by Samaria Márquez Jaramillo

Santa Fe de Bogotá: dama de mis amores

José Aunción  Suárez Niño 

Comencé a quererla antes de ver el primer rayo de la aurora; camino sus calles con alegría; el vetusto barrio de La Candelaria es mi hábitat natural, allí con la luz de una lámpara de gas, escribían versos mis mayores y  conspiraban contra el régimen conservador,en acciones conjuntas con   los integrantes de la “Gruta Simbólica”. Cada rincón, cada casa colonial, conserva su encanto; el eco de las pisadas en los adoquines es un goce interno que se repite en cada paso; llanto de viejas tablas que guardan voces del pasado, pisos de parquet, que juega a las damas chinas en listones de caoba, rectangulares, perfectos y encarrilados.

 Todo poder estaba concentrado en el idílico lugar;  propaganda revolucionaria francesa filtra su grito de independencia en ciertos patriotas exaltados que se reúnen a hurtadillas de  autoridades españolas;movimiento emancipador agita masas, con sed de triunfo y la idea de construir una nueva república, que, curiosamente precisa cuando el pueblo español se levanta contra Napoleón, al mismo tiempo que los virreinatos de ultramar se rehúsan someter bajo autoridad del usurpador, en cabeza de“Pepe botella” ;razones que llegan a “La Candelaria”, se riega como pólvora; la revuelta entonces, no será hija de la revolución francesa, como lo afirman muchos historiadores europeos, sino, por el contrario una reacción contra esa revolución, fraguada en algunas casas del mítico rincón.

La transformación mental del movimiento revolucionario, bajo las tertulias literarias, y de todos los movimientos ocultos que preparan la independencia, salen de La Candelaria y de su vecino barrio de La Catedral; años después veremos próceres nacidos en este lugar, triunfantes en la creación de la nueva República; por calles adoquinadas también camina don Manuel del Socorro Rodríguez con su mecenas, el Virrey Ezpeleta, amante de la cultura y patrocinador de la primera imprenta que funciona en Santa Fe de Bogotá, la cual sirve además para que don Antonio Nariño publique Los derechos del Hombre y del Ciudadano, en la casa del patrón ,llama fulgurante que enciende grito de independencia ,el 20 de julio de 1810.

El viento que golpea contra los cerros de Monserrate y Guadalupe, me arrastra a la casa Republicana, joya que se encuentra incrustada dentro del complejo arquitectónico de la Biblioteca Luis Ángel Arango. En sus escaleras jugaba mi padre, recién llegado de Cartagena en septiembre de 1896. Mi abuelo José Asunción Suárez Lacroix, le había regalado un caballo Pony, traído de Inglaterra, el cual subía por las escaleras y entraba en los espaciosos cuartos; se llamaba “Eneas” como aquel personaje de la mitología Greco-Romana, genitor de Rómulo y Remo, fundadores de la ciudad eterna. Años, más tarde, mi papá utilizó ese mitológico nombre como seudónimo en las columnas que escribía sobre arte y otras aspectos de la vida bogotana, publicados en el periódico de los Cano y, en la revista “Cromos”, al lado de su gran amigo, el poeta Eduardo Castillo.

Ahora, observo una de las maravillosas acuarelas del inglés Eduard Waldhouse Mark ,sobre la plaza de Bolívar en 1848, en una bella edición del Banco de la República que, por fortuna supo rescatar este valor pictórico de la antigua Bogotá. Al fondo, enseguida de la Catedral, se avista la casa de los Silva y Suárez Fortoul, hoy sede del Palacio Cardenalicio.

A la derecha, donde figura la Alcaldía Mayor de Bogotá, está la que era mansión de don Francisco Sanz de Santamaría y Salazar de Olarte, rico hacendado propietario de las Haciendas de Hato Grande, y Yerbabuena; por aquellas calendas “la mejor casa de Santa Fe”, donde nació el prócer José Joaquín Paris y Ricaurte, en agosto de 1795, cuya familia había arrendado la propiedad al millonario terrateniente. La Hacienda de Hato Grande, pasó a manos del General Santander en 1819 y de éste a mediados de 1855, a mis bisabuelos Silva y Suárez Fortoul por legado y parentesco directo; mientras Yerbabuena, es propiedad de la familia Marroquín de la Sierra. La casa fue sede del viejo Palacio Virreinal; don Francisco Sanz de Santamaría la había cedido al Virrey de la época por la suma de $1.000 anuales; constaba de 5 tiendas que daban sobre la calle de San Miguel y 6 más sobre la plaza en sus 2 pisos, con balcones que se adornaban rodeados de mantillas y flores en las fiestas patronales.

