería parar de reír.
Se salió de la red y cogió unas pesas muy grandes, cargadas con 2 bolas que podía levantar el hombre forzudo y empezó a hacer tanta fuerza que se le saltaron los botones y el pantalón se le cayó al suelo cubierto con aserrín. Los que presenciaban se desternillaban de risa y tanto y tanto rieron que el payaso comprendió que lo que le era innato es provocar la risa en los demás y desde aquel día siempre hizo de payaso y en cada presentación empezaba su acto diciendo: “Soy un payaso y les contaré , sin palabras, cómo cumplo mi destino y me siento vacío porque en mí no me encuentro yo porque no estoy…” y el público reía y reía…