Mirador santafereño, verde, largo y pesado que decoraba todo el frente que daba sobre la plaza; en su extremo sur tenía un amplio gabinete de vidrios planos, el único que había en Santa fe; varias puertas daban sobre la plaza y, la entrada principal era por la calle de San Miguel, hoy calle novena.
 
La casa con todos sus arreos, dio albergue a Gil y Lemus; a Ezpeleta que armaba unas “guachafitas” famosas en Santa Fe; en 1803 llegó el Virrey Amar y Borbón, con su altiva y malhumorada esposa, doña Francisca de Villanova, a quien humillaron “los hideputas de Santafé”, según su propia versión .A hurtadillas tras los cristales, el Virrey Amar y su mujer, vieron como los movimientos populares se sublevaban contra la monarquía al grito de “mueran los chapetones”.
 

El Palacio Virreinal pasó a ser Republicano, cuyos mandatarios habitaron desde don Jorge Tadeo Lozano de Peralta, quien tuvo que renunciar a la Presidencia del Estado, el 24 de diciembre de 1811 para cederle el puesto a don Antonio Nariño; siguieron ocupándolo  otros gobernantes y triunviros, entre ellos mi tío tatarabuelo paterno-materno Manuel Robustiano de los Dolores Rodríguez Torices y Quiróz; Camilo Torres, Fernández Madrid, hasta la época del terror, cuando se alojó en él Pablo Morillo, no sin antes decretarle el secuestro de sus bienes a la familia Sanz de Santamaría; después de Morillo, lo ocupó Sámano cuando se encargó del virreinato en 1818, hasta el 9 de agosto de 1819.

Tarde de la noche del día 8, arribaron dos jinetes derrotados de Boyacá; golpearon a la puerta del Palacio y llegaron hasta el dormitorio del Virrey para comunicarle la fatal noticia; presa del pánico, en la madrugada del día 9, se puso una ruana verde y un sombrero de hule y montó pies en polvorosa, huyendo con dos baúles de equipaje; a toda velocidad se dirigió a Honda, custodiado por una patrulla, a quienes a cada paso les gritaba : “apuremos que nos alcanzan esos cobardes…”.

 

Y, llegaron Bolívar y Santander, con trajes de campaña; entraron al Palacio a las 3 de la tarde del Día 10; por la noche hubo gran celebración hasta bien entrada la madrigada del día 11. Había que continuar la guerra contra los españoles y, mientras Bolívar el día 21 de junio seguía hacia Carabobo para liberar Venezuela, Santander empezaría a vivir en el Palacio durante la época de su vicepresidencia, desde ese mismo año hasta principios de 1827.

Al frente del Palacio a caballo y rodeado de su estado mayor, el General Francisco de Paula Santander, el 11 de octubre de 1819 vio cómo eran sacados de la prisión, ubicada diagonal de la Catedral en el costado sur de la plaza, los coroneles españoles Francisco Jiménez y José María Barreiro y a 36 oficiales más para ser  conducidos a pie, con grilletes, al paredón, sentencia ordenada por el Hombre de las leyes; era el último rezago de la memorable batalla de Boyacá. 

A finales de 1827 un fuerte sismo averió el Palacio que, maltrecho, continuó sirviendo para la Secretaría de Guerra y en 1840 sirvió de Seminario; en 1846 fueron reemplazadas todas las edificaciones del costado occidental de la plaza por unos portales, conocidos como “galerías”, punto de reunión de los santafereños para sus negocios y chismes, que hacían competencia al altozano de la Catedral. Mientras la clase dirigente parlaba en el atrio de la Iglesia Mayor, los “guaches y artesanos” lo hacían al pie de las especias y productos del campo. Estas “galerías” se incendiaron en mayo de 1900, con resultados desastrosos: sus llamas consumieron los archivos de cuatro siglos de nuestra amada Santa fe.

Allí se redujo a cenizas el tesoro más preciado de nuestra primera revolución, el Acta de  independencia de 1810.

Bibliografía

– Arboleda Gustavo, “Historia Contemporánea de Santa fe de Bogotá”.

– Camacho Roldán, Salvador , “Mis Memorias”

– Caldas, Francisco José , “Semanario de la Nueva Granada”

– Ortega Ricaurte, Daniel , “Cosas de Santa fe de Bogotá”

– Acevedo de Gómez, Josefa , “Santafé”

– Ibáñez, Pedro María , “Crónicas de Bogotá”

– Liévano, Roberto, “Viejas Estampas”

– Pardo Umaña, Camilo , “Tiempos Viejos